A lo largo de la historia Nacional tuvo varios volantes centrales que fueron emblemas, pero a la hora de elegir a los más carismáticos hay que tomar en cuenta a aquellos que consiguieron grandes logros con la institución.
El primero de ellos fue Julio Montero Castillo. El padre de Paolo Montero marcó territorio en todas las canchas que pisó. "En el 71, cuando perdimos la primera final 1 a 0, le dije a Pachamé: `Si vos sos tan pesado, vamos a ver si me aguantás en Montevideo. Te voy a romper todo, me dice`. `¡Qué vas a romper!` "¿Sabés lo que fue ese partido? Ganamos 1 a 0, gol de Masnik. ¿Sabés cómo le di? Cuando terminó el partido le dije: el martes te agarro en Perú, ahí vas a ver quién es el re-pesado. En Perú lo maté, le gané a todo. Faltaban 15 minutos, íbamos ganando 2 a 0 y Aguirre Suárez me dice: `Negro, ya nos pegaste a todos, aguantá`. El "Mudo" se caracterizaba por su rudeza, con la que se hacía respetar en todos lados.
En 1980 el legado cayó en Víctor Espárrago. Luego de su experiencia española por Sevilla y Huelva, volvió para ser el capitán en la conquista de la segunda Copa Libertadores y posteriormente la Intercontinental. Fue un futbolista polifuncional, que jugó de puntero, de volante por afuera y hasta de lateral, pero en aquel 1980 fue el 5, el capitán y el que aseguraba la salida clara. La falta de velocidad la suplía con gran inteligencia táctica.
En 1988 Santiago Ostolaza fue el alma de Nacional que logró el tricampeonato de América y el Mundo. No daba una pelota por perdida, corría toda la cancha y llegaba al área rival para anotar goles que fueron clave. El "Vasco" era todo corazón y entrega.
El último gran referente del puesto en Nacional fue Marco Vanzini. El "Palillo" se cansó de dar vueltas olímpicas. Lento, pero inclaudicable y patrón del círculo central, fue el último caudillo.