Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Non gli mancava il fegato

No le faltaba el hígado”, es la traducción literal de esta expresión italiana que implica coraje, pasión y fuerza, siguiendo a los antiguos y al mito de Prometeo que en ese órgano situaban la sede de tales virtudes. A Betino Craxi (Milán, 1934 - Túnez, 2000) “Non gli mancava il fegato”.

No le faltaba el hígado”, es la traducción literal de esta expresión italiana que implica coraje, pasión y fuerza, siguiendo a los antiguos y al mito de Prometeo que en ese órgano situaban la sede de tales virtudes. A Betino Craxi (Milán, 1934 - Túnez, 2000) “Non gli mancava il fegato”.

Comenzó su militancia en el Partido Socialista Italiano (PSI), junto a su padre, entre los estertores del fascismo y los inicios de la república. Su ascensión fue lenta; no era un tipo fácil. Con el tiempo se sucederían los epítetos: ególatra, brillante, ambicioso y autoritario. Seguramente Craxi los consideraba un halago. En tiempos en los que el PSI utilizaba la hoz y el martillo en su escudo, apenas disimulado por un clavel encima y aun perteneciendo al ala izquierda, Bettino Craxi hizo un voto perenne por la libertad cuando los tanques rusos entraron a Hungría, en 1956. Para él, libertad y socialismo serían una sola cosa: Condenó con firmeza y logró el apoyo económico para los disidentes del Este, militó con convicción contra el aplastamiento soviético de la Primavera de Praga (1968); apenas diez días después del golpe militar de Pinochet en Chile, se fue a Santiago junto a una delegación de la Internacional Socialista, localizaron la tumba de Salvador Allende, compraron doscientos claveles rojos, los carabineros advirtieron: “un paso más o disparamos”. Las flores fueron depositadas donde se debía.

En 1976, cuando el PSI escoraba desde la izquierda al compromiso con el centro democristiano y viceversa, Craxi, fue elegido secretario general. Aunque la vieja guardia socialista apenas le consideraba un secretario de transición, sin embargo en 1983 fue el primer socialista electo como Primer Ministro, con el apoyo de cinco partidos, el pentapartito. Rompió el monopolio de la Democracia Cristiana y colocó a un compañero de partido (Sandro Pertini) en la Presidencia de la República. Dejó afuera a los comunistas, que a pesar de su eurocomunismo no estaban decididos a abandonar el marxismo leninismo. Para Craxi, leninismo y libertad eran incompatibles. Su gobierno sería el más largo estable y exitoso de la república italiana.

Revisó las bases económicas, el sistema impositivo, y modificó el sistema de indexación de salarios. Sus políticas llevaron a Italia a un crecimiento económico sin precedentes, que la hizo entrar al G7, el exclusivo círculo de los países más ricos; también es cierto que multiplicó la deuda nacional. Por otro lado, apoyó una sólida actitud de Italia en la OTAN, se enfrentaría a la URSS apoyando el despliegue en Europa de los misiles estadounidenses SS-20, apoyaría con fuerza a Lech Wałęsa y contemplaría la caída del muro de Berlín, por lo que tanto había luchado. Al mismo tiempo mantendría sus distancias con los EEUU; firmó un nuevo concordato con el Vaticano en 1984. Procuró, y fracasó como tantos hasta hoy, un acuerdo de paz entre Israelíes y palestinos y tuvo una brillante actuación como delegado del presidente de la ONU.

Elegante, alto, calvo, cabezón, de grueso lentes, Craxi vivía durante la semana en el lujoso hotel Raphael de Roma y solía pasear por las noches por Piazza Navona entre las estatuas de Bernini, rodeado de amigos, de sus amantes permanentes o eventuales, célebres o ignotas; lo que solía llamarse “la corte de enanos y bailarinas del rey Bettino”.

Los fines de semana volvía a casa con Anna, su esposa desde 1960: “Mi marido es italiano ¿Qué otro cosa quiere que le diga? Si tiene la ocasión, seguro que no la deja escapar. Pero historias importantes, no. La familia cuenta demasiado para él”.

Todo comenzó a desmoronarse el 7 de febrero de 1992, con el caso Mani Pulite o Tangentopi, el escándalo de sobornos que arrasaría al sistema político italiano.

Al comienzo, Craxi se desentendió del caso y se refirió a Chiessa como un “granuja aislado”. Lo dijo el 29 de abril de 1992 en el parlamento, pero también advirtió de la necesidad de una gran confesión del sistema político.

Al rey Bettino no le faltaban enemigos, desde la izquierda neocomunista hasta el neofascismo. El 30 de abril una multitud agresiva le esperaba en la puerta del Raphael. A las ocho de la noche tenía pactada una entrevista. “Salga por los fondos”, le dijeron. “De ninguna manera”. Los gritos de “Preso”, “suicídate”, llenaron la noche mientras le tiraban monedas: “Agarra también ésta”. “Están tirando rublos, murmuró”.

El escándalo y los arrestos siguieron su curso. Craxi no se inmutó. “Siempre supe del financiamiento ilegal de los partidos, lo sé desde que tenía pantalones cortos.”

El 29 de abril de 1993 se presentó ante el Parlamento. No, “Non gli mancava il fegato”. La mera transcripción de algunas frases hace imposible comprender ese discurso histórico. El lector curioso puede verlo y oírlo en You tube: “El problema del financiamiento de los partidos, mejor dicho, del financiamiento del sistema político en su complejidad, en su degeneración,[…] en su ilegalidad […] viene de tiempos inmemoriales.[…]. No creo que haya nadie en esta sala […] que pueda levantarse y pronunciar un juramento en el sentido contrario de lo que estoy afirmando: tarde o temprano, los hechos se encargarían de declararlo perjuro.” El silencio en la sala es la impresionante confirmación de sus palabras. Obviamente también se refirió al financiamiento soviético para los comunistas: “Todos lo sabíamos pero ninguno hablaba.”

Luego hizo un balance de cómo en esos mismo años, Italia había crecido de manera imponente.

Pero Mani Pulite no se detuvo. En 1994 recibió dos condenas firmes que sumaban casi 10 años de prisión, escapó a la justicia retirándose a su villa tunecina de Hammamet. Allí terminó su vida, sin más compañía que la de Anna, su esposa. Fue el 19 de enero de 2000. Fue enterrado con un clavel rojo en la solapa y un rosario enviado por Juan Pablo II, rodeado de banderas rojas y ninguna italiana, en manos de viejos compañeros socialistas que lo ovacionaron.

“En la época de Craxi”, dice Alessandro Campi, “había una clase política corrupta, pero de valor. Quince años después, ¿qué hay? Legisladores y funcionarios mediocres. Al lado de ellos, Craxi es un gigante.” Hoy, el sistema político italiano sigue hecho trizas, existen 23 partidos con representación parlamentaria. También se multiplican las tesis de doctorado sobre Bettino Craxi y se investigan más de 500.000 documentos relacionados.

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