Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Fabricando zombis

El Presidente de la República y sus ministros firmaron un decreto que instauró una batería de medidas contra la violencia en el fútbol.

El Presidente de la República y sus ministros firmaron un decreto que instauró una batería de medidas contra la violencia en el fútbol.

Esa respuesta al bochorno que obligó a suspender el clásico del domingo 27 de noviembre prueba que, en pleno, el Poder Ejecutivo no cree que el operativo policial de esa jornada haya sido el “éxito” que proclamó ufano el ministro Bonomi.

Igual que en los equipos ganadores, con “éxito” nadie habría cambiado nada.

Si, en vez, desde el máximo podio presidencial se impulsan 33 reglas nuevas, se está reconociendo haber llegado al colmo del fracaso con lo actuado hasta la fecha del bochorno-bisagra que nos quedó indeleble a todos.

Con el alma abofeteada por los horrores de Alepo y con Montevideo cundida de basura, con el Uruguay clamando contra los barrabravas y sus proxenetas, el decreto pasó sin pena el examen de una desvitalizada conferencia de prensa. Más dudoso es que pudiese haber aprobado un examen de constitucionalidad: ¿o acaso no se bocharía a un alumno de primer año de Derecho Constitucional -ahora le llaman “Público”- que afirmare que por decreto -y no por ley, como manda nuestra Carta Magna- puede limitarse una libertad -en el caso, la de vender entradas para el estadio?

Si ir a los partidos importantes va a estar más controlado que entrar al Compen, quiere decir que se erró en la formación de consciencia, en la vigilancia de las asociaciones civiles sin fines de lucro que son los clubes de fútbol, y en la identificación de 300 o 400 patoteros, sus instigadores y sus “souteneurs”.

Es por haber dejado crecer la maleza que hoy se apuesta a darle disciplina carcelaria a los campos de juego y a sus alrededores, entremetiendo contralores que son ofensivos para esa inmensa mayoría de ciudadanos honorables que van al fútbol. Empecinamientos como el de retirar la custodia policial de las tribunas habilitaron que se rivalizara por drogas hasta en los mingitorios del Centenario. Por no haber obrado a tiempo con pulso firme, ahora se grava a los aficionados con sospechas y registros propios de un pueblo que va perdiendo su espontaneidad.

Así como la cirugía corta y saca lo que la medicina no curó, los controles fuertes y los castigos severos se necesitan allí donde la educación fracasó en inspirar conductas libres, alegres, enderezadas al prójimo y al bien común. Olvidando que la sanción y la fuerza son recursos finales -clásicamente llamados “última ratio”- ni siquiera se intentó ni se anuncia un esfuerzo reeducador.

Y así andamos. En Abitab y Redpagos se comprará las entradas futboleras con cédula y trazabilidad. A los automovilistas se les mete miedo con cero alcohol, cámaras omnipresentes y multas disparatadas. A pretexto de seguridad, se suprime la libertad ambulatoria que honró siempre a nuestros edificios públicos. Con esa seguidilla, distraídamente estamos certificando un fracaso cultural y sucumbiendo ante el brazo en alto de una autoridad cuyos pretextos ideológicos importan mucho menos que el barranca abajo en la sensibilidad y el avasallamiento de la persona que desencadena todo poder que amenaza pero no inspira.

Si esa caída sigue y se cruza con la actual abulia política, nos convertiremos en una impresentable fábrica de perritos de Pavlov o de zombis.

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