Juan Oribe Stemmer
Juan Oribe Stemmer

Bosques y ferrocarriles

La instalación de plantas para la producción de celulosa en nuestro país es una conclusión lógica y previsible del desarrollo de la forestación. La segunda Ley Forestal (la primera es del año 1968), aprobada en 1987, declaró “de interés nacional la defensa, el mejoramiento, la ampliación, la creación de los recursos forestales, el desarrollo de las industrias forestales y, en general, de la economía forestal”.

La instalación de plantas para la producción de celulosa en nuestro país es una conclusión lógica y previsible del desarrollo de la forestación. La segunda Ley Forestal (la primera es del año 1968), aprobada en 1987, declaró “de interés nacional la defensa, el mejoramiento, la ampliación, la creación de los recursos forestales, el desarrollo de las industrias forestales y, en general, de la economía forestal”.

Esta estrategia ha sido apoyada e impulsada por sucesivos gobiernos, con importantes beneficios para toda la economía nacional.

La industria forestal abarca mucho más que la plantación de los montes. En la actualidad el sector incluye varias cadenas industriales. Una de las más importantes es la cadena de la celulosa. En los últimos años nuestro país ha pasado de exportar rolos, a producir chips y, finalmente, a producir y exportar celulosa. Ya existen dos modernas plantas dedicadas a esta producción, las dos ubicadas sobre el río Uruguay.

El desarrollo del sector forestal, a partir de la ley de 1987, era algo previsible. Siempre estuvo claro que se trataba de emprendimientos orientados a la exportación. En los años siguientes a la aprobación de la Ley Forestal se cristalizaron proyectos privados y se produjo un aumento de la producción forestal. Estos acontecimientos definieron tendencias de desarrollo perfectamente conocidas, mensurables, y que debieron haber suministrado lineamientos para que el Estado pusiera su parte e invirtiera en los proyectos de caminos, carreteras, puentes, ferrocarril, puertos y vías navegables.

Desde la época de Adam Smith existe un consenso respecto de que una de las funciones esenciales del Estado es, precisamente, realizar ese tipo de obras.

Las dos plantas de producción de celulosa actuales están ubicadas sobre el río Uruguay (una en Fray Bentos y la otra en Punta Pereira). Esta circunstancia les ha permitido a las empresas exportar su producción por la vía fluvial.

Ahora, UPM avanza en un nuevo proyecto (la planta más grande de esta compañía en el mundo) que será ubicado en el centro de nuestro país, a poca distancia de Paso de los Toros.

Aquí es determinante un factor ausente en el caso de las dos plantas en funcionamiento: es imprescindible comunicar por vía terrestre a la fábrica con un punto de embarque de la celulosa en los buques. Como resultado del volumen de producción de la futura instalación y las características de la celulosa, el medio de transporte terrestre ideal para ese propósito es el ferrocarril. Este debería conectar en forma económica y confiable el depósito en la planta con el muelle del puerto, al costado del buque.

Pero los uruguayos hemos optado, con una persistencia digna de mejor causa, por abandonar el ferrocarril. Un error porque este es el medio de transporte terrestre ideal para las cargas voluminosas, de menor valor relativo, para el transporte a distancias medias o mayores. También es el que tiene menos impacto ambiental. El Uruguay malgastó la riqueza acumulada durante una de las décadas de mayor auge económico en mucho tiempo, en lugar de invertir ese ingreso adicional en las obras públicas imprescindibles -como el ferrocarril-, para conseguir que ese desarrollo fuese sustentable en el largo plazo.

Pero las dificultades que ven los inversores no son solo estas, sino que les asusta el clima laboral.

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