Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

No hay “granuja” aislado

Son las 17.30 del 7 de febrero de 1992, cae la noche en Milán. Luca Magni, dueño de una empresa de limpieza, llega a la oficina de Mario Chiesa, miembro del Partido Socialista italiano y seguro candidato a la alcaldía. Tal como habían convenido, le entrega 7 millones de liras, el 5% del valor de un contrato prometido. Una vez cumplidas las formalidades le daría el restante 5%.

Son las 17.30 del 7 de febrero de 1992, cae la noche en Milán. Luca Magni, dueño de una empresa de limpieza, llega a la oficina de Mario Chiesa, miembro del Partido Socialista italiano y seguro candidato a la alcaldía. Tal como habían convenido, le entrega 7 millones de liras, el 5% del valor de un contrato prometido. Una vez cumplidas las formalidades le daría el restante 5%.

Chiesa ignoraba que Magni -según él- cansado de pagar sobornos, traía un micrófono y una cámara ocultas. Apenas Chiesa guardó la coima en su escritorio, el fiscal Antonio Di Pietro y un grupo de policías irrumpieron en la oficina. Lo que sigue es un paso de comedia. El político manoteó del cajón 37 millones de liras, se encerró en el cuarto de baño y se dedicó a la ímproba tarea de tirar la plata por el inodoro.

Se iniciaba el caso Tangentopoli (la ciudad de las coimas), más conocido como Mani Pulite (Manos limpias). La expresión, por algo sería, había irrumpido con fuerza en el habla política italiana, unos años antes.

Italia fue uno de los países derrotados en la II Guerra; a veces se suele olvidar. Perdió territorio, hubo de pagar reparaciones de guerra a Grecia, Yugoslavia y la Unión Soviética y quedó arruinada.

Entonces el voto popular abolió la monarquía y la sustituyó por una república parlamentaria sostenida por tres partidos que asumieron la tarea de la reconstrucción: la Democracia Cristiana (DC), el Partido Socialista Italiano (PSI) y el Partido Comunista Italiano (PCI). La Democracia Cristiana, gobernó el país casi durante cuatro décadas. Su líder Alcide De Gasperi, dirigió ocho gobiernos sucesivos, desde 1945 a 1953 (falleció en 1954) que pusieron de pie al país. Al mismo tiempo, junto a Robert Schuman y Konrad Adenauer sentó las bases de una nueva Europa.

País siempre difícil de gobernar, la prosperidad de los 60 dio paso a las grandes crisis de los 70 (anni di piombo), con gobiernos que duraban, a veces días, la irrupción de la violencia mafiosa y política, que llegó a su apogeo con el asesinato de Aldo Moro, (9 de mayo de 1978). La estabilidad se logra a partir de 1980 mediante un acuerdo de gobierno conocido como el pentapartito, integrado por la Democracia Cristiana, los socialistas y tres partidos menores. El socialista Bettino Craxi y el democristiano Giulio Andreotti son las figuras dominantes del periodo.

El escándalo Mani Pulite, en un principio, apenas los conmovió. Craxi, que gobernaba desde 1983, se presentó como una víctima de la procuraduría de Milán, “según un preciso plan político” en plena campaña electoral:

“En esta historia, por desgracia, una de las víctimas soy yo mismo. Mientras trato de crear las condiciones para que el país tenga un gobierno en años difíciles, se me cruza un granuja aislado…” Las elecciones de abril de 1992 fueron solo un pequeño sacudón para los grandes partidos.

La investigación continuaba y Craxi había cometido su primer error, el mismo en el que caerían los demás partidos implicados: sacrificar cuadros medios como Chiesa. Pero el “granuja aislado”, reveló como las coimas se habían convertido en una especie de tasa, subyacente a la gran mayoría de los contratos del Estado y cuyos fondos financiaban a la inmensa mayoría de los partidos. Lo mismo hicieron los siguientes políticos acusados. Así, la lista de empresarios y políticos detenidos aumentaba día a día y el Maní Pulite oscilaba entre la comedia al drama.

Cuando dos carabineros se presentaron en la casa de un dirigente socialista, éste comenzó a confesar todos sus delitos. En realidad venían solo a entregarle una multa de tránsito.

En el extremo opuesto, ante el honor perdido, se suicidaron el secretario del PS, Renato Amorese, el empresario de la construcción Mario Majocchi y el diputado socialista Sergio Moroni.

Mientras, Craxi retomó la iniciativa mediante un discurso histórico ante el Parlamento: “Debo decir algo que, por otra parte, todos saben: buena parte del financiamiento político es irregular o ilegal. [.] Si este hecho debiera ser considerado materia puramente criminal, entonces gran parte del sistema sería un sistema criminal.” Aunque, como dicen varios políticos uruguayos hoy, “nadie se había metido un peso en el bolsillo”, la Tangentopoli hacía pagar al ciudadano precios dos, tres, cuatro o más veces que otros países europeos por las obras públicas y proyectos innecesarios o inventados sólo para producir márgenes de sobornos.

Las paredes se llenaron de grafittis: “Di Pietro haznos soñar” o “Di Pietro no perdona”, “ Di Pietro, aguanta”. El Fiscal se convirtió en la estrella del país.

Mani Pulite sentó en el banquillo a más de 4.000 empresarios y y a una cuarta parte de los 956 diputados y senadores.

“Cayeron los poderosos. Dejaron de ser todopoderosos”, publicó la agencia AFP el 28 de diciembre de 1993. Bettino Craxi huyó a Túnez, Giulio Andreotti, siete veces primer ministro democristiano, abandonó la política; todos los demás líderes del Pentapartito dimitieron. Los grandes partidos desaparecieron. El otrora poderoso sistema político italiano se había derrumbado.

Tangentopoli fue devastadora para la economía italiana. En 1980 la deuda pública con respecto al PIB era del 60%. En 1992 pasó al 118% merced al sobrecosto del estado.

En este punto, el autor debiera exponer, con prudencia, una cierta moraleja, pero apenas nada ha cambiado. Los italianos eligieron al magnate Silvio Berlusconi que estaba lejos de ser ajeno a la Tangentopoli. Luego alternaría con coaliciones de izquierda.

Aunque muchos fueron los condenados, pocos políticos terminaron en la cárcel, ya fuera por la prescripción de sus delitos o las leyes de amnistía de Berlusconi. Muchos volvieron al Parlamento. Los escándalos continuaron.

Francesco Greco, uno de los antiguos fiscales de Maní Pulite, ha sentenciado que “antes, […] hasta el empresario más potente tenía que pagar una comisión [para los partidos]. Hoy el dinero [de la corrupción] se mueve sobre todo para el enriquecimiento personal.” La deuda pública sigue siendo un indicador. En 2016 alcanzó el 135,50% del PIB de Italia. Los políticos primero se escandalizan y después miran para otro lado. Así resulta difícil acercar a los descreídos a la virtuosa condición de administrar los bienes comunes. Por lo tanto, donde no haya ciudadanos, habrá demagogos, oportunistas o fanáticos extremistas.

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