Un triunfo con sabor a tragedia

Dos almas a caballo

En solo 10 días, una familia debió enterrar a un hijo asesinado y así, en pleno duelo, festejar el sueño de toda la vida de otro hijo: ganar el Gran Premio Ramírez. A los ojos de la madre del jockey, el 6 de enero eran dos corriendo en Maroñas: uno en la Tierra, y el otro desde el cielo.

Pablo Rodríguez, el ganador del Ramírez y su historia de dolor. Foto: Leonardo Mainé
Pablo Rodríguez, el ganador del Ramírez y su historia de dolor. Foto: Leonardo Mainé

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La familia triunfadora está vencida. Isabel, Silvia y Guzmán Rodríguez nos esperan con el llanto fácil, algunas fotos, el relato pormenorizado de una muerte violenta y el deseo rabioso de reivindicar a Patricio, Patriki, su Patri. Cuadros y recuerdos de carreras de caballos en las paredes, el arbolito de Navidad todavía armado, una rosa plena de significado en un florero. Entrar a su delicada casa en Estación La Floresta, un pequeño pueblo al norte del balneario, es como llegar a una fiesta en la que todo salió mal.

—Patricio era un muchacho de 25 años, trabajador, bueno, honesto, madrero al mango. Trabajaba en la misma empresa que yo. Querido por todos los compañeros, guapo, laburador, cumplidor. Tenía muy buenas virtudes como persona— dice primero Guzmán.

—Y como hijo… amo a todos mis hijos, pero él siempre estaba conmigo. Siempre juntos— agrega Isabel.

Con ayuda de Silvia, hermana de Patricio, reconstruyen anécdotas: que cuando su madre estaba sola él se tiraba un colchón a su lado para cuidarla, que cuando a alguien se le quemaba la casa él enseguida juntaba ropa y bolsas de portland para levantar lo que se hubiera caído, que cuando salía a pescar devolvía al mar lo que no comería, que era buen tío, que a sus amigos les prestaba la moto o les pagaba una cerveza si no tenían plata.

—No dejaba a nadie tirado, a nadie.

Sienten que es necesario rescatar lo mejor de él porque saben que en el pueblo se dicen otras cosas. Se dice, básicamente, que lo mataron por pendenciero. Por soberbio, por acosador. Dicen que tenía muchos enemigos. Cuentan que unos días antes de morir le había dado una paliza al dueño de una boca de pasta base y lo había denunciado, logrando que se le cayera el negocio, y que también por eso lo habían buscado para matarlo el 24 diciembre, aunque sin suerte.

"Dicen que uno se acostumbra al dolor, pero es insoportable saber que no va a venir más". Foto: Fernando Ponzetto
"Dicen que uno se acostumbra al dolor, pero es insoportable saber que no va a venir más". Foto: Fernando Ponzetto

—Mi hijo tuvo líos, peleas, tiene denuncias en la comisaría, es cierto. En la rambla, en los bailes. Pero siempre fue por defender a alguien —matiza Guzmán.

En la comisaría de La Floresta, Patricio acumulaba siete denuncias en su contra por "amenazas, molestias, riñas y lesiones", de acuerdo con información policial. Una de esas denuncias, justamente, fue de su homicida, Matías, que solía moverse en patineta. En la comisaría dijo que Patricio le había hecho un "finito" con el auto. Quedó registrado en el sistema como "amenazas".

Pero el problema venía de antes. Cuenta Guzmán que años atrás, Patricio había ido a la casa de Matías, que vivía con su padre, José. Allí "tenían un bolichito de mala muerte". Se pelearon, y a Patricio le pegaron con el rayo de una vieja carreta. Dice su padre que lo dejaron en el hospital, que perdió el habla por unos días por el brutal golpe que le dieron, y que quedó tartamudo hasta el día de su muerte. En aquel momento, Patricio le advirtió a Matías que cuando tuviera la mayoría de edad "se la iba a dar".

En la casa de Patricio aseguran que desde que Matías cumplió 18 años, varias veces lo invitó a pelear, pero nunca se concretó. En el pueblo dicen que cada vez que se cruzaban en la garita, donde se juntan los muchachos a pasar el rato, lo insultaba, lo "guerreaba", lo escupía, le decía "andate de acá". En la casa de Matías, su padre reconoce que más de una vez vio a su hijo llegar llorando sin saber bien por qué.

La muerte llegó el viernes 28 de diciembre. Ese día Patricio volvió de trabajar, dejó su mochila colgando de una silla del comedor y se acostó a sestear. Sus padres estaban en La Floresta haciendo mandados y visitando a la abuela. Cuando se levantó, dejó el ventilador andando y la luz prendida, y fue a la casa de un amigo a cocinar juntos la cena. El amigo quedó friendo unas papas, y él fue a la rotisería, al lado de la garita, a buscar algo que faltaba. En la puerta del negocio había una patineta.

—¿De quién es esta porquería? Se va a caer una persona y se va a quebrar una pierna —dicen que lanzó Patricio.

—Es mía. ¿Qué problema tenés? —respondió Matías desde la garita.

—A mí no me metas el gaucho, parate y mandate —le dijo Patricio, invitándolo a pelear una vez más.

Pero Matías se quedó callado. Al rato fue a su casa y regresó a la garita con una mochila. Dicen los testigos que nadie sabía qué tenía adentro.

En esa esquina tradicional de Estación La Floresta murió Patricio. Foto: Fernando Ponzetto
En esa esquina tradicional de Estación La Floresta murió Patricio. Foto: Fernando Ponzetto

A eso de las 22 horas Patricio volvió en la moto y se acercó a la panadería que está en diagonal a la garita. Tal vez a buscar a su hermana, que trabaja ahí, pero el local ya estaba cerrado. Esta vez fue Matías el que lo llamó desde la garita.

—¿No sos tan malito? Mandate ahora.

Patricio empezó a hacer círculos con la moto por la ruta 35, en torno a la cual se desarrolla el pueblo. Según los testigos, que eran varios, Matías lo arengaba a pelear con una mano en la mochila, a lo cual Patricio le contestaba que soltara lo que agarraba y entonces él iría.

Fue todo muy rápido. Patricio se le acercó subido a la moto, Matías sacó una escopeta de caño recortado y le pegó un tiro en un brazo. Agarrándose la herida, dio unos pasos hasta la plaza de enfrente y cayó sobre el pedregullo. Un hombre que estaba con su hijo en la plaza le ató un torniquete para frenar el sangrado, mientras otro corría a la casa a avisar a los padres. Allí solo estaba Silvia, su hermana, que llegó descalza a la escena. Dicen que Matías corrió a su casa gritando "a este no lo puedo dejar vivo", y volvió con un machete con la intención de rematarlo, pero el hermano del carnicero le hizo una "llave" y logró detenerlo. Luego se liberó y se adentró en el monte. Cuando Guzmán e Isabel llegaron, subieron a su hijo agonizante al auto y lo llevaron a la emergencia de Parque del Plata. Ya era tarde. La bala le había impactado la aorta pulmonar, y Patricio murió desangrado.

Vuela, First Thing, vuela

"Mañana voy a ganar el Ramírez", le dijo Pablo a su padre la noche del 5 de enero. "Y lo voy a correr de la misma manera que en el Nacional: de atrás. Así que no esperen verme adelante", agregó.

Patricio y Pablo habían nacido el mismo día, pero con diferencia de dos años. Únicos dos varones de cinco hermanos, siempre fueron compinches. Donde estaba uno, estaba el otro. Herederos de una pasión familiar, de niños ambos amaban los caballos. Durante años compartieron jineteadas, enduros y raid. Horas, días enteros vareando juntos. Ambos eran talentosos, pero Pablo estaba más comprometido: desde los 12 decía que quería ser jockey. Además, su complexión le aportaba el componente natural que su hermano mayor, más alto, no tenía. Con los años, Patricio se alejó de las carreras y se volcó al fútbol, la pesca y el trabajo para una subsidiaria de UTE. Pablo se enfocó en cumplir su sueño. Acumuló cientos de pencas y carreras ganadas. A los 18 empezó a frecuentar hipódromos de domingo a domingo. Dejó Estación La Floresta y se fue a vivir a Las Piedras.

Pablo Rodríguez cumplió su sueño de ganar el Gran Premio Ramírez. Foto: Gerardo Pérez
Pablo Rodríguez cumplió su sueño de ganar el Gran Premio Ramírez. Foto: Gerardo Pérez

Cuando supo que correría el Ramírez, "el sueño de todo pibe burrero" en sus palabras, le avisó a toda la familia que se reservaran el 6 de enero para ir a verlo. El sueño se apropió de todos los Rodríguez, incluso de su hermano, que no era de ir al hipódromo. Patricio le dijo: voy a ir a verte, y vas a ganar.

Destrozado, deshecho por la muerte repentina de su hermano, aun sin poder dormir por las noches, Pablo hizo caso a quienes lo animaron a seguir adelante para cumplir el sueño de su vida. A la certeza de que el caballo estaba bien preparado se le sumó la confianza de que recibiría un "empujoncito del cielo". Trató de enfocarse. Planeó el festejo. No quedaba otra que "guapear".

El día de la carrera, mientras iba llegando a Maroñas le caían mensajes: hoy el Ramírez es tuyo, hoy ganás vos. Corrió las dos carreras previas tratando de disfrutar de la fiesta que es el hipódromo cada 6 de enero. En cuanto terminó la segunda, aunque todo suele ser a las apuradas, pidió que lo esperaran antes de pasar a la tercera carrera, que era por la que se otorgaba el premio. Un amigo le preguntó qué estaba haciendo, y él le contestó que se estaba poniendo un calzoncillo que era de su hermano. Le quedaba un poco grande, pero no le importó.

Todo se dio como lo había planeado.

—El caballo venía último, lejísimo, no creía que me diera. Pero cuando entró a la recta, se acomodó solo. Ya en los 300 (metros) lo traía más cerca, y en los 200 más, y en los últimos 100 ya me tranquilicé. Ni le pegué mucho porque me dio el pálpito de que alcanzaba. Fue muy fácil. Él se portó como un pingo, como un verdadero pingo de carrera —dice con la mejor sonrisa que logra, sentado en el living donde sus padres, minutos atrás, recordaban a Patricio.

Ganó por medio pescuezo, con lo justo. Y apenas atravesó el disco, todavía con el caballo volando, se paró y señaló hacia arriba. Se frotaba los ojos, lloraba, movía la cabeza incrédulo, y volvía a señalar.

Pablo Rodríguez se queda sin palabras cuando se le pregunta cómo es vivir la gloria en medio de la tristeza. Foto: Fernando Ponzetto
Pablo Rodríguez se queda sin palabras cuando se le pregunta cómo es vivir la gloria en medio de la tristeza. Foto: Fernando Ponzetto

—Yo miraba al cielo y me parecía que él estaba ahí. Estaba ahí.

A su alrededor se aglomeraron cientos de personas. Muchas eran de Floresta y gritaban "Patriki, Patriki". Pablo recibió la tradicional herradura de rosas rojas y separó la primera para su mamá, que hoy está convencida de que Patricio está, de alguna forma, presente en los pétalos todavía rozagantes de la flor.

Isabel necesita sentir a su hijo vivo.

—El Ramírez (hace una pausa) era el sueño de él y de todos. Pero estaba allí y sinceramente, en cada joven que veía, yo buscaba a Patricio. Sé que no va a estar más, pero es inevitable. Y cuando Pablo entró a la recta, yo solamente podía gritar vuela, First Thing, vuela, porque yo sabía que mi hijo estaba ahí. Y de alguna forma, en ese último saltito... Tengo la confianza de que Patricio no nos dejó, como no dejaba nunca a nadie; tengo la certeza de que estaba mi ángel ahí. Yo tengo cinco hijos, pero en esa arena de Maroñas corrieron dos ángeles. Uno desde el cielo y el otro en la Tierra.

A su lado, Guzmán intenta contener la emoción de su esposa.

—No hay felicidad en el alma. Era una cosa que queríamos disfrutar entre todos.

Miedos y división.

Un ejército de perros desafiantes intenta hacernos desistir de visitar a José Medina, el padre de Matías. Los vecinos dicen que Pepe, como lo conocen todos, trabaja todo el día y es difícil encontrarlo. Intentamos sin suerte un par de veces, hasta que a la tercera aparece. Serio, cabizbajo, dice que circulan muchas mentiras y que "cada uno maneja la cosa para el lado que quiere".

—Todavía no caigo. Yo sé bien que el gurí mío era tranquilo, respetuoso, no se metía con nadie. No era atrevido. El tema es que lo había agarrado de candidato. Lo escupía, le pegaba delante de los otros. Él agachaba la cabeza y se venía.

José habla de su hijo en pasado.

—Vivíamos acá nosotros dos nomás. Él se había peleado con la madre. Como yo paso todo el día trabajando en el campo, no hablábamos mucho, y él era medio callado. Me preguntaba si precisaba algún mandado. Yo le preguntaba si había comida, nomás. Y poca cosa. Nos hablábamos lo necesario. No era que nos lleváramos mal, todo lo contrario, pero los dos éramos de poco hablar.

Sobre el arma, dice que no sabía que la tenía y cree que la habría sacado de la casa de un vecino que tiempo atrás murió en un accidente. Sobre el machete, dice que no cree que su intención fuera rematarlo, sino ir a cazar. Sobre la vieja pelea a la que se refieren los Rodríguez, afirma que no es cierto que Patricio haya terminado en el hospital.

Acaba de llegar del Comcar, donde su hijo está cumpliendo los 180 días de prisión preventiva que ordenó el juez. Está impresionado: nunca antes había pisado una cárcel. Asegura que Matías está arrepentido, que no para de llorar. Que le disparó porque lo acosaba hacía años, pero que no había querido darle a matar. El fiscal Fernando Valerio dijo ayer para esta nota que "es un caso claro" porque Matías, impulsado por sus padres, se entregó la misma noche del homicidio en la comisaría de La Floresta y se declaró culpable. No se habló de juicio abreviado hasta ahora, por lo que seguramente sea un juicio común. Tras la feria judicial, Valerio hará la acusación.

Al día siguiente de la muerte de Patricio, Isabel fue a increpar a José. Salió bien temprano en la mañana sin que nadie la oyera, y sin poder parar de llorar, le preguntó por qué.

—Yo no podía con el mío, como ustedes no podían con el de ustedes —le contestó él.

Fue ahí que le dijo que otros habían querido matarlo en Nochebuena. Por eso Guzmán e Isabel se preguntan por qué no les avisó que Patricio corría riesgo de vida. Por qué, si ellos se conocían desde hace casi 40 años, si habían comido juntos, si se habían ayudado mutuamente muchas veces. Por qué.

Lejos de aquella amistad, entre ellos solo queda miedo. Miedo basado en rumores. Miedo unos de los otros. A Isabel y Guzmán les llegó el rumor de que están juntando firmas para que la pena de Matías sea más baja. Les advirtieron que la familia de él anda armada y les dijeron que se cuidaran. A José le avisaron que tomarían represalias con él por ser el padre del homicida. Teme que le paguen a un sicario para matarlo en el monte de enfrente. Aun conscientes de que la información puede no ser cierta, temen.

En Estación La Floresta, el tema suscita miradas tristes. Alguien se anima a hacer algún comentario por lo bajo, del estilo "estaba visto", o "se veía venir", pero nadie quiere que se lo nombre. Los vecinos también tienen miedo de quedar en medio de dos familias heridas. Porque la muerte de Patricio a manos de Matías dejó, además de mucha tristeza, un ambiente de suspicacias y rencores.

En la panadería frente a la cual 15 días atrás una vieja rivalidad encontró el final más trágico, Miriam, la dueña, prefiere dedicar sus únicas palabras a Pablo, el que cumplió su sueño, y emocionarse hasta las lágrimas: "Él sí que lo merecía".

"Patricio quería ver a Pablo ganar el Ramírez, y no pudo"
"Patricio quería ver ganar a Pablo el Ramírez y no pudo". Foto: Fernando Ponzetto

Patricio era el único de los cinco hijos que todavía vivía junto a sus padres. Se había acomodado una pieza en el fondo pero habitualmente compartía las comidas y los ratos libres con ellos. Loco por el deporte, en un cuarto había instalado una especie de gimnasio. Trabajaba en Montelecnor, la misma empresa en la que su padre, Guzmán, es capataz general. Sus padres reconocen que era "pronto de genio", y que "no se dejaba pisotear", pero aseguran que era "honesto y solidario". Con su hermano Pablo eran muy amigos, y estaba deseoso de verlo competir el 6 de enero. "Patricio estaba preparado para ver a su hermano ganar el Ramírez, pero no pudo estar", dice su madre al tiempo que toma con delicadeza una rosa que su hijo, el ganador del premio Ramírez, le separó de la tradicional herradura de rosas que recibe el vencedor. "Mirá, comparala con estas otras dos que me dieron después. Esta está más viva, ¿no? Para mí, en esta rosa está Patricio", dice emocionada. A pesar de la inmensa tristeza, dice que el triunfo de Pablo es "una caricia al alma".

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