Luciano Álvarez
Luciano Álvarez

Apuntes sobre el galileo

En el Uruguay es un viejo entretenimiento gratuito ningunear y agraviar a los católicos. Parecía olvidado, pero este año se puso de moda.

En el Uruguay es un viejo entretenimiento gratuito ningunear y agraviar a los católicos. Parecía olvidado, pero este año se puso de moda.

Soy un católico lleno de dudas, con inclinaciones ecuménicas judeo cristianas; la Biblia me conmueve y me gustan los estudios sobre el Jesús histórico y su tiempo. Antonio Machado escribió: “¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo la mar!”. Yo no prefiero ni el uno ni el otro, sino al que anduvo por los caminos de Galilea, entre pescadores y labradores, fariseos intelectuales, santas mujeres y de las descarriadas, dialogando y enseñando a todos, mediante hermosos cuentos, que llamamos parábolas.

Precisamente, los evangelios cuentan que las compañías de Jesús no parecían adecuadas para la gente de bien: “Este es un hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores”. (Lucas 7:34).

“Pero Jesús no ha venido a acomodarse solo entre los justos y ser un santón, sino a llamar a los pecadores al arrepentimiento”. (Lucas 5:32). Esta idea está expresada en tres parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo.

Aquel hombre que recorría a pie el pequeño territorio de Galilea amaba sencillamente a la gente y era profundamente misericordioso.

Uno de los pasajes más conmovedores es la historia de la mujer adúltera (Evangelio de Juan, cap. 8).

Jesús estaba predicando cuando le trajeron a una “una mujer sorprendida en adulterio; y poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de adulterio. Y en la ley nos mandó Moisés apedrear a tales mujeres. Tú, pues, ¿qué dices? […]. Pero Jesús, inclinado hacia el suelo, escribía en tierra con el dedo. Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: El que de ustedes esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella. E inclinándose de nuevo hacia el suelo, siguió escribiendo en tierra. Pero ellos, al oír esto, acusados por su conciencia, fueron yéndose uno a uno, comenzando por los ancianos; y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en medio. Enderezándose Jesús, y no viendo a nadie sino a la mujer, le dijo: Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó? Ella dijo: Ninguno, Señor. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más”.

Los análisis eruditos señalan que Jesús no se arrogó el derecho de violar la ley puesto que hay al menos tres argumentos legales que impedían lo que era un linchamiento.

Resulta muy interesante saber que muchas de las versiones de los evangelios que circulaban en los primeros siglos de nuestra era habían quitado este capítulo. San Agustín comenta, no sin ironía: “Ciertas personas de poca fe, o más bien enemigos de la verdadera fe, por temor, supongo, que a sus esposas se les deba dar la impunidad en el pecado, removieron de sus manuscritos la Ley del Señor del perdón a la adúltera”.

En esta historia como todo a lo largo de los evangelios se afirman dos conceptos magníficos: por un lado, el galileo no ha venido a abolir la ley de sus mayores: “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir”. (Mateo 5:17). Pero la ley está hecha para ordenar felizmente la vida humana y no para esclavizarla. Esto se explica claramente en Marcos 2:27 cuando Jesús dice que “El sábado (el reposo) se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.

“¿A quién de vosotros se le cae un hijo o un buey a un pozo en día de sábado y no lo saca al momento?» Y no pudieron replicar a esto. (Lucas 14, 5-6).

La vida humana es el centro de la religión, no el rito. También en esta cuestión Jesús se remite a la ley de los profetas. Dice Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificios”.

Los asuntos que han sido evocados polémicamente en estos días -laicidad y laicismo- encuentran respuesta en los evangelios.

Jesús es sometido constantemente a pruebas dialécticas y aparentes dilemas. Mateo (22) cuenta que se le pregunta: “¿Es o no es lícito pagar tributo al César? […]. A lo cual Jesús, conociendo su malicia, respondió: Enseñadme la moneda con que se paga el tributo. Y ellos le mostraron un denario. Y Jesús les dijo: ¿De quién es esta imagen y esta inscripción? Le responden: del César. Entonces les replicó: Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Con esta respuesta quedaron admirados, y dejándole, se fueron”.

La pregunta era un dilema político, ya no religioso: si dijera que no se debía pagar el impuesto al César, lo acusarían ante Poncio Pilatos como sedicioso contra el poder de Roma. Si dijese que se debía pagar el impuesto, estaría rechazando el carácter teocrático del pueblo de Israel. Este es el centro de la verdadera laicidad. De hecho cuando la Iglesia Católica se unió al Estado, las cuestiones teológicas se convirtieron en políticas, se gestaron dos milenios de guerras donde la ortodoxia o la heterodoxia era apenas un pretexto para dirimir el poder terrenal. Ninguna religión hasta hoy está libre de caer en este proceso que termina en la negación de las virtudes predicadas por aquel caminante de Galilea.

Por otro lado, el cristianismo, en todas sus familias, es una religión abierta, testimonial, no en vano sus libros se llaman “evangelios” (buena noticia) y así lo explicitan: “Nadie enciende una lámpara y la cubre con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz”. (Lucas 8, 16-17) “Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos”. (Mateo 5:16).

No otra cosa propone, sistemáticamente, el cardenal Sturla. ¿Qué mal hay en ello? Parecería que para unos cuantos uruguayos sí lo hay. La socióloga Adriana Marrero los representa de manera radical; escribió: “En la facultad de humanidades, tuve que exigirle a cuatro estudiantes, que se sacaran sus enormes cruces de madera, o que las escondieran debajo del buzo. […] Están sí, están al alpiste. A la primera de cambio, zas!”. Ojalá todos los alumnos de esta profesora se decidan a llevar un signo distintivo de buenas nuevas e identidad espiritual.

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