UN MES CONTRADICTORIO

De las aglomeraciones en la rambla a las calles vacías del Centro: las dos caras de un abril "blindado"

Pese a que al 74% de los uruguayos le preocupa la situación sanitaria, las aglomeraciones en la rambla no cesan. La consigna de “blindar abril” no fue para todos igual: los comerciantes lo padecen.

Cientos de personas colmaron la rambla el pasado domingo. Foto: Franciso Flores
Cientos de personas colmaron la rambla el pasado domingo. Foto: Franciso Flores

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—Somos hijos del rigor —dice el taxista en dirección a la rambla del Parque Rodó. Es el penúltimo domingo de un abril que se nos pidió “blindar”; quizá el último con este clima de verano. Una especie de regalo meteorológico antes de la lluvia y los vientos polares. El mes que hay que blindar es quizá el que más disfrutan los uruguayos. Es el fin de año definitivo; el verano yéndose, ahora sí.

En los espacios verdes que se ven de camino —el Parque Batlle, plazas, los canteros de las avenidas— la gente se reúne, ejercita en equipo, se sientan en rondas con distancia, otros sin tanta distancia. Hay partidos de fútbol improvisados en el parque y la luz es perfecta. Pero a este recorrido entrañable, tan parecido a lo de antes, lo irrumpe de nuevo la voz del taxista.

—¿Y? ¿Te vas a vacunar? ¿Dónde te tocó? Yo me agendé y sigo esperando que me avisen.

Llegamos a destino y la rambla es un hormiguero. En el murito están los más jóvenes, uno al lado del otro. Entre los grupos no hay distancia: a juzgar por los centímetros que los separan, ese cúmulo de gente podría ser un solo grupo de cien personas. Tampoco hay tapabocas ni nada que remita a una pandemia. En las conversaciones tampoco se nombra. Es como si el COVID-19 hubiera dado licencia por un día.

Más arriba en el parque, donde la distancia entre los grupos es algo —solo algo— mayor, los padres de dos niños que juegan cerca de la fuente dicen que sí, que hay mucha gente, pero que necesitan despejarse.

—Los nenes pasan todo el día adentro, en el zoom y jugando encerrados —dice él—. Es por ellos que venimos, pero también por nosotros, de alguna manera hay que despejarse.

La madre asiente y agrega:

—Además acá estamos al aire libre, no nos vemos con otra gente. Claro que nos preocupa el virus, pero necesitamos salir un poco de casa.

Lo mismo dice una pareja joven a unos metros de ellos: Clara y Agustín, de 26 años. A la necesidad de salir afuera, él agrega:

—Cuánta gente se muere de otras cosas y ni nos enteramos. Yo me cuido y si voy al supermercado voy de barbijo, pero me parece medio exagerado todo lo del COVID.

Ninguno de los dos sabe la cifra de muertos que acarrea el abril “blindado”, tal como pidió Rafael Radi, coordinador del Grupo Asesor Científico Honorario (GACH).

Hasta el viernes hubo un total de 1.218 muertes por COVID-19 en el mes de abril. Para ponerlo en perspectiva: desde el 13 de marzo de 2020 al 31 del mes pasado, habían muerto 1.015 personas con coronavirus. Solo se requirió un mes para superar un año.

Por otro lado, la cifra de contagios pareció dar tregua durante unos días, pero volvió a repuntar: entre el miércoles y el viernes los casos nuevos no bajaron de los 3.000 diarios.

Entonces, ¿por qué los parques y la rambla se llenan, casi sin distancia entre grupos, en el peor momento de la pandemia? ¿Qué tanto miedo le tenemos al virus después de más de 400 días conviviendo con un enemigo que no vemos, que muta y se vuelve más peligroso, que motiva testimonios desgarradores sobre la soledad y la muerte?

Rambla de Montevideo en abril. Foto: Francisco Flores.
Rambla del Parque Rodó en abril. Foto: Francisco Flores.

En el Observatorio Socioeconómico y Comportamental (OSEC) —un grupo dedicado a estudiar los factores comportamentales implicados en la prevención de la pandemia, creado por el psiquiatra Ricardo Bernardi y el sociólogo Fernando Filgueira en el marco del GACH— hacen un intento por aproximarse a esas respuestas.

Según explica uno de sus integrantes, el doctor en Ciencia Social Nicolás Brunet, la percepción de riesgo de la población frente a la enfermedad se mide en una escala de 1 a 7. A esa percepción la atraviesan seis dimensiones que son el eje de las encuestas que realiza el equipo: la preocupación, la probabilidad de contagiarse en los próximos seis meses, la probabilidad de que se contagien amigos o familiares, si el virus va a afectar a mucha gente, la posibilidad de enfermarse ahora y la percepción de gravedad. El primer estudio, realizado entre el 8 y el 29 de febrero, arrojó una percepción de riesgo de 4,53 en esa escala de 1 a 7.

El segundo estudio, realizado entre el 24 de marzo y el 2 de abril—que aún no fue publicado— arrojó un aumento en el índice: de 4,53 pasamos a 4,92. Sin embargo, el dato que más llama la atención es el de la preocupación, que es la única dimensión emocional valorada en el índice. Esta escaló al 74% de los uruguayos, frente al 63% del informe de febrero.

Para Brunet, el aumento global del índice de percepción de riesgo “no es gigante, pero es significativo en términos estadísticos”. ¿Pero qué tanto riesgo tenemos que percibir para generar un impacto importante en la conducta? ¿Cuánto es poco y cuánto es mucho? Para dar contexto, el sociólogo menciona que esta misma medición fue realizada en abril del año pasado en 10 países. Quien presentó el índice más alto fue el Reino Unido: algo más de 5. En el resto de las poblaciones estudiadas —desde Japón hasta México— la percepción de riesgo giraba en torno al 4,90. Ningún país llegó al 7.

En términos globales, dice Brunet, no hay país que haya llegado a 7. “Estamos en niveles razonables”.

Por otro lado, la percepción de riesgo que tiene la gente es “una espada de doble filo”, señala este investigador del Instituto de Psicología de la Salud de la Facultad de Psicología (Udelar): “En la medida en que la gente percibe más riesgo, probablemente haya un efecto sobre los contagios. Después, la baja en los contagios vuelve a pegar en la percepción de riesgo. Es una relación doble”. En otras palabras, cuando hay menos contagios, el riesgo se percibe menos y viceversa.

Aun así, en esta ola que lleva varios meses, llena de incertidumbres y colmada de muertes, en la rambla no cabe un alfiler y las burbujas se mezclan tanto que son espuma, como ilustró Radi. Entonces, ¿qué tanto modifica nuestro comportamiento la preocupación, el miedo a enfermarnos, a que se enferme un ser querido, a enfermarnos quizás hoy mismo? ¿Lo modifica, acaso?

Para Brunet hay una “relación positiva” entre la percepción de riesgo y el comportamiento, pero eso no es lineal y tiene algunas salvedades: “No puedo estar percibiendo el riesgo durante demasiado tiempo y sostener esa percepción durante demasiado tiempo; va a llegar un momento en que me voy a fatigar”. Y allí entra el “excepcionalismo”, que puede explicar, quizá, la resistencia a blindar abril.

El sociólogo expone que cuando se tienen ideas contradictorias que generan emociones negativas o conflictivas, se tiende a la excepción. Esto es: ver a un amigo como “una excepción”, visitar a la familia “porque, total, no lo hago nunca” o juntarse a comer un asado con ese mismo sentido de excepcionalidad. “Cuando estos comportamientos se empiezan a sumar, no se cumple la excepción”, puntualiza Brunet.

DATOS

Percepción de riesgo según sector socioeconómico

Los informes del OSEC revelan que es más alta la percepción de riesgo en niveles socioeconómicos bajos que en altos. Esto puede tener dos razones, dice Nicolás Brunet, que por ahora son hipótesis. “Es probable que muchas de las personas que tienen que ir a trabajar pertenezcan a sectores con menos recursos y perciban que tienen menos posibilidades de cuidarse por estar expuestos”. La otra, contraria a esa, es que los sectores socioeconómicos altos “tengan información más detallada de cómo funciona el virus y hagan cálculos más exactos”.

La otra cara.

En la franja comercial de la Unión solo se escucha el ruido de los ómnibus que pasan repletos con pasajeros de pie hacia el centro. Por cada asiento que se libera, suben dos o tres personas. Así hasta 18 de Julio. Allí dentro, salvo por el tapabocas (que en más de uno deja la nariz al descubierto), no cambió nada. La guerra por ganarle asiento libre hasta a un mayor refuta aquel relato idílico de que la pandemia nos iba a “hacer mejores”. Al menos por ahora.

Luis tiene 64 años y un puesto en 8 de Octubre desde hace 26. Es jubilado, pero con lo que cobra no le alcanza para vivir. Vende perfumes, adaptadores para enchufes y accesorios para el pelo. En una hora y media me cuenta “la mitad” de su vida. En una hora y media nadie para a comprar. Ni siquiera a mirar. No importa: Luis igual se sube de lunes a sábados a un ómnibus en Las Acacias con la mercadería y un carro a cuestas, y monta su puesto frente a una iglesia evangélica que hasta 2002 fue un banco.

Dice que abril lo “liquidó”, pero que esto venía de antes. Que en épocas de gloria solía llevarse 11.000 pesos en un día. Que ayer solo hizo 600. Le pregunto si quizá este jueves de fin de mes hace que la venta merme. Me dice que no, que ya apenas se distingue el día de cobro del fin de mes.

Luis tiene el virus cerca. Sabe que si le toca, ese pequeño ingreso que hace la diferencia le va a complicar la vida.

—Hoy hisopan a mi hijo, que vive al fondo de mi casa en una pieza aparte. Tiene todos los síntomas, está hecho bolsa el pobre. Mi señora le deja la comida en la puerta y se va. Esta enfermedad te hace tratar a los otros como perros. ¡Dejarle la comida en la puerta! Yo, por lo menos, le alcanzo el plato en la mano con el brazo bien estirado y él me dice “salí papá”.

Luis no va a dejar de venir a su puesto en la Unión. Nunca lo consideró. Sí redujo la jornada, ahora llega más tarde que en meses anteriores, sobre todo, más tarde que en marzo. Dice que en estos días antes de las 10 “no hay nadie” y después de las 17 tampoco. “Muerto”, repite. “Muerto, está todo muerto”.

¿Tiene alguna esperanza de que esto mejore?

—¿Esperanza? Ya no es como antes. Esto vino para quedarse y va a arrasar con todo. Yo voy a seguir viniendo porque tengo que agarrar algún peso para pagar un préstamo que saqué para pagar la OSE, que me vino un disparate. Pagar la luz y algo para comer. Pero no creo que esto vuelva a ser como antes, y no digo solo antes de la pandemia, digo también antes de la crisis. Ahí todos los días era Reyes.

Los comerciantes reconocen que las ventas bajaron en abril y lo atribuyen a la baja movilidad. Foto: Estefanía Leal
Los comerciantes reconocen que las ventas bajaron en abril y lo atribuyen a la baja movilidad. Foto: Estefanía Leal

A pocas cuadras de lo de Luis está la feria Serrato, el único refugio del ruido de los ómnibus. Solo se escucha tímido el murmullo de las radios de los feriantes, cada uno con su música, bien bajito. En la feria tampoco hay quien compre.

En los tres últimos puestos los vendedores duermen. Dando la vuelta encuentro a una vendedora despierta: Marta. Ella también afirma que las ventas cayeron en abril, pero le da el beneficio de la duda a la consigna que planteó Radi y fue emblema del gobierno.

—Yo creo que es porque la gente ahora sale menos que otros meses. Generalmente uno compra ropa cuando tiene un cumpleaños o una salida. Además, todavía no está tan frío como para comprar ropa de invierno, que es lo que yo tengo para vender.

Igual que Luis, Marta llega más tarde y se va más temprano. Para ella, el termómetro de la movilidad es la parada de 8 de Octubre y Larravide. Dice que ahí, a las cinco de la tarde, “ya no hay más nadie”. Cuenta que a veces es tanto el aburrimiento que se va un poco más temprano.

—Total, yo sé que no va a venir nadie.

En 18 de Julio el paisaje parece apenas más alentador, pero lo cierto es que las casas de préstamos son las únicas que generan pequeñas aglomeraciones. El resto de los transeúntes camina rápido, quizás yendo a hacer algún trámite. Ninguno pasea, al menos no a las cuatro de la tarde.

Lo inmutable son los puestos que venden banderas, lentes y ahora tapabocas. A estos últimos les va mejor. “Ahora es lo único que precisa la gente”, dice la dueña de un puesto, aunque confiesa que la venta mermó a fines de marzo, cuando se acentuó más que nunca el teletrabajo.

A media cuadra, un garrapiñero de unos 60 años revuelve el maní con caramelo. Apenas esboza unas palabras: “No tengo mucho que decir”. Lo mismo que en 8 de octubre: no hay quien compre. Pero él, envuelto en el aroma del caramelo quemado y en su impoluto traje blanco, dice que no, que no se va a ir de ahí. Que no puede dejar de trabajar.

¿No tiene miedo de contagiarse?

—Y no. Mirá la calle. ¿Quién me va a contagiar?

En el quiosco de diarios del Palacio Salvo, ahí a unos metros de la Torre Ejecutiva, están Marta y Gustavo. Él tiene uno en Ciudad Vieja pero no lo abre porque “en 30 minutos no pasa ni una persona”. Con Marta se hacen compañía.

—Yo pago para venir —dice Marta—. Los ómnibus, la comida y los cigarros por los nervios que me da estar acá.

—Antes era un ida y vuelta esto, pero cerraron todos los locales. Cerró ese —agrega Gustavo y señala un edificio a pocos metros, que supo ser un local de referencia de una empresa telefónica—. Ese era un llamador bárbaro.

En gran medida la ganancia de los quiosqueros son las colecciones de los diarios, de las que se llevan un pequeño porcentaje. La última colección grande que vendió Marta fue la de Peppa Pig, dice. Ahora no tiene ninguna. Ya nadie circula por esa zona. Si lo digital los mató, la pandemia los mató dos veces.

—No tenemos sindicato, no hicimos marcha. Ningún informativo se acercó. Se olvidaron de nosotros —dice Gustavo.

Marta lo interrumpe:

—Estás acá, callado, pero te estás muriendo de hambre. Perdón que te lo diga así. Yo le agradezco al presidente que no nos haya hecho cerrar. Pero si no hay gente, ¿quién nos compra?

Esa misma tardecita la rambla de Pocitos se volvió a llenar de corredores y grupos de amigos. En este Montevideo el aire libre es el descanso de unos y es la angustia de otros.

Estrés postraumático en pandemia

“Lo sepamos o no, nos guste o no, estamos todos en duelo”, dice Luis Gonçalvez Boggio, magíster en psicología clínica y autor del libro Trauma y pandemia. Efectos psicosociales e intervenciones clínicas. El experto señala que este estado de duelo se da por “una sucesión de pérdidas” y por “la pérdida de rituales que nos permite controlar y tener a raya la angustia y ansiedad”. Eso ha sido lo que más ha predispuesto al trastorno de estrés postraumático durante esta pandemia. ¿Pero cómo? Esos rituales van desde la forma en que despedimos a nuestros muertos hasta los rituales lúdicos, laborales y de estudio.

“Todo eso nos mantiene en un equilibrio. Pero la lógica viral de tener que separarnos termina aislando a las personas. La pandemia se extendió y esto ya tiene mucho tiempo. Eso nos lleva a una oscilación permanente en los estados de humor: aumento de ansiedad y depresión, y dentro de los ansiógenos, el estrés postraumático”, explica Gonçalvez.

Este trastorno también puede llegar de otras formas en algunas personas: desenterrándolo del pasado. “Quienes tienen un histórico de desamparo y fragilidad anterior, de violencia en situación de desamparo, el trastorno de estrés postraumático se ha reactivado por el confinamiento”, sostiene el psicólogo. Esto se ha reactivado tanto con síntomas intrusivos como las pesadillas, y también con síntomas evitativos, explica Gonçalvez. Estos últimos son: aumento de agorafobia o hiperactivación, insomnio, irritación. “Esos serían los síntomas de estrés postraumático”.

Ahora, ¿qué pasa con los negadores, con los que rompen la burbuja y se aglomeran después de 400 días de convivencia con el virus? Gonçalvez dice que generalmente se produce lo que en términos psicológicos se llama “desmentida”. Y lo explica así: “Uno conoce la situación, pero aun así la niega. No es el shock de un efecto traumático. En la población se produce lo que se ha dado en llamar la ‘fatiga de pandemia’, que generó este estado en que la preceptiva distancia social para minimizar el riesgo de contagio se fue relajando cada vez más. Así se produjo una desmentida del miedo que teníamos antes, en marzo del año pasado, por ejemplo”, explica.

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