Ricardo Reilly Salaverri
Ricardo Reilly Salaverri

Coalición republicana

Al cierre del año es reflejo adquirido soñar que viene otro mejor. Es ilusión artificial porque el torrente de los hechos trasciende al dique de los registros del almanaque.

Al cierre del año es reflejo adquirido soñar que viene otro mejor. Es ilusión artificial porque el torrente de los hechos trasciende al dique de los registros del almanaque.

Los medios de comunicación avivan intensa y extensamente los recuerdos de los acontecimientos públicos relevantes del pasado año.

Del 2016 como manifestación suprema del proceso de decadencia de los últimos más de once años del país, mencionaré la suspensión del último clásico entre Nacional y Peñarol. Es una síntesis dramática del Uruguay actual. Disolución moral y social de una dimensión como nunca había sucedido en nuestra vida republicana moderna.

Soy hincha desde el nacimiento y socio vitalicio del Club Nacional de Football. Decano nacido con los colores de Artigas, como afirmación ayer de jóvenes universitarios que se paraban con rebeldía ante la unanimidad de instituciones existentes de arraigo británico. No hay tribuna que me sea ajena. En los últimos años deserté del cemento. No tiene sentido ir a un espectáculo deportivo, con familiares y amigos, con niños, para llevarse una puñalada o un tiro, por alguna sinrazón o para que algunos bárbaros nos hurten un celular.

Es más grave porque eso no pasa hoy solo en un estadio, pasa al trasponer la puerta de la casa de cada uno de nosotros, especialmente en la capital. Es consecuencia final del desgobierno generalizado -educación, seguridad, corrupción y desmadre en las empresas estatales, despilfarro de la hacienda pública, fiscalazos…- de un conglomerado político que vivió históricamente protestando hasta con el execrable terrorismo tupamaro contra un orden institucional, económico y social nacional que era respetado por el mundo. En la cuarentena “progresista”, ni ayer José Díaz, ni hoy Bonomi, de acervo leninista, puestos en el Ministerio del Interior, han sentido como suya la convicción de que en una sociedad libre el ejercicio legítimo de la autoridad del Estado es lo primero que justifica la existencia de un gobierno (todas las estadísticas y la realidad diaria testimonian el deterioro nacional del período aludido).

Los que escudados tras la camiseta de Nacional en Santa Lucía fueron a disparar contra hinchas de Peñarol, con intención homicida, y los que con la de Peñarol ese mismo día festejando el aniversario de algo, se juntaron en Av. Brasil y la rambla y salieron con camiones y a pie a romper a pedradas vidrios de edificios y de automóviles estacionados, son parte de lo mismo. Las gloriosas camisetas son solo disfraz y excusa para practicar el desborde de la caterva enajenada a la que nadie pone coto. Que cobró significación inconmensurable con todo lo trascendido cuando el clásico en la Ámsterdam. Drogas y delito, todo manifestación cumbre de una sola realidad de disolución ética popular y social. Nunca se vio nada igual.

¿Las medidas anunciadas por el Dr. Vázquez para el fútbol? “Tarde piaste”. Oportunismo puro. Después que la pasta se sale del pomo es difícil meterla nuevamente adentro.

La felicidad del año y el tiempo que vienen, soñando con recuperar lo mejor que ha sido nuestro país, pueden llegar si la oposición política republicana asume un programa básico de gobierno de reconstrucción nacional. Manteniendo la independencia de los partidos respectivos.

Con grandeza. Sea quien sea el próximo presidente que el pueblo elija. Que el 2017 nos agarre con las pilas puestas.

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