Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

La muerte de un miliciano

La historia oficial comenzaba así: el 5 de septiembre de 1936 llegó a Cerro Muriano -una localidad andaluza a 12 kms de Córdoba- un grupo de periodistas, entre ellos Robert Capa, un joven fotógrafo húngaro de 22 años; también Gerda Taro, su novia, con la que hacía una célebre dupla. Allí acampa un contingente de milicianos anarquistas.

La historia oficial comenzaba así: el 5 de septiembre de 1936 llegó a Cerro Muriano -una localidad andaluza a 12 kms de Córdoba- un grupo de periodistas, entre ellos Robert Capa, un joven fotógrafo húngaro de 22 años; también Gerda Taro, su novia, con la que hacía una célebre dupla. Allí acampa un contingente de milicianos anarquistas.

Sin novedad en el frente, Capa les propone que posen para ellos. Ni cortos ni perezosos se fotografían alzando sus armas en son de triunfo o desarrollando maniobras de avance en grupo, de asalto de trincheras, tiro, etc.

De pronto a las cinco de la tarde, las tropas franquistas lanzan un ataque sorpresa. Los republicanos se despliegan, los fotógrafos se guarecen; un miliciano pasa junto a Capa, el fotógrafo saca la Leica por encima de su cabeza, casi sin tiempo para enfocar, y capta el instante en que una bala lo lanza hacia atrás con su rifle en la mano.

Muerte de un miliciano es uno de los íconos más significativos de un lenguaje incorporado al imaginario humano durante el siglo XX. Conmovedora e inquietante, la fotografía instantánea transita un peligroso camino ético entre el documento y la obra de arte.

Fue publicada por primera vez en la revista Vu del 23 de septiembre de 1936 junto a otra similar aunque menos conocida. La revista LIFE la difundió por el mundo y Robert Capa se convirtió en celebridad mundial. Durante casi dos décadas sus reportajes trajeron las imágenes de las principales guerras del siglo hasta que murió al pisar una mina en Vietnam, en 1954. Gerda Taro había muerto, también en un accidente, en julio de 1937, durante la batalla de Brunete.

El relato sobre Muerte de un miliciano se mantuvo incambiado hasta 1975 cuando Phillip Knightley publicó La primera víctima, un libro clásico sobre los corresponsales de guerra. Allí recogía el testimonio de un viejo periodista, O.D. Gallagher, según el cual Capa le confirmó la escenificación de “unas maniobras para que las fotografiasen”. Knightley deduce, lógicamente, que el miliciano muerto era una de ellas, apenas una puesta en escena, un fraude.

En cambio, los guardianes de la memoria de Robert Capa, su hermano Cornell y el biógrafo Richard Welham defendieron a capa y espada la autenticidad.

Pasaron veinte años. En 1995, Mario Brotons, que con 14 años había luchado en Cerro Muriano, publicó un libro -Retazos de una época de inquietudes- que no solo abonaba la tesis oficial sino que identificaba al miliciano muerto como Federico Borrell, conocido como Taino, hombre más que valiente, temerario. Todo sin aportar prueba concluyente, basado en intuiciones; una sobrina del Borrell también creyó identificarlo.

Sin embargo, un amigo de Borrell había contado otra historia sobre las circunstancias de su muerte: “Le veo tendido detrás del árbol que le servía de parapeto [...] Aún después de muerto empuñaba su fusil”. Con esta prueba desinteresada puesto que fue publicada a finales de 1937 en una revista anarquista, el miliciano muerto debiera volver al anonimato.

Pero en ese mismo año se encontró en México una valija con cerca de 4.000 negativos de Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour que abarcan de julio de 1936 a la primavera de 1939. En 2007 llegaron al International Center of Photography, fundación creada por Cornell Capa. Una exposición internacional mostró 40 de ellos y allí renacieron los debates al disponer de nuevos elementos para contextualizar la célebre fotografía. Por un lado se confirma la puesta en escena de muchas de ellas; por otro, quizás lo más importante, los expertos descubrieron que el sitio no era el mentado Cerro Muriano, sino la localidad de El Espejo a 50 kms. En junio de 2009 se certificó que la fotografía fue tomada en un camino público que atraviesa una finca privada denominada La loma de las dehesillas. En El Espejo no hubo combates aquel mítico 5 de septiembre: las posiciones franquistas más cercanas estaban a 15 kms. Es más, los sublevados llegaron al lugar el mismo día en el que se publicaba la foto en Vu y veinte desde que los fotógrafos se habían ido.

Por si fuera poco, el combate no fue un simple tiroteo, sino un asalto sangriento, con bombardeos por tierra y aire, sin que los tercios marroquíes tomaran prisioneros y con ejecuciones incluso de los reclutas rendidos. Murieron centenares de republicanos.

El último golpe a la leyenda del Miliciano muerto, lo dieron dos fervientes admiradores de Robert Capa: Hugo Doménech y Raúl M. Riebenbauer que dedicaron dos largos años a investigar el caso. Cornell Capa y Robert Whelan interpusieron todos los obstáculos imaginables para frenar la investigación. De todos modos, en 2007 estrenaron su documental La sombra del iceberg, donde se constatan las tesis cuestionadoras ya expuestas y se agregan nuevas.

Fernando Verdú, jefe del Departamento de Medicina de la Universidad de Valencia proporciona alguno de los testimonios más concluyentes: comparando las fotos de Borrell y el miliciano, es concluyente que no se trata de la misma persona. Asimismo “El miliciano solo podría caer como cae en la foto si le hubieran disparado con un arma de gran calibre, equivalente a una Magnum, y desde muy cerca. Si hubiera sido así, se vería el impacto frontal”, concluye.

Si bien hay unos pocos que aún se aferran a la leyenda, el debate ha cambiado: ¿qué consecuencias éticas y artísticas se derivan de estas premisas? En este caso se enfrentan quienes sostienen que por encima de todo lo que importa es su valor político y simbólico y los que piensan que estamos frente a un fraude, puesto que es imprescindible que el evento fuera real.

Dos importantes fotógrafos españoles ilustran las tesis. Joan Fontcuberta (Barcelona, 1955) dice: “Me parece la mejor foto de Capa, porque es la fotografía más falsa. […] Ha demostrado que no hay una frontera nítida entre la información y la propaganda, entre la ficción y el testimonio. Es el ejemplo perfecto del terreno pantanoso en el que se mueve la imagen, porque nace de una voluntad de relato más que un reflejo de la verdad”.

En cambio José Manuel Navia, (Madrid, 1957) no perdona la “«mentira», porque engaña los códigos y rompe un pacto con el lector y un pacto consigo mismo”.

Aun tentado de inmiscuirme, dejo al estimado lector, la tarea de sacar sus conclusiones.

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