Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Cultura del conflicto

Todos los paradigmas en algún momento caducan. En el ámbito internacional Huntington lo predijo en forma clara a pesar de que muchos aún se rehúsan a admitirlo: el orden mundial basado en la lógica bipolar de la guerra fría cayó con el infame muro de Berlín y dio paso al choque de civilizaciones, o a la guerra santa según Pérez Reverte.

Todos los paradigmas en algún momento caducan. En el ámbito internacional Huntington lo predijo en forma clara a pesar de que muchos aún se rehúsan a admitirlo: el orden mundial basado en la lógica bipolar de la guerra fría cayó con el infame muro de Berlín y dio paso al choque de civilizaciones, o a la guerra santa según Pérez Reverte.

El mundo no se ha adaptado a comprender este nuevo escenario (Europa aún le sonríe a sus enemigos); los cambios se suceden vertiginosamente pero se asimilan a otro ritmo.

En lo interno, a las sociedades les pasa igual.

Los paradigmas sobre los que los actores políticos las construyen y utilizan para explicar su funcionamiento (y ganar elecciones…) van mutando, y estos cambios generan rupturas, a veces tan profundas que también se digieren lentamente y no se perciben en el acto; pero cuando se produce ese cisma, marca el futuro de varias generaciones aunque en el momento concreto no se enteren.

El proceso electoral ocurrido entre las últimas elecciones internas y las elecciones nacionales demostró precisamente esto.

Las nacionales se dirimieron entre dos universos diferentes, el del conservadurismo marxista (por ende antagónico en la teoría y en la práctica) del FA, y el moderno modelo rupturista del statu quo político de la oposición con vocación de diálogo y rechazo a la cultura del conflicto.

Sorpresivamente fuimos testigos de la estocada final al paradigma de la cultura del conflicto imperante en Uruguay, el que a mi juicio en nuestra historia contemporánea se había iniciado un siglo y tanto atrás con la intencionada muerte de Saravia, fortalecido con el delirio tupamaro de los 60-70, terminando precisamente en el balotaje del 2014, como una pompa de jabón (vaya paradoja…) que explota en el aire sin que nadie la perciba, pero salpicando a todos.

Sin perjuicio del resultado final de las elecciones, el principal éxito de la oposición fue el de aglutinar a casi la mitad del Uruguay que entiende que el país necesita un cambio de verdad y urgente.

Y ese cambio, (quedó demostrado en la campaña) incluye el cambio del paradigma de la cultura del conflicto, por un paradigma donde prime la cultura del diálogo para buscar las soluciones que el país requiere.

Es convencer al otro por la razón y el derecho, no vencerlo por la sobrada fuerza bruta, como dijo Unamuno.

Es caminar hacia el distinto.

Esta nueva forma de relacionamiento político sorprendió al FA y a sus satélites sindicales de tal for- ma que corrieron en desbandada como nunca, logrando el éxito electoral únicamente sobre la base del consabido conservadurismo oriental y de las transgresiones electoreras a la Constitución, y no de sus propios méritos.

Sin embargo, el statu quo estaba torpedeado, era el principio del fin del “no se puede”.

Como dice Daniel Supervielle “ese cambio que se inició, lejos está de plasmarse en los hechos”, pero ya se percibe y se notan movimientos.

La gente se aburrió de escuchar a los políticos de la vieja escuela que dividen en lugar de unir y eso se vio en las urnas, la gente ya no responde como antes a convocatorias sindicales trasnochadas encabezadas por dirigentes todólogos que sacan un conejo diferente de su galera cada día dando recetas por imposición para cada problema del país invocando una falsa solidaridad de clase.

Las discusiones entre los diferentes colectivos han comenzado a tener otro tono, y salvo algún gerifalte de los que nunca faltan, el sistema político todo ha empezado a cambiar la voz narrativa de su relato.

Así vemos como una nueva camada de políticos de todos los partidos, de dirigentes gremiales empresariales, de sindicalistas, de funcionarios, y hasta personas en sus relaciones particulares, empiezan a adoptar el nuevo paradigma del diálogo.

Un amigo una vez dijo, palabras más o menos: “cada vez que la humanidad evolucionó fue porque unos locos salieron corriendo para adelante, mientras que otros les decían que eso no se puede, y que eso no se debe”. Él no lo sabía quizá en ese momento, pero sus palabras eran premonitorias de una revolución pacífica, de buena onda que cambiaría la forma de hacer las cosas en el Uruguay.

Y sin duda ha llegado el momento de las soluciones a nuestros problemas públicos y privados logradas mediante el diálogo de los diferentes actores. Estamos en el amanecer de un nuevo tiempo que en breve verá como termina de morir (para bien de todos) la cultura del conflicto.

El enrarecimiento del ambiente político y social que han ensayado algunos actores para obtener y mantener el poder está dejando de darles resultados, la cultura del conflicto está pasándoles una factura que no podrán pagar, como tantas otras…

No obstante no hay que perder de vista que estos mismos que han cultivado el conflicto y que hoy enfrentan sus consecuencias son los más fieles representantes de la “modernidad líquida” de la que hablaba Bauman, y por tanto hay que estar espabilados.

Por esto debemos insistir con tenacidad en nuestro camino aunque este nos exponga al riesgo de lo desconocido, como en cualquier revolución.

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