Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Mala moneda

La ley de Gresham fue propuesta por un financista y comerciante inglés del siglo XVI, quien observó que cuando en el mismo país circulaban dos tipos de moneda, una de las cuales era considerada como “buena” (por ejemplo las monedas de oro o de plata), y la otra “mala” (usualmente las monedas de cobre), la moneda mala siempre desplazaba a la buena.

La ley de Gresham fue propuesta por un financista y comerciante inglés del siglo XVI, quien observó que cuando en el mismo país circulaban dos tipos de moneda, una de las cuales era considerada como “buena” (por ejemplo las monedas de oro o de plata), y la otra “mala” (usualmente las monedas de cobre), la moneda mala siempre desplazaba a la buena.

A primera vista este proceso puede parecer poco racional. Pero tiene su explicación: las personas tenderán a atesorar la moneda más valiosa y buscarán deshacerse de la menos valiosa.

Es tentador extender esa idea, ahora como una metáfora, a las relaciones exteriores de los Estados.

La mala moneda de nuestra época son la demagogia, las mentiras (o, peor aún, las medias verdades), el desprecio por el Derecho Internacional y la proliferación de los discursos elementales que buscan exacerbar los instintos más primitivos latentes en las sociedades. En nuestra época, la máxima expresión de la moneda de baja calidad es el populismo.

Nuestro país no ha sido inmune a ese proceso de sustitución de sanos valores y principios por mala moneda. Basta recordar las declaraciones de “como te digo una cosa te digo la otra” o “la política está por encima del Derecho”. En el caso del Mercosur el ejemplo máximo es el episodio de la suspensión del Paraguay del Mercosur. Una lamentable maniobra política para conseguir que Venezuela entrase por la ventana al Tratado de Asunción, ya que no podía hacerlo por la puerta grande. Es irónico que la ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela haya anunciado hace unos días -como una gran novedad- que si los otros cuatro socios fundadores del Mercosur le cerraban la puerta, “como lo ha dicho el presidente Maduro, entraremos por la ventana”. Bastante experiencia tienen en esa materia.

El Uruguay es un país relativamente pequeño, en términos de población, recursos naturales, tamaño de la economía y capacidad militar. Incluso, los resultados de las pruebas PISA 2016 revelan que somos una sociedad que elige quedar estancada en un mundo dinámico.

Como sucede con la mayoría de los Estados miembros de la comunidad internacional, nuestra principal -o única- defensa es el apego estricto al Derecho Internacional, el protocolo diplomático (aunque a veces nos parezca absurdo o anticuado), las elementales reglas de urbanidad y la buena educación. Estas reglas de conducta, de diferentes tipos, son límites que la evolución de la sociedad internacional ha impuesto a la conducta de los Estados. Es en nuestro interés defender esos límites al ejercicio arbitrario del poder porque ellos son nuestra única defensa ante la prepotencia y los desbordes de los más poderosos.

El canciller uruguayo Nin Novoa, dijo que la lamentable conducta de su par venezolano en Buenos Aires era un “acto grave” que podría afectar las relaciones entre Argentina y Venezuela.

Eso apenas sería una parte del problema.

Los frívolos desplantes de la canciller venezolana atacan principios elementales de la convivencia entre países civilizados y deterioran el ya amenazado sistema de las relaciones internacionales en nuestra región. Es necesario evitar que la difusión de esta mala moneda desplace los valores esenciales de los que depende nuestra seguridad y futuro.

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