Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Hacer o explicar

En la década de 1980 el fútbol inglés era un infierno. Los famosos “hooligans” (palabra que equivale a nuestra “barrabravas”) se habían adueñado de la escena y se volvían cada vez más violentos. Las familias abandonaban los espectáculos deportivos. La escalada condujo a tragedias.

En la década de 1980 el fútbol inglés era un infierno. Los famosos “hooligans” (palabra que equivale a nuestra “barrabravas”) se habían adueñado de la escena y se volvían cada vez más violentos. Las familias abandonaban los espectáculos deportivos. La escalada condujo a tragedias.

En medio de ese desastre se escuchaban las voces aplomadas de quienes lo explicaban todo. Según numerosos expertos (muchos de ellos académicos profesionales) la violencia en el deporte era un reflejo inevitable de procesos sociales muy extendidos y complejos que tenían que ver con la des industrialización, la pérdida de empleos tradicionales como los del sector minero, el deterioro del tejido urbano y los cambios en la familia.

Con tono de suficiencia, quienes hacían estos sesudos análisis transmitían dos mensajes fundamentales. El primero era que la violencia en el deporte había llegado para quedarse, porque reflejaba tendencias sociales y culturales muy pesadas. El segundo, directamente derivado del anterior, era que todo intento de solucionar el problema a corto plazo era una demostración de ingenuidad y revelaba una total incapacidad para entender la complejidad de los procesos sociales en curso.

Todo esto era dicho por personas con muchas credenciales, que aparentaban ser más lúcidas y estar mejor informadas que sus conciudadanos. Pero resulta que se equivocaron. Un conjunto de medidas que abarcaron la actuación policial, la intervención de la justicia y la acción educativa terminaron en poco tiempo con un fenómeno que se suponía inevitable. El cambio fue radical y mucho más rápido de lo que muchos podían imaginar. Hoy, los estadios de fútbol británicos se cuentan entre los más seguros del mundo, hasta el punto de que se han eliminado las barreras y los alambrados. Desde luego, todos los que habían doctoreado diciendo que era imposible arreglar el problema pasaron a hablar de otra cosa, sin reconocer que se habían equivocado. Es que lo que habían hecho era demasiado grave: habían convertido la saludable y hermosa pasión por entender, en un recurso para justificar la parálisis. Y unos oscuros funcionarios los habían opacado.

Es triste ver que en Uruguay estamos repitiendo esta historia. Loe que en una época fue una fiesta popular, hoy está definitivamente convertido en una tierra de nadie donde campean las mafias y las tribus urbanas más violentas. Y cuanto más explican quienes debieran actuar, y cuando más respaldo encuentran en supuestos expertos que predican la inmovilidad, más dueños de la escena se sienten nuestros barrabravas y más acobardados se sienten los dirigentes que primero los inventaron y ahora son incapaces de frenarlos.

Frente a un fracaso tan notorio y tan degradante, la única respuesta que se le ocurre al oficialismo consiste en denunciar que quienes lo critican están pidiendo un baño de sangre. Pero, una vez más, esa es una burda maniobra retórica. La experiencia británica muestra que este problema se resuelve con tecnología, con acción policial selectiva y con buenas normas (por ejemplo, las que obligan a los violentos a internarse en una dependencia policial los días que juega su cuadro). Que, a esta altura, el ministro Bonomi no haya impulsado una ley de seguridad en el deporte que dé los instrumentos adecuados es una prueba de que, definitivamente, no es la persona que va a arreglar el problema.

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