Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Libertad de expresar

La libertad de expresión es una de las piedras angulares de la democracia liberal que practicamos. Si los ciudadanos no podemos opinar, informarnos, criticar, intercambiar ideas y desplegar nuevas sensibilidades, todo el tinglado de leyes, elecciones y cambios de gobierno pierde sentido.

La libertad de expresión es una de las piedras angulares de la democracia liberal que practicamos. Si los ciudadanos no podemos opinar, informarnos, criticar, intercambiar ideas y desplegar nuevas sensibilidades, todo el tinglado de leyes, elecciones y cambios de gobierno pierde sentido.

Thomas Jefferson lo expresó en términos clásicos, refiriéndose específicamente a la libertad de prensa: “es preferible tener una prensa libre sin gobierno que un gobierno sin prensa libre”.

Nuestro país ha ganado un lugar de honor por su larga tradición de respeto a la libre expresión. A excepción de unos pocos períodos (el más agobiante de los cuales fue la última dictadura) los uruguayos siempre pudimos manifestar nuestras discrepancias, criticar lo que no nos gusta, proponer alternativas y reírnos de quienes nos gobiernan.

Así han sido siempre las cosas y así queremos que sigan siendo. Por eso son preocupantes algunos episodios ocurridos en las últimas semanas.

El más comentado de esos hechos fue la censura de un cuadro que mostraba semidesnudos al expresidente Mujica y a la senadora Topolansky. Todo lo que ocurrió en torno a esa tela fue atroz: la intervención de funcionarios policiales, la invocación arbitraria a una orden “desde arriba”, las palabras del expresidente Mujica y su esposa, que justificaron con argumentos de compadrito un acto de censura del que admitieron ser responsables. Pero lo peor fue la obediencia de los responsables de la galería (que dijeron haber retirado la obra “por delicadeza”) y la sumisión del propio artista.

En las declaraciones públicas del pintor censurado no hubo dignidad ni rebeldía, sino un penoso pedido de disculpas: “En ningún momento quise burlarme… Yo los admiro… No era mi intención que lo tomaran a mal”. Lejos de defender su libertad como creador, el pintor intentó mostrarse obediente como un niño sorprendido en falta por la maestra: dijo que había guardado la tela y que no la iba a mostrar más. Para terminar de entreverarlo todo, y como si tuviera algo que ver, agregó: “Si Mujica se tira a presidente, obvio que lo voto”.

Que un poderoso quiera encadenar la libertad de expresión ya es grave. Pero que la víctima mueva la cola y lama la cadena revela que estamos perdiendo reflejos muy básicos.

Cuando todavía estábamos reponiéndonos de semejante horror, llegó la noticia de que el Ministerio del Interior decidió denunciar penalmente al sitio Chorros.uy por “infundir temor en la ciudadanía (…) y exponer al menosprecio público a la autoridad policial”.

Muchos han señalado, con razón, que el Ministerio del Interior debería dedicarse a hacer bien su trabajo en lugar de intentar silenciar a quienes muestran sus fallas. Pero hay algo más. Supongamos que el sitio web denunciado efectivamente practicara el alarmismo y alentara actitudes negativas hacia la autoridad. Aun si eso fuera cierto, esas no son razones para censurarlo.

El respeto a la libertad de expresión se vuelve importante justamente ante lo que nos molesta. En general no nos cuesta dejar hablar a quienes nos elogian. De hecho, estamos encantados de que lo hagan. El verdadero respeto a la libertad de expresión se muestra cuando nos abstenemos de censurar a quienes dicen cosas que nos desagradan, y aun a quienes son injustos en las críticas que nos hacen. Eso vale para todos, y muy en especial vale para los gobiernos.

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