El partido desde el otro lado

Jorge Savia

Sobre la medianoche pasada, mientras estoy esperando abordar el vuelo transpolar de Aerolíneas Argentinas con destino a Sydney, nace una reflexión: ¡qué singularidades tienen, a la luz de lo que también pasó en noviembre de hace cuatro años, este tipo de cruzadas a Australia!

En 2001, para llegar en vuelo regular a Ezeiza —la selección lo hacía en un charter al que subió poco rato después de terminado el último partido con Argentina por aquellas Eliminatorias— con tiempo suficiente como para alcanzar la frecuencia de la compañía australiana Quantas que partía a la medianoche hacia Sydney, fue necesario partir desde Carrasco antes que comenzara el clásico del Río de la Plata en el Estadio Centenario.

De modo que, como el circuito cerrado de televisión del aeropuerto de Buenos Aires emitía las imágenes del partido Uruguay-Argentina en diferido, cuando por los altavoces se escuchó el llamado a embarcar, aunque el cotejo en realidad ya había terminado, no se sabía si los celestes iban a llegar o no a la capital argentina para ir a Australia.

Lógicamente insensible, el personal de la empresa aérea exigió primero la presentación del equipaje, a determinada altura de la noche lo despachó y transó que el periodista y el fotógrafo de El País siguieran dejando pendiente la presentación de sus pasajes, y al final —cuando ya en el Centenario iban 1 a 1 pero a tantos kilómetros de distancia nadie podía asegurar nada y menos imaginar aquellos minutos finales tan particulares— exigió también el cumplimiento de ese último trámite.

Ya camino al avión, el periodista y el fotógrafo vieron aparecer por un corredor lateral proveniente de la manga junto a la que se había detenido el charter recién llegado desde Carrasco, a Púa y sus muchachos, recién clasificados para el repechaje, lo que hizo que ambos —periodista y fotógrafo— gritaran a coro "¡Uruguay nomá’!", no sólo por hinchas, sino hasta por imaginar lo que podría haber sido un regreso con despido incluido como consecuencia de un viaje de ida y vuelta a Melbourne —con los concernientes gastos del caso— si los celestes hubiesen quedado eliminados.

La incertidumbre esta vez es diferente, pero igual se hace presente, y en diversas modalidades: cómo será ver el partido de acá, pero allá; y cómo será seguirlo por pantalla gigante y entre los integrantes de la colonia de uruguayos que jugará un partido aparte en la ida, porque en la mayoría de los casos tampoco podrá entrar al estadio de Sydney para la revancha.

Por lo vivido en 2001 y porque uno está viviendo en 2005, son singulares estas cruzadas. Si no, basta con recordar el diálogo que protagonizó Fernando González —el fotógrafo de Tenfield— cuando en el atardecer previo al partido Uruguay-Argentina salió de su casa para el estadio y al despedirse de su señora le dijo como si nada: "Vieja, si a medianoche no volví es porque me fui para Australia..."

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