José Miguel Vivanco
José Miguel Vivanco

Leopoldo López: el rehén de Maduro

Se cumplieron mil días desde que el líder opositor Leopoldo López se entregó a las autoridades judiciales venezolanas. Fue sometido a un proceso penal plagado de vicios y evidentes motivaciones políticas, y luego condenado a casi 14 años de prisión, sobre la base de acusaciones fabricadas.

Se cumplieron mil días desde que el líder opositor Leopoldo López se entregó a las autoridades judiciales venezolanas. Fue sometido a un proceso penal plagado de vicios y evidentes motivaciones políticas, y luego condenado a casi 14 años de prisión, sobre la base de acusaciones fabricadas.

López y su familia están sufriendo una infinidad de humillaciones e increíbles abusos. Maduro parece obsesionado no sólo con aislar a López de sus compatriotas y del mundo exterior, sino también con quebrarlo.

López está en un edificio independiente del resto de los reclusos. Cuando lo autorizan a dejar su celda, puede salir a un patio exterior donde no tiene contacto con nadie; está solo. En las raras ocasiones en que le permiten jugar básquetbol, lo hace con guardias, con quienes no se le permite hablar. Durante los primeros meses de su detención se le permitía hablar con un cura, pero ya desde el 2015 no puede hacerlo. A veces puede asistir a misa, pero no puede hablar con los demás reclusos presentes.

Todo lo que López lee y ve es controlado por sus guardias. De forma arbitraria, los guardias le han prohibido leer libros de poesía e historia, cualquier material en inglés y publicaciones que van desde The Economist hasta una revista sobre deporte. Le permiten mirar televisión unas pocas horas en una celda contigua a la suya donde se ven canales con contenidos pro gobierno o películas seleccionadas por los guardias.

Sus abogados tienen absolutamente prohibido entrar a la prisión con documentos jurídicos. Hace meses que a López se le ha prohibido también tener lápiz y papel en su celda, lo cual significa que no puede escribir sobre sus ideas o sentimientos, ni sobre argumentos que le puedan servir en su defensa. No se le permite llamar por teléfono a su familia desde hace tres semanas. Cuando podía hacerlo, invariablemente le cortaban la llamada si consideraban que hablaba de “política”.

En varias ocasiones, hombres encapuchados ingresaron violentamente en la celda de López. En una de ellas, le confiscaron su Biblia por la fuerza. En otra, le arrebataron dibujos realizados por sus dos hijos. Cuando los abogados de López presentaron recursos judiciales a raíz de estos abusos -o, por ejemplo, después de que le lanzaran excremento al interior de su celda por la ventana-, los tribunales los desecharon automáticamente.

Con frecuencia, las autoridades carcelarias prohíben las visitas a las que tienen derecho su familia y sus abogados. Recientemente, le prohibieron las visitas durante varios días, luego de que él cuestionara el diálogo promovido por el Vaticano entre el gobierno y la oposición. Cuando permiten que su familia y sus abogados lo visiten, los guardias obligan a la esposa, la madre y la hermana de López, así como a sus abogados, a desnudarse antes y después de ver a López. En una oportunidad, la madre de López debió desnudarse frente a sus nietos.

La detención de López es un ejemplo flagrante de lo que un régimen despótico puede hacer con una persona cuando no le rinde cuentas a nadie. Quienes dicen estar preocupados por la situación de los derechos humanos en Venezuela deberían demostrarlo presionando a Maduro por el caso de López. La retórica ya no es suficiente. Sin una fuerte y vigorosa presión internacional, López continuará siendo un rehén de Maduro.

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