Leonardo Guzmán
Leonardo Guzmán

Extrañando a Jorge Batlle

El martes 24 se cumplirán tres meses de la muerte de Jorge Batlle Ibáñez.

El martes 24 se cumplirán tres meses de la muerte de Jorge Batlle Ibáñez.

Por sangre, nombre y vocación fue hombre de partido y como tal protagonizó enfrentamientos y desgarrones. Pero desbordó los moldes y los encasillamientos. Y murió sin más cargo que su mismidad de hombre libre, interlocutor de todos.

Desde que se conoció su fulmínea caída en Tacuarembó y tras su partida final, se evocaron los golpes de timón con que reformuló sus convicciones batllistas, al ponerse al frente de la ola anticolegialista de 1966 o al plantear empujes económicos liberales para limitar los excesos del dirigismo estatista. Se lo evocó preso en caserna militar, fundido y proscripto. Se rememoraron sus luchas, sus sinsabores, sus derrotas. Pero por sobre todo, se repasaron los momentos estelares de su gestión como Presidente con pulso de hombre de Estado, capaz de rechazar el default reclamado por el FMI y de armar camino propio para entregar honrosamente el poder con el país en paz y crecimiento.

El Presidente Jorge Batlle no tuvo en su intimidad ningún ladero empresario ni se hizo acompañar en la Vicepresidencia por la personificación del déficit. Las comparaciones con todo lo que vino después lo agigantan, pues. Y sin embargo, lo que de él estamos extrañando no es el gobernante que cesó hace 12 años sino el hombre de carne y hueso que sentía, pensaba y sembraba. El estudioso que tenía todos los datos y los organizaba con enfoque propio, sin vademécum. El pensador espontáneo, cuyo fluir crítico suscitaba discrepancias -todos tuvimos alguna- pero en quien se reconocía la intrepidez de su autenticidad.

En realidad, lo que extrañamos en Jorge no es el líder mesiánico que nunca fue sino el modelo ciudadano que él encarnó y que necesitamos revivir y multiplicar, para volver a llenar la plaza pública con convicciones razonadas que, defendidas en diálogo socrático, nos conviertan otra vez en una República con pensamiento propio y fuerte.

Hace falta todo lo contrario del individuo sin vibración, callado, yerto, que, sin más programa que hacerse funcional a lo que venga, pasa indiferente ante la caída del prójimo y el desbarranque del Derecho, sin enterarse de que su abulia lo recorta a él mismo.

Como Presidente, Jorge ejerció pleno señorío por encima de las desgracias que le tocó enfrentar. Pues bien. Como ciudadano siguió ejerciendo ese mismo señorío para cimentar, hablándole igual al micrófono abierto para muchos que al estudiante a quien había que alentarle los sueños en soledad.

Con base principista y conciencia institucional, discurría por encima de los intereses, como corresponde para que el país no viva en pulseada perpetua y el conflicto no le gane al Derecho, descuartizando a la República.

Liberal de espíritu, ni se identificó con una clase social ni se hundió en el relativismo. Afirmaba principios y creía en la búsqueda conjunta de la verdad. Sin más distinción que la surgida de los talentos y las virtudes -como muy bien manda la Constitución-, supo darle la razón al que la tenía.

Calles y caminos lo recuerdan transitando con la sencillez de su grandeza. Y grandeza es lo que exige esta hora para salir del revoltijo cultural y la decadencia moral en que nos han sumido los yerros vernáculos.

Por eso, a este Batlle que recién se nos fue más que extrañarlo debemos entrañarlo.

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