Tomás Linn
Tomás Linn

Populismo en alza

El triunfo de Donald Trump en las elecciones norteamericanas sorprendió menos de lo que se dice. Muchos lo negaban por inimaginable, aunque en el fondo lo sabían posible. Cada cosa que decía Trump, como si fuera a propósito para perder, le acarreaba más votos.

El triunfo de Donald Trump en las elecciones norteamericanas sorprendió menos de lo que se dice. Muchos lo negaban por inimaginable, aunque en el fondo lo sabían posible. Cada cosa que decía Trump, como si fuera a propósito para perder, le acarreaba más votos.

El populismo del cual América Latina todavía no se liberó del todo, llega al norte y hay razones para que ocurra. Pero no se trata de una novedad. Durante buena parte del comienzo del siglo XXI hemos escuchado con asombro, enojo, perplejidad y hasta con algo de perversa fascinación la retórica absurda y demagógica que caracterizó a presidentes como Hugo Chávez, Nicolás Maduro o Néstor y Cristina Kirchner. Por eso, lo de Trump no es desconocido. No lo es su primitivo proteccionismo ni su nacionalismo extremo, decidido a encerrar al país y amurallar sus fronteras.

Muchos se preguntan que está pasando por la cabeza de tantos norteamericanos capaces de darle la presidencia a alguien como Trump. La respuesta es sencilla: les pasó lo mismo que a tantos argentinos, ecuatorianos y venezolanos a lo largo de esta década.

Sí, prefieren a líderes populistas y demagogos por razones cuestionables pero que para ellos tienen lógica. El contendiente no es una opción y por lo tanto a la hora de votar queda descartado. Si bien muchas de las medidas que toman estos gobiernos, con soluciones arrogantes y facilongas, son un desastre para el país, no lo son para sus votantes. Su situación, al menos así lo ven ellos, no está sujeta a políticas serias y de largo aliento. Les sirve el ahora; el mediano plazo no es un objetivo a tener en cuenta.

Con dificultad, algunos países afectados por el populismo en América Latina están saliendo de estos gobiernos. Argentina lo hizo pero pese a ello Cristina Kirchner mantiene un reducto chico y combativo, desde donde piensa volver.

Y a Macri se lo mira con lupa. Suele decirse que ciertas medidas inevitables pero impopulares pudieron tomarse de otra manera. Como si hubiera alternativas para hacer más amable lo que no hay más remedio que hacer.

Maduro enfrenta a un pueblo que luego de una década de aceptar al chavismo ahora le dice basta. Pero pese a esa mayoría que se expresa en la Asamblea Nacional, sigue aferrado al poder.

Con el triunfo de Trump, el populismo se expande. Ya hay experiencias en Europa Central y un intento que no logró consolidarse con Boris Johnson en el Reino Unido. Consiguió sacar a su país de la Unión Europea, pero luego no se animó a ponerse al frente de su partido ni a convertirse en Primer Ministro.

El fantasma ronda. Y tal como se vio en la región, para consolidarse el populismo necesita pasar por alto las reglas que definen un estado de derecho, una democracia constitucional y el respeto a instituciones cuyo rol es vigilar y controlar a quien preside un país.

¿Hará eso Trump? Para cumplir con sus promesas extremas, tal vez no tenga más remedio. George W. Bush lo hizo amparado en la excusa de que estaba en juego la seguridad de su nación tras el ataque terrorista. Permitió el espionaje masivo a la población y la aplicación desembozada de la tortura contra algunos de los apresados. El camino al desprecio a esas reglas empezó entonces, no ahora.

Si las instituciones funcionan y controlan sus ideas más disparatadas, Trump no podrá cumplir sus promesas y fracasará. Si Trump concreta las promesas hechas, es probable que para ello haya pasado por alto esas reglas. En tal contexto, cualquiera de las alternativas será complicada. La segunda, más aún.

El triunfo de Trump no marca una inflexión en Estados Unidos y en el mundo. La inflexión empezó antes y Trump es consecuencia de ese lío.

El siglo XXI arrancó mal. Cayeron las torres (esa fue la inflexión), vino la crisis económica en el norte, se radicalizó el islamismo fundamentalista que ahora plantea una guerra expandida en Medio Oriente. Eso lleva a masivas migraciones que afectan a Europa e incluso a EE.UU., nación que se forjó gracias a la inmigración en un flujo que nunca cesó en sus dos siglos de historia. Ahora se plantea la crisis de la Comunidad Europa, un experiencia que generó esperanzas desde el fin de la Segunda Guerra.

En la región estalló la crisis económica del 2001 y 2002 que transformó a ambas sociedades del Plata y terminó por cambiar formas de vivir y de entender la pobreza, con los efectos colaterales que eso implica. Surgieron los populismos, en Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina que pusieron a cada país al borde de la dictadura o lisa y llanamente dentro de ella, como en Venezuela. Se deterioró la valoración de la democracia, algo que pareció tan promisorio en los años 80.

No ha sido un comienzo de milenio fácil. La elección de Trump es su señal más visible pero no su comienzo y es difícil saber si será su culminación. Lo cierto es que este fenómeno, que parecía tan propio de América Latina y estuvo tan cerca de nuestra realidad, no era un producto exclusivo. Se expande y llega a otros lugares del mundo.

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