Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Ridículo mundial

Anoche se resolvió habilitar la Tribuna Olímpica. Lo natural de esa tardía decisión no borra las anormalidades que denuncia esta nota, escrita a primera hora de ayer.

Anoche se resolvió habilitar la Tribuna Olímpica. Lo natural de esa tardía decisión no borra las anormalidades que denuncia esta nota, escrita a primera hora de ayer.

El domingo, Peñarol y Nacional con la Olímpica vacía. Símbolo de la convivencia popular, el espacio mayor del Centenario no se abrirá porque el Ministerio -tozudo en su omisión- volvió a denegar la custodia policial en las tribunas y porque AUF, CAFO y los clubes rechazaron las alternativas que les ofrecieron los conducidos por Bonomi.

Conocida la decisión, un singular comunicado ministerial estampó: “es opinión de esta Secretaría de Estado que los organizadores optaron por la peor solución”. Y menudean los reproches de ida y vuelta. Pero cualesquiera sean las razones aducidas, el resultado nos humilla, al retratarnos como campeones mundiales de la impotencia y la intolerancia.

Soportaremos un nuevo insulto al Uruguay liberal que llevamos inscripto en el alma. Documentaremos que ya no sabemos convivir, que nos tenemos miedo, que odios minoritarios y barras delictivas pueden más que la ley y la moral pública.

Desde la Constitución de 1830, el último domingo de noviembre es día de elecciones. Fijada hasta por el clima, florecida en jacarandá, esa fecha nos sella a todos para ir juntos y en paz a zanjar en votos las diferencias que nos separan. Pues bien. Agregando una vergüenza más a esta etapa de bajezas que todo lo embadurnan, el último domingo de noviembre de 2016 desde el Monumento Mundial del Fútbol patentizaremos ante nosotros mismos el grado de miseria colectiva en que estamos sumidos: con el derecho de los más abroquelándose contra el temor oficializado, mientras la virulencia de los menos infecta y estraga todo.

Ante este cuadro hay que dejar la comodidad del silencio y las engañifas de protección -rejas, privatización de la seguridad- y hay que combatir la causa primera que desencadena la intolerancia en el fútbol, el crimen en la calle y el fracaso en la formación de vastos sectores de las nuevas generaciones. Esa causa es la incultura.

Derrotarla requiere mucho más que planes educativos. Hace falta que en todos los hogares, talleres, oficinas y medios de comunicación se devuelva a la cultura -sentimientos, reflexión- el lugar rector que le corresponde, sepultando el sueño de mejorar las costumbres por el mero crecimiento económico.

Con distintos lenguajes y diversas propagandas, esa utopía la proclamaron los desarrollismos de todos los pelajes, pero fracasó ruidosamente su confianza en que el avance o la distribución del PBI iban a levantar por sí solos a la criatura humana.

La cultura se nos cayó en el estadio y en todas las áreas de trabajo, incluso las universitarias, por dejar la militancia cultural, callar mínimos básicos e idolatrar las pulsiones primarias, el conflicto y la irracionalidad.

Olvidamos que la descalificación y la palabrota no son argumentos ni armas sino límites a la capacidad de comprender, que, al exacerbar la brutalidad, impiden que el Derecho progrese por creación normativa desde la única fuente de esperanza que tiene la criatura humana: la reflexión permanente, llamada a despegarla de las tinieblas y a elevarla espiritualmente hacia la filosofía.

Por todo eso, en la Olímpica vacía de este país que fue ejemplo, deberán resonarnos como una admonición a todos las palabras de Kant: “Sólo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él”.

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