Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Libertad de expresión

La libertad de expresión es uno de los pilares de toda sociedad democrática. De nada vale tener elecciones o instituciones con nombres pomposos, si los ciudadanos no pueden expresarse sin temor a ser perseguidos.

La libertad de expresión (y su dimensión más visible: la libertad de prensa) sirve para que los ciudadanos se informen en diferentes fuentes, en lugar de quedar presos de versiones oficiales. La libertad de expresión sirve para que los representados controlen a sus representantes, y les hagan llegar sus propuestas y reclamos. La libertad de expresión ayuda a combatir la corrupción y los abusos de poder. También nos permite tener un debate público más rico y mejor informado.

Por todas estas razones, Thomas Jefferson dijo alguna vez que, si tenía que elegir entre tener gobierno y no tener libertad de prensa, o tener libertad de prensa y no tener gobierno, se inclinaba por lo segundo.

También es cierto que la libertad de expresión puede prestarse a excesos. Hay quienes se amparan en ella para difundir noticias falsas, para organizar operativos de destrucción de imagen, o simplemente para enchastrar. Hay comunicadores que actúan de buena fe, y también hay de los otros. Hay periodistas que investigan con seriedad y ecuanimidad, y hay otros con camiseta. Hay formas de titular sobrias y responsables, y hay quienes priorizan el golpe de efecto.

Las cosas pueden ser todavía más complicadas en ese nuevo mundo que son las redes sociales. Hay quienes se sirven de ellas para crear estados de opinión infundados o para presionar a los comunicadores profesionales. Hay tecnologías que permiten crear identidades falsas y dar la sensación de que son muchos los que escriben, cuando en realidad son pocos. Hay seres humanos de verdad que adoran juzgar y condenar a quienes no les caen simpáticos, sin la más mínima preocupación por la justicia ni por la verdad.

Con demasiada frecuencia, observar lo que sucede en las redes hace pensar en las famosas “tricoteuses”, o “tricotadoras”: aquellas mujeres que, en tiempos de la Revolución Francesa, hacían tejido de punto al pie de la guillotina mientras esperaban la llegada de los condenados, y aullaban de felicidad cada vez que veían rodar una cabeza, convencidas de que su propio griterío era una confirmación de culpabilidad. Por todas estas razones, hay quienes creen que el ejercicio de la libre expresión debe ser firmemente regulado.

Está bien aceptar las opiniones fundadas, pero deben perseguirse las que no tienen bases sólidas. Está bien dejar hablar a quienes actúan movidos por la buena voluntad, aunque digan cosas con las que discrepamos, pero hay que controlar a los que actúan de mala fe. Está bien que la prensa informe, pero hay que castigarla cuando informa mal.

El problema de todo esto es quién decide. ¿Cómo se evalúa la buena o mala voluntad? ¿Cuáles son los límites entre informar bien e informar mal? Dar a alguien el poder de regular estas cuestiones equivale a liquidar la libertad.

El respeto de la libertad de expresión puede dar lugar a abusos lamentables. De hecho, lo hace. Pero son preferibles los excesos de la libertad a cualquier forma de autoritarismo. El verdadero compromiso con la libertad de expresión no se muestra cuando nos elogian, sino cuando nos tratan de una manera que nos duele, por infundada e injusta.

¡Viva la libertad de expresión!

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