Tomás Linn
Tomás Linn

Cada uno elige

Si no me gusta como un diario presenta sus noticias, ya sea en su edición impresa o en su sitio en Internet, dejó de comprarlo o no entro más a ese sitio. Lo mismo ocurre cuando no me gusta una radio o un canal de televisión. Que otros lo vean si quieren. Yo opto para cambiar de canal o apagar el aparato.

Si no me gusta como un diario presenta sus noticias, ya sea en su edición impresa o en su sitio en Internet, dejó de comprarlo o no entro más a ese sitio. Lo mismo ocurre cuando no me gusta una radio o un canal de televisión. Que otros lo vean si quieren. Yo opto para cambiar de canal o apagar el aparato.

Cada uno es dueño del control remoto, del teclado, de la computadora o el celular, para decidir a que le presta atención. Esa es la única forma de “censura” admitida en una sociedad libre.

No vale la de un Estado que con reflejos autoritarios pretende dirigir la información y los gustos de la gente. Tampoco vale la de colectivos sociales que desde sus convicciones pretenden marcar su agenda como si fuera la única y reclamar censuras como si tuvieran derecho a incidir sobre las creencias, gustos o simples actitudes de los demás.

Esto está ocurriendo con varias organizaciones sociales que a través de las redes sociales reclaman con vigor que no se trasmita una telenovela turca en que la protagonista es una adolescente que, contra lo que sueña para sí misma, es obligada por su familia a casarse con un hombre mayor.

Algunos de los que propugnan la medida entienden que la telenovela es una apología de la pedofilia. Como la telenovela recién empezó a mostrarse y lo único que se sabe de ella es a través de los promocionales del canal, es todavía pronto para saber si es así. Los promocionales, mostrados durante las tandas publicitarias, dan cuenta de una situación que le implica sufrimiento y dolor a la joven. Es probable que acate, porque está inmersa en un contexto que la obliga a ello, pero no lo hará en forma complaciente.

La televisión española trasmitió hace pocos años una serie en que la protagonista, una mujer, obligó a todas sus hijas a casarse con los hombres que ella pensaba que eran convenientes a sus intereses. Esa relación forzada con un marido que no conocía pudo haber afectado, o al menos agravado, la salud mental de una de sus hijas. La serie fue mostrada sin mayores controversias. La protagonista, dicho sea de paso, se llamaba Isabel de Castilla, conocida también como Isabel la Católica.

Esto que parece historia vieja fue común hasta hace muy poco en Occidente y sigue sucediendo en otras regiones del mundo. Ocultarlo o negarlo no hace que deje de existir.

No voy a entrar en el reiterado argumento de que se trata de telenovelas de baja calidad, un verdadero bodrio con argumentos simplones. Son telenovelas con todos los ingredientes populares que el género tiene. Mucha gente se rehusa a verlas y otra las sigue con pasión, justamente por la carga dramática de sus tramas. Como dice el dicho, sobre gustos no hay nada escrito.

Hace más de un siglo el pensador John Stuart Mill escribió su defensa de la libertad de expresión, de prensa y de opinión. Y fue muy claro no solo en cuestionar la censura por parte de las autoridades, aún de aquellas que contaran con un mayoritario apoyo de la población, sino también la censura social. La que sin sancionar físicamente, obliga a callar y a reprimirse porque para el grueso de una sociedad esas posturas son mal miradas. Una censura que surge del sentimiento de infalibilidad.

Eso es está pasando hoy en Uruguay. Quienes quieren impedir la transmisión de ese programa aducen sus motivos. Pero no es acallando que lograrán convencer de que tienen la razón. Cuando hay libertad se contraponen todas las visiones, las versiones y los argumentos (aún los erróneos), para así convencer con más firmeza.

La censura, por justificados que parezcan sus motivos, obliga a ocultar y acallar. Como a nadie le gusta que hombres mayores se casen con niñas jóvenes y abusen de ellas, eso no debe ser mostrado, no puede siquiera decirse que ocurre ni que es avalado en otras sociedades.

Tal actitud además de autoritaria, demuestra un sentimiento de superioridad. Unos son mejores y saben lo que es bueno para los demás. Por lo tanto tienen derecho a decir lo que se puede ver y no ver.

Al final terminan generando la contra reacción. Habrá gente que no solo se enojará porque se le impidió ver una telenovela, sino que también empezará a cuestionar la causa que originó esa censura, por muy noble que sea. Y en esa batalla perderán los dos: la causa y la libertad de expresión.

La idea de que los individuos tenemos ciertos derechos que nos son inalienables e inherentes (entre ellos los de las mujeres y los menores) va de la mano con el concepto de la libertad. Si por defender lo primero se ataca lo segundo, nos quedaremos sin ninguno. La historia ha demostrado que esto ocurre.

Esta semana, en este mismo espacio, Pablo da Silveira escribió sobre quienes desde posiciones de poder limitaban la libertad de expresión. También habló de quienes para complacer, se sometían sumisos y sin chistar a esos dictados. Ahora toca hablar de la censura ejercida desde la sociedad, a través de ciertas organizaciones que consideran tener la verdad respecto a los demás.

Son señales preocupantes, de esas que exigen estar en alerta.

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