Rodrigo Caballero
Rodrigo Caballero

Serían periodistas

Cuánto puede durar, encima del escenario del Velódromo Municipal, una murga que cuestione la concesión de las señales de TV a los amigos del Frente Amplio.

Qué cantidad de tomates, o mejor dicho trozos de panchos y choripán, pueden llegar a llover sobre la cabeza de una agrupación carnavalera que, sobre el tablado Primero de Mayo, critique el subsidio que comenzó a recibir el exvicepresidente Raúl Sendic o el paco que metió su reemplazante, Lucía Topolansky, cuando juró haber visto el título de Licenciado en Genética Humana que aseguraba ostentar el hijo del “Bebe”.

Cuántos decibeles alcanzarían los silbidos y abucheos que recibiría un cupletero que, al imitar a Mujica, en lugar de satirizar su simpática y popular manera de hablar, hiciera hincapié en los negociados con las “multinacionales gringas”.

Entonces basta de reclamar algo que no va a ocurrir.

El Carnaval en Uruguay, es abiertamente frenteamplista. Los murguistas no suben al escenario para realizar una crítica sesuda de la actualidad política y social del país. No señor. Ellos se pintan la cara, se calzan los trajes de colores y empinan la damajuana con una intención bien definida: atacar una manera de percibir las relaciones humanas que no es la que ellos profesan. Y eso está muy bien.

Los murgueros no recorren los barrios en camión para ser honestos ni justos con la realidad. Ni siquiera tienen la obligación de mostrarse inteligentes o creativos. En cambio cantan y actúan para comunicar sus propias convicciones, sus principios y sus anhelos. Y el público, que en su mayoría los comparte, se pone de pie y aplaude a rabiar, sin evaluar el grado de compromiso con la verdad objetiva. Porque para eso paga la entrada.

Los murguistas y el público que los sigue son, en su mayoría, socialistas, comunistas, emepepistas, casagrandistas. Sería una bobería esperar que critiquen a Cuba, a Venezuela o a Bonomi porque es claro que piensan que nada en ellos está mal.

Por el otro lado, el presidente que la ciudadanía eligió en noviembre y que suplantará a Tabaré Vázquez, resulta para muchos de estos compatriotas una verdadera tomadura de pelo. Luis Lacalle Pou es joven, históricamente de Carrasco pero residiendo en La Tahona. Criado en The British Schools. Tiene el cabello rubio, lacio y con un jopo. Anda bien empilchado. Es nacionalista. Hijo de Lacalle Herrera. Su hobby es surfear en Punta del Este y en playas paradisíacas de Brasil o Costa Rica. Su mujer también es rubia y se desempeña profesionalmente como paisajista y los hijos del matrimonio van al mismo colegio que fue su padre, o a otro del mismo nivel, no importa.

El dolor en la zona abdominal, o quizás más abajo, que sufre el izquierdista tradicional ante todas estas características reunidas en el nuevo Presidente de la República, no puede ser más agudo. Y por eso el odio y la bronca son tan difíciles de controlar. Y también por eso la murga permite que el veneno suplante la creatividad y salga escupido en oleadas sin criterio, con mentiras, calumnias y orines afuera del tarro.

Y no está mal que así sea. Al contrario, está muy bien. Porque si los tipos fueran ecuánimes y en lugar de cantar sus pasiones realizaran un análisis objetivo de la realidad, no serían murguistas, serían periodistas.

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