Juan Martín Posadas
Juan Martín Posadas

Mutaciones calladas (IV)

En este país, en el cual subsisten tantos motivos para creer que nada cambia, importantes transformaciones se van verificando en ancas de los movimientos poblacionales. A los cambios y transformaciones expuestos en los artículos anteriores hay que agregar uno más: la emigración.

En este país, en el cual subsisten tantos motivos para creer que nada cambia, importantes transformaciones se van verificando en ancas de los movimientos poblacionales. A los cambios y transformaciones expuestos en los artículos anteriores hay que agregar uno más: la emigración.

El fenómeno de la emigración es habitualmente tratado por el periodismo y está en la opinión pública, es decir, no es un asunto desconocido o ausente. Pero el abordaje con el que se lo maneja es predominantemente ideológico o de intencionalidad política. La emigración se suele vincular con períodos de penuria económica o de persecución (o desilusión) política. Es decir, se hace mención del asunto como munición gruesa para criticar al gobierno o al partido político que estuvo al frente del país en tal o cual período.

El resultado de este enfoque es que, además de darle al problema un status subalterno, se da a entender que la emigración ha sido un fenómeno ocasional y esporádico, lo cual es un error conceptual y de facto. El primer estudio que conozco, con base estadística y aparato científico, que demuestra que el Uruguay es, desde hace mucho tiempo, un país de emigración, se debe a César Aguiar y fue publicado hace ya más de cuarenta años.

La disposición a emigrar está y ha estado como a flor de piel en la sociedad uruguaya; la emigración llevada a cabo, puesta en práctica, ha sido una constante desde tiempos muy antiguos. Esa posibilidad estuvo siempre presente en la cabeza de los uruguayos como una opción válida.

Existe una arraigada y antigua tendencia en esta tierra -es lo que demostró el estudio de César Aguiar- a considerar el abandono del país como una forma aceptable y hasta corriente de enfrentar situaciones de dificultad o como modo de realización personal. La búsqueda de nuevos horizontes en otros países es, además, una opción ejercida desde todos los niveles económicos y todos los niveles de educación.

Este fenómeno, antiguo y actual, tiene consecuencias: algunas reconocidas en el discurso cotidiano y otras consecuencias inéditas. Por ejemplo que empiece a registrarse un factor de variación en la composición del ingreso de muchas familias producto de las remesas mensuales que envían a sus parientes aquellos uruguayos que se han instalado en el extranjero. El trueque de habitantes por ingreso -que algún despistado quizás vea con benevolencia- es una verdadera calamidad.

Esta serie de artículos quedaría incompleta sin una mención final a otra decisión de los uruguayos (decisión individual y personalísima pero que genera consecuencias generales en la sociedad). Me refiero a lo que ya es casi un rasgo cultural nuestro: la decisión de multiplicarse poco. El índice de natalidad entre nosotros ha sido constantemente bajo: es de antes y es de ahora. Dentro de no muchos años -y se trata, otra vez, de una cuestión aritmética- las bajas en las estadísticas de población pasarán a ser mayores que los ingresos. Todo indica que la población que ahora apenas crece dejará de crecer y quizás en unos años más empiece a disminuir.

Ciertos movimientos y comportamientos estrictamente individuales y privados han acarreado grandes transformaciones. Poco se habla de ellas (y menos se piensa), pero allí están, se las tome en cuenta o no.

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