VIVIR ALERTAS

Ana y Luisa, dos puntos en el mapa de la violencia

Para las víctimas de violencia de género que están dentro del programa de tobilleras, el dispositivo puede ser una solución temporal o “un infierno”. Nunca se sabe si el agresor va a desistir de acercarse o, por el contrario, si el acoso empeorará. Ana tiene fe en la medida, Luisa ya no la soporta.

Dirección de Monitoreo Electrónico. Foto: Francisco Flores
Dirección de Monitoreo Electrónico. Foto: Francisco Flores

"Antes no existía esto que pasa ahora, esto de reconocer la violencia”, cuenta Ana (36). Se refiere a la época en la que empezaba a salir con el hombre de su vida, el padre de sus hijos. El mismo hombre al que, años después, denunciaría por violencia doméstica. Ana recuerda un episodio en particular de aquellos años de novios. “Lo tomé como un episodio de celos”, dice, y piensa un momento. “Viéndolo ahora, tendría que haber salido corriendo y mudarme a otro departamento”, agrega sin dar más detalles.

Ana no usa la palabra violencia. Habla de “explosiones”. Al principio eran esporádicas, pero se volvieron tan frecuentes que agotó todos los relatos que se contó a sí misma para justificarlas. Y finalmente, este año, se animó a denunciarlo.

El proceso no duró más de 10 días. Primero fue a una de las unidades especializadas en violencia doméstica en Montevideo, donde tomaron su denuncia. A la semana siguiente tuvo una audiencia, donde relató frente a una asistente social y una psicóloga “los episodios que recordaba, porque hay cosas que uno elige no recordar”, dice. Su caso fue catalogado de “altísimo riesgo”, y la jueza dispuso ingresarla al programa de tobilleras electrónicas.

Hoy, Ana lleva más de seis meses portando un dispositivo con GPS similar a un celular; un poco más rudimentario, con una pantalla, dos botones y una antena. A través de él se comunica con la Dirección de Monitoreo Electrónico (Dimoe). El ofensor porta el mismo aparato, además de la tobillera. Ambos tienen la obligación de llevar el dispositivo consigo a todas partes y mantenerlo siempre cargado. Ana les explicó a sus hijos que lo usa “por trabajo”, que a través de allí la contactan en caso de emergencia, “como si yo fuera un superhéroe”, dice Ana y se ríe.

En cierta forma, lo es. Le da vergüenza admitir que sus amigas le dicen “mujer maravilla”. Cría sola a sus hijos, estudia y trabaja. Pero Ana también es un punto rosado en una pantalla del Dimoe. Su agresor es un punto verde en el mismo mapa, y ellos son solo dos de los 1.400 monitoreados por 25 policías en total, unos 15 por turno. Es decir, hay 700 tobilleras activas para casos de violencia doméstica según el Ministerio del Interior; 700 parejas siendo monitoreadas las 24 horas del día.

Se hacen 30.000 denuncias al año, pero solo hay 300 tobilleras y 20 mujeres custodiadas. Foto: Archivo
3.000 es el total de las tobilleras colocadas en lo que va del año. Al día de hoy son 700 casos los que se monitorean día a día en el Dimoe.  Foto: Archivo

Cuando los puntos se acercan a menos de 500 metros, el aparato de la víctima emite una alerta sonora. En ese instante, se activa un protocolo: primero, el policía que los monitorea llama a la víctima para darle instrucciones. En simultáneo, otro policía llama al ofensor. Cuando la cercanía es por casualidad, se le pide al que llegó último que se retire del lugar.

Cuando la cercanía es adrede, se persuade al que se está acercando para que desista. Si esa orden no se acata, un tercer policía envía un móvil policial al lugar, por lo general, con dos policías a bordo. En el caso del ofensor, cada transgresión a la medida cautelar restrictiva es informada al juzgado correspondiente y se considera desacato.

Por día, hay alrededor de 1.600 eventos de este tipo en el Dimoe, asegura July Zabaleta, directora de la división Políticas de Género del Ministerio del Interior. Es decir, hay 1.600 alertas diarias —de un total de 20.000— que deben gestionarse por no menos de cuatro policías en simultáneo.

Ana cuenta que, a veces, su aparato pasa días enteros sin sonar. Pero le dicen que su caso es raro, que por lo general la tobillera no impide que ellos salgan a buscar a las víctimas igual.

Sin libertad.

Lleva el dispositivo como si fuera un grillete. Lejos de sentirse tranquila con el aparato, como le pasa a Ana, se siente presa. Luisa (27) siempre pensó que entrar al programa de las tobilleras iba a ser la solución a tantos meses de miedo, peleas y denuncias, pero cree que estaba equivocada porque ahora, dice, “no tengo vida”. En menos de cinco meses se registraron 12 incumplimientos a la medida cautelar que la mantiene separada a al menos cinco cuadras de su expareja, de su agresor.

A diferencia de Ana su aparato suena, y mucho. Son demasiadas las veces que en la pantalla aparece ese mensaje que no quiere leer: “Alerta”, el agresor está cerca. Con el ruido llega la llamada, las indicaciones, las preguntas para saber su ubicación, el qué está haciendo ahora, la mirada atenta para encontrar un lugar en el que pueda entrar mientras llega el móvil policial. Su agresor no desiste y las transgresiones se acumulan desde hace meses.

“En un momento uno piensa ‘qué divina la tobillera’, pero no, porque tiene al agresor libre, porque él se la tapa con un pantalón y lo máximo que la Policía le dice es ‘quédese donde está’ y el tipo se queda”. Ella, dice, se siente más presa que él.

Son tantas las veces que esto sucede, que su dispositivo se tiene que cargar cada tres horas. Zabaleta lo explica con un ejemplo: estos aparatos son como un celular, cuanto más uso tienen más rápido hay que enchufarlos; cuanto menos uso, más duran. Así que Luisa lleva siempre un cargador porque si se apaga, es ella la que incumple las reglas del sistema. Si se apaga, su vida corre riesgo.

Le dicen que se quede contenta, que por lo menos no la va a matar, pero ella siente que él la “está matando en vida”, porque le saca su libertad. Los informes técnicos del Ministerio de Desarrollo Social (Mides), que también le hacen el seguimiento, consideran que no baja la peligrosidad, que él no asume que ya no puede tener contacto, y entonces le dan más tiempo con la tobillera.

Pero Luisa quiere algo más. Piensa que el dispositivo no le da más garantías que avisarle que “está cerca”, y entonces cree que “tendría que existir otra forma” porque esta “no es la solución, es el infierno”.

Zabaleta, sin conocerla, entiende lo que Luisa siente. Tener ese aparato es como “tener un celular a todo trapo que no lo pueden apagar en ningún momento ni en ninguna hora, que saben además que siempre que suena es por una mala noticia, entonces es un estresor enorme”.

La jerarca explica que el objetivo específico del programa es supervisar una medida cautelar, que tanto el dispositivo como la tobillera funcionen como una herramienta para que, durante algunos meses, ayude a que se resuelva el problema. “¿Más de seis meses se puede vivir así?”, se pregunta.

Medida transitoria

El Ministerio del Interior insiste en que la tobillera no debe ser para siempre. “Algo que es para supervisar una medida cautelar, termina ‘cronificándose’”, Zabaleta. El plazo mínimo para estar en el programa de tobilleras es de 180 días, y Zabaleta sugiere que, después de transcurridos los seis meses, debería buscarse una alternativa. Dice que el 65% de los casos son prorrogados, y que ha habido parejas monitoreadas durante dos años. Luisa (27) lleva cinco meses en el programa y se pregunta cómo recuperarse y salir adelante si el dispositivo le recuerda constantemente la agresión. 

¿Rehabilitación?

Los juzgados especializados exhortan a las víctimas a acudir al Mides por atención psicológica durante el proceso, mientras que al ofensor se lo intima. Sin embargo, hay departamentos en los que este servicio no existe para el ofensor por falta de personal. “En el interior hacen llamados, pero cuando dicen que es para atender ofensores, nadie quiere”, comenta Nelsa Viscailuz, directora del Dimoe.

En el Dimoe reciben más llamadas por parte de los ofensores que de las víctimas, cuenta Viscailuz. Muchas veces por intentos de autoeliminación o depresiones profundas. “Lo que más le pido a la Policía es que no se olviden de que del otro lado hay personas”, dice. “Ellos llaman tanto porque se quedan solos, porque pasan de esta figura del varón ‘yo lo puedo todo’ a estar en un sistema que lo reconoce como golpeador”.

En la misma línea, Zabaleta dice que hay que pensar en “nuevas masculinidades”, trabajar desde todos los ámbitos de la sociedad para que el ofensor entienda que no debe ser violento.

Mientras tanto, Ana guarda la esperanza de que su expareja esté acudiendo al Mides, de que alguien lo esté ayudando a reconocerse como golpeador. Durante un tiempo creyó que la tobillera estaba haciendo ese trabajo, que la medida lo había hecho pensar. Pero la ilusión se desmoronó en cuanto empezó a recibir insultos por mensaje de texto de un número desconocido. Y solo imaginarse sin el dispositivo le da pánico. “Ojalá sea solo una dependencia psicológica”, dice. “Ojalá no pase nada cuando me lo saquen”.

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