Tomás Teijeiro
Tomás Teijeiro

Un bar en nuestra Gettysburg

Existen lugares maravillosos en el mundo y muchos de ellos son bares, tabernas, o cafés. Sitios donde fluye vida, donde la gente se reúne a tomar, y algunas veces a comer, pero sobre todo a cambiar ideas.

Existen lugares maravillosos en el mundo y muchos de ellos son bares, tabernas, o cafés. Sitios donde fluye vida, donde la gente se reúne a tomar, y algunas veces a comer, pero sobre todo a cambiar ideas.

Hay algunos que solo por el hecho de haber sobrevivido al tiempo merecerían un galardón. Lugares en los que han pasado cosas, a veces insignificantes o no en la vida de muchas personas, incluso en las de algunos que no sabían cuánto iban a influenciar las de otros, las de sociedades enteras, o incluso la del mundo.

¿O alguien es acaso tan incrédulo como para creer que lo que se habla en los bares son solo chorradas?

Si tuviera que elegir, en una lista absolutamente caprichosa pondría en igualdad de condiciones al café Iruña de Bilbao (el de Unamuno claro, porque en los bares no se hablan solo bobadas…), al Faustino de la Universidad de Navarra (siempre que esté Juan, su regente), la Globe Tavern de Stanley, el Albero de Valencia con su Salve Rociera, y el bar de Porro en Las Piedras.

Referiré a este último por razones de cercanía.

Siempre he tenido la retorcida ocurrencia (revelación que se me dio en el bar) de que Las Piedras tiene un extraño vínculo con Gettysburg. Sí, con la ciudad de Pensilvania donde se la dieron yanquis y confederados en 1863, y que se hizo famosa por el discurso de Lincoln.

Creo que la conexión viene por el lado de la batalla de Las Piedras, hito del génesis de la nación oriental, donde se plasmaron las ansias de libertad de un pueblo, porque Las Piedras fue un campo donde se consagraron las vidas que ahí se ofrecieron por la causa, y porque soy un convencido de que hoy más que nunca somos nosotros los que debemos consagrarnos “…a la gran tarea que aún nos queda por delante…” “…Que resolvamos aquí firmemente que estos muertos no habrán dado su vida en vano. Que esta nación, bajo Dios, renazca en libertad. Y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, jamás perezca sobre la Tierra”.

El bar de Porro, concebido por su dueño como una suerte de Aleph canario que acumula objetos del pasado, aunque queda a unas cuadras del lugar de la batalla me hace reflexionar sobre el valor de la historia verdadera, y de la buena memoria que han de tener las personas y los pueblos.

Sentado en la mesa de la entrada, bajo una foto en la que aparece la Estatua de la Libertad con una luz increíble y de fondo las torres gemelas, colgada con honor junto a una chapa del nomenclátor que reza “Luis A. de Herrera” miro a veces la foto de Artigas en la pared de enfrente y pienso en Gettysburg y en cuanto nos queda por delante.

Recorro con la vista los viejos objetos que atesora el bar de Porro, cada uno con su historia, juguetes de niños que ya no existen, instrumentos de trabajo de gente que ya no suda. Escucho el ruido de fondo de la radio en la que una vez cantaron Gardel o Zitarrosa, miro los floretes cruzados sobre la chimenea de la estufa y pienso cuánto honor tendríamos si nos consagráramos como aquellos héroes de Las Piedras a hacer de esta una nación concebida en libertad y consagrada al principio de que todos los hombres son creados iguales.

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