Hay algo que sigue vivo

Un ADN Celeste: a la cancha con sangre de campeones

Más de 60.000 niños juegan al fútbol en Uruguay. El amor a la Celeste es tal que las camisetas están agotadas. También hay un récord de casacas pirateadas. Un DT de las inferiores dice que "el proceso Tabárez" recuperó "el ser oriental". La garra charrúa renace y vuelve a enamorar.

Sangre de Campeones por Arotxa
Sangre de Campeones por Arotxa

Somos como el paladín de la justicia vapuleado en 200 páginas de un cómic que en las últimas cuatro viñetas saca un arma secreta, un poder inesperado, que nadie hubiera visto ni imaginado, y da vuelta la historia. Hay un espíritu superheroico en esta selección. Quizá sea por eso que cada vez más niños se interesan por ella, y que cada vez más adultos miran los partidos como si fueran niños.

El fútbol siempre estuvo en el ADN rioplatense. Hasta aquí no hay nada nuevo. Es parte de nuestra esencia. No debe existir pena más horrenda que la de aquel que nunca haya metido un gol. En esta tierra nacemos con una pelota bajo el brazo, crecemos con la esperanza de llegar y morimos con el dolor de nunca haber llegado.

No es una metáfora. Los números lo demuestran. En Uruguay hay 60.000 niños y 2.500 niñas que juegan a la pelota. Estos se dividen en 64 ligas y 660 clubes, con ocho categorías distintas cada uno, distribuidos por los 19 departamentos, según números brindados por el subsecretario de Deportes, Alfredo Etchandy. Esto sin contar los atletas anónimos, esos que se pierden en encarnados duelos en patios escolares, que se entreveran en picaditos barriales o que juegan sin piedad por el refresco en las cientos de canchas de fútbol cinco que hay en todo el país.

¿Qué importa que solo el 2% de estos logre llegar a primera y apenas 0,14% consiga un pase al exterior? Al alma y a los adultos que estos niños van a ser a veces les vale más un gol en la hora antes de que suene el timbre que indica el fin del recreo, que uno ante miles de personas en el Santiago Bernabéu.

"No hay duda alguna de que el interés de los niños por esta selección se ha multiplicado mucho. Lo que transmite la Celeste y cada uno de sus integrantes hace que los adultos también estén muy enganchados, y eso se traslada a los más chicos. Esta selección recuperó el ser oriental", sentencia Alejandro Garay, parte del equipo del maestro Washington Tabárez y director técnico de la sub 18 de la selección, que tiene fe en que el equipo pueda llegar a la final.

Él mira con ojos de niño a su selección. Igual que todos.

Sangre de campeones.

Una vez se puede mantener en pie —a veces antes, incluso— lo primero que le regalan a un rioplatense es una pelota. Y después vienen más y más pelotas. Pero un día llega la camiseta. Hasta la década del 80, las canchas de las plazas públicas eran un collage de casacas lisas y rayadas. Primaban, sí, las de Peñarol y Nacional. Y a veces, en algún barrio, asomaban otros colores: en el Parque Rodó, Defensor; en el Prado, River y Wanderers; en el Cerro, Rampla y Cerro; en Sayago, Racing. Nadie pensaba en otro uniforme que no fuera el de su equipo.

La selección era cosa del pasado, el maracanazo era en blanco y negro, y el mundial del 30 algo anterior al Big Bang. A veces una Copa América (en 1983, 1987, 1995) despertaba fanatismos que eran como un relámpago que se desvanecía como un amor de verano.

En los 90 fue que empezaron a aparecer otras casacas: la de Recoba en el Inter, la de Paolo en la Juve, la del Enzo en River. Y después los extranjeros. Un niño la clavaba al ángulo inferior de un arco hecho con tiza en una calle del barrio La Comercial con la camiseta de Ronaldo (no Cristiano, el otro). Uno de pelo bien largo la cabeceaba con torpeza en plena área chica de una cancha de pedregullo en una plaza de Brazo Oriental con la merengue de Zamorano. Otro barría con vehemencia a un flaquito habilidoso que caía sobre el pasto sintético en una canchita de fútbol cinco en Punta Carretas; el defensa llevaba la de Roberto Carlos y el otro, la de Beckham. Y después Messi, después todos querían ser Messi. ¿Quién en este mundo no quiso jugar como Messi?

Era así, tan internacional, tan poco "ser oriental". Hasta que apareció Tabárez y su mentado "proceso".

Mejor para algunos, peor para otros, es irrefutable que esta selección le devolvió a la Celeste la mística que era cosa de prehistóricos. Ya no se ponen la del Barça y si se la ponen, que sea la de Suárez. Todos somos del Paris Saint Germain, salvo que la pelota la lleve Neymar. Neymar no. Neymar ya es mucho. Queremos que Cavani le saque la pelota a Neymar. Soñamos con atajar como Muslera, y que si en una de esas salís bueno, se tiren al suelo y te cobren penal, y que te salve el travesaño y gritarle al palo "¡te quiero!".

Garra y calidad.

"Los resultados deportivos obtenidos por la selección uruguaya de fútbol en lo que va de julio de 2010 a julio de 2011 pueden considerarse como el punto más alto de la vivencia futbolera en la sociedad uruguaya de los últimos 60 años". La afirmación está en el libro A Romper la Red. Abordajes en torno al fútbol uruguayo, publicado en 2012 por Uruguay Natural y la Biblioteca Nacional, y escrito por autores varios y con prólogo de Gerardo Caetano. El texto, que coloca dos mojones en el cuarto puesto en Sudáfrica 2010 y la Copa América de Argentina en 2011, compara los logros de esta selección de Tabárez con los de 1924 y 1928 (cuando fuimos campeones olímpicos), 1930 y 1950 (cuando fuimos campeones del mundo), y 1954 (cuando nos coronamos terceros). Un poco después, en 1970, hubo otro de esos hitos que fueron como amores de febrero, cuando logramos el cuarto puesto.

Es que esta selección logra expresar "lo mejor de nuestras tradiciones" y lo hace al revivir, por ejemplo, figuras fuertes como el capitán. Antes era el mítico José Nasazzi, a partir de quien se delineaba "una escala de valores y conductas dentro y fuera de la cancha que el capitán de la selección uruguaya debe tener, o sea una construcción heroica", de acuerdo al mismo libro. Luego llegó Obdulio y "los de afuera son de palo". Pero esta selección parece tener una usina de hombres fuertes capaces de convertirse en líderes: lo fue Lugano, lo es Godín, y seguro lo será también Giménez. Figuras fuertes que logran abrazar un estilo que está en la esencia de la historia, de aquello que suele nombrarse como garra charrúa.

"Para todo lo que tenemos como sustrato mínimo, que es jugar bien, entender el juego, saberlo desarrollar, entrenar como se debe, la garra charrúa es un plus que los uruguayos hemos generado siempre para superar distintas adversidades y para darnos fuerza a partir de lo que puede ser sentirnos inferiores ante ciertos rivales, por ser un país chico, o ser un país con población escasa frente a otras potencias. La garra es un aditivo positivo de superación, y nunca lo que en algún momento se entendió como vulnerar el reglamento, agredir al rival, la viveza criolla. Eso no", señala Mario Romano, director del Museo del Fútbol.

La selección de Tabárez es garra por donde se vea. Nández trancó con la cabeza en el partido contra Rusia —cosa que ya había hecho alguna vez en Peñarol. Josema Giménez no ha practicado semejante inconsciencia en la selección, pero sí lo ha hecho con el Atlético Madrid. Lodeiro lo hizo en el mundial pasado, en el partido con Inglaterra, ante el botín del jugador Wayne Rooney. En ese mismo partido fue que cayó desmayado víctima de un rodillazo Palito Pereira, que se levantó luego tambaleándose como una campana y que cuando el médico de la selección pidió que lo cambiaran se negó al grito desenfrenado de "¡No salgo!". En 2010, contra México, el Ruso Pérez se comió un codazo en la ceja, terminó todo ensangrentado, se puso una venda, se cambió la camiseta celeste y roja, y siguió jugando. Ni chistó.

Es cierto que en otras épocas la selección supo de gestas simbólicas de este tipo. En el tercer partido de Uruguay en el mundial de Chile en 1962, contra la URSS, Eliseo Álvarez jugó con el tobillo fracturado. En ese caso Uruguay perdió y quedó eliminado.

"La garra no es pegar, no es el juego brusco. La garra es querer superarse ante la adversidad. Tener convicción para lograr los objetivos. La garra también es jugar bien. Es sobreponerse a todo, pero respetar el reglamento. Hicimos nueve puntos en esta primera etapa, no nos hicieron ningún gol y solo nos sacaron una amarilla por una incidencia menor. Eso es garra charrúa", dice entusiasta Gregorio Pérez, que fue ayudante técnico de Tabárez en el mundial de Italia en 1990, dueño de muchos palmarés, entre otros cuatro campeonatos uruguayos con Peñarol.

"La garra existe. Es algo genético. Es algo uruguayo. Es algo que nos hace doblegar ante la adversidad. Somos muy chiquitos al lado de Argentina y Brasil, y si no hubiéramos dado algo de adentro, algo distinto, no habríamos logrado jamás nada. Uruguay es el que tiene más copas América, 15, y eso es por la garra charrúa. Es parte de nuestra rebeldía", resume Eduardo Acevedo, que fue campeón de América en 1983, y también ganó campeonatos como entrenador con Nacional y Defensor.

Donde juega la celeste.

Las familias que dejaron de ir a ver a sus equipos en las canchas por culpa de la violencia fueron captadas por la selección de Tabárez. Cuando juega Uruguay, el Estadio Centenario es una fiesta celeste. Los más chicos se saben de memoria sus himnos. No los viejos, no "Vayan pelando las chauchas", ninguna chaucha, ahora es "Cielo de un solo color" y "Descolgando el cielo". Se pintan la cara. Gritan cada gol con el desenfreno de quien lo hace en el minuto 94 de una final del mundo. Se abrazan a la esperanza de poder contra el que sea: si es Cristiano, Cristiano será; si después toca Messi, que sea Messi; y si después es Neymar, tendrá que ser Neymar. Piensan que perder es una fatalidad, no el resultado más probable.

"Sin dudas el estado de ánimo de los niños con esta selección es excepcional", dice Héctor Florit, consejero de Primaria. Pero este no es un dato subjetivo: esta semana se agotaron en las casas de deportes las camisetas de Uruguay para los talles más pequeños. "Es increíble que ya haya pasado esto, y todo indica que no va a haber camisetas hasta que termine el mundial. De adultos tenemos, pero de niños nada", cuenta maravillada una empleada de la casa de deportes La Cancha.

La pasión también lleva a los oportunistas del delito. Este ya es un mundial récord en cuanto a la cantidad de camisetas pirateadas que intentaron entrar al país. Durante el partido de Uruguay contra Egipto incautaron 100 de talles para niños que pretendían ser ingresadas por el departamento de Rivera. No era más que un vuelto. Ya van 100.000 camisetas incautadas en el puerto de Montevideo, muchas también de otros países de América Latina, pero que la ruta del contrabando las hace pasar primero por Uruguay. Vienen desde China.

Según las cifras de Puma, las camisetas más pirateadas del mundo son las de Uruguay e Italia. Y este año, ante la caída de Gli Azzurri en las eliminatorias, la nuestra es la que corre como favorita.

Piratas chinos aprovechan la euforia

La semana pasada incautaron 100.000 camisetas falsas en el puerto. Fueron pirateadas en China, iban a Paraguay, y eran de ese país, Argentina, Colombia, Rusia y Suecia. Antes de la copa frenaron el ingreso de 6.000 pelotas copiadas. En Artigas incautaron 600 camisetas de la selección truchas y 100 en Rivera. "La falsificación de camisetas no es burda. No creo que nadie piense que sea la legítima, pero no le va a molestar ponérsela. La época del mundial es de artículos pirateados, de camisetas y pelotas, pero también de televisores. Por eso tenemos que estar muy atentos", dice Virginia Cervieri, de Cervieri Monsuárez & Asociados, y presidenta del Comité Antipiratería de la Asociación Internacional de Marcas. 

Llegan a veces sin el logo de la AUF, por eso Puma para este mundial registró el diseño limpio, sin la marca ni el escudo. Se hacen entre dos y tres operativos contra el contrabando de camisetas por semana y sin embargo no es difícil encontrar a quienes las venden.

También falsifican pelotas. Ya intentaron entrar al país más de 6.000. Adidas hizo varias versiones de su pelota Telstar, algunas muy baratas, hasta llegar a la más cara. No importa, no logran aún frenar a los empresarios piratas.

Es que todos quieren un gol. Quieren ser como Suárez, como Cavani, como Godín o como Josema, que la emboca de cabeza a minutos del final. Quieren llegar. "Sin dudas que los espejos actuales ayudan y mucho. Quieren ser como ellos. Pero también confunden. A veces más a los mayores que están alrededor que al propio niño", señala Garay.

Es que no hay nada peor que el fútbol cuando se convierte en negocio, ya sea con piratas que copian pelotas o padres que ven en sus hijos la posibilidad de embolsarse una fortuna. Cuando deja de ser un deporte y pasa a ser un juego de adultos, de adultos que buscan dinero, todo se hace menos divertido.

Aunque les cueste trabajo

Un sondeo de la empresa Factum mostró que mientras antes del mundial solo el 23% de los uruguayos creían que la selección podía llegar a la final, después del partido de este lunes con Rusia, esa cifra creció al 51%. Germán Barros, gerente de investigación de mercados de la encuestadora, dijo que el estudio también dejó en evidencia que "son muy pocos los que no ven los partidos de esta selección".

La noche fue dura. Llena de desvelos. En la oscuridad no hicimos más que ver el milagro: el remate imposible, el guante rival que no llega, la red que se infla, el grito desenfadado, los ojos vidriosos, el abrazo al que le toque. Seguro que nadie imaginó un triunfo holgado. Esta selección nos volvió a todos un poco más niños. Quizá eso es lo que nos hace sentir que se puede. Que al fin y al cabo el fútbol está en nuestro ADN. Y que tenemos la garra y la sangre de los campeones.

También fue verde, roja y azúl

The Uruguay Association Football League nació el 30 de marzo de 1900 y fue mutando su nombre hasta convertirse en la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). Del evento fundacional participaron cuatros clubes: Albion, Curcc, Uruguay Athletic y Deutscher. Ese mismo año fue que se jugó el primer campeonato uruguayo, en el que el Curcc resultó campeón. El primer partido entre las selecciones de Uruguay y Argentina fue en 1901. Ganó Argentina. La primera vez que Uruguay ganó fue en 1903, de visitante, y la selección uruguaya estaba conformada por jugadores de Nacional. Ganamos 3 a 2. En esos años la Celeste no era tal. La camiseta mutaba indiscriminadamente según el encuentro. Los primeros 10 años se usó una mitad roja y mitad azul, una azul atravesada de izquierda a derecha por una diagonal blanca, una sola blanca (acompañada por short y medias azules), una con franjas azules y blancas con una diagonal roja, una verde (con medias y short negros), y una con franjas celestes y blancas, como la de Argentina, lo que motivó la protesta del país vecino que alegaba haber elegido la casaca con anterioridad. Fue este diferendo y otros con Argentina los que motivaron a buscar soluciones para la casaca uruguaya. Se necesitaba una camiseta "definitiva, que permitiera identificar el equipo con un color y un diseño propios", explica Alfredo Etchandy en el libro 100 años de la camiseta celeste. Y explica que el cambio constante de colores tuvo que ver con que se estilaba, en ambos márgenes del Río de la Plata, que la selección jugara con los colores del club que ganara el campeonato de cada país. Otro problema se dio un tiempo después cuando jugaron River (uruguayo) y Alumni (argentino), que tenían el mismo color de camiseta. "River jugó ese partido con camiseta celeste sin ningún rigor histórico. Solo porque esa fue la que consiguió. Y le ganó a Alumni. Esto fue en mayo de 1910 en Argentina. El 15 de agosto del mismo año se disputó en Uruguay la copa Lipton, porque sir Lipton ya estaba por esos años haciendo negocios con su té en el Río de la Plata. Se jugó en la actual cancha de Liverpool, en Belvedere, que en ese entonces era la cancha de Wanderers. Uruguay hasta ahí nunca le había podido ganar a Argentina en Uruguay, sí en Argentina, pero acá no. El delegado de Wanderers, Alfredo Le Bas, le propuso al presidente de la AUF, Héctor Rivadavia Gómez, que Uruguay jugara ese partido también de celeste. Fue esa la primera vez que le ganamos a Argentina en Uruguay. Después vinieron las copas sudamericanas, los juegos olímpicos, el mundial de 1930, lo que fue haciendo que esa celeste se convirtiera en parte de nuestra identidad", explica Mario Romano, director del Museo del Fútbol.

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