Joaquín Secco García
Joaquín Secco García

La historia siempre empezando

Transcurrió más de medio siglo desde el final de las grandes guerras. Se atravesó por los modelos fallidos del socialismo real de la URSS, de Mao o de Fidel y de tantas otras promesas de esplendor permanente. El capitalismo, junto al Estado de Derecho y a los avances hacia la democracia, al menos fue triunfante y capaz de intentar un camino hacia la hegemonía. Una gendarmería planetaria. Pero en cualquier caso fue un plan B bastante infausto para la inmensa mayoría de los habitantes del planeta.

Transcurrió más de medio siglo desde el final de las grandes guerras. Se atravesó por los modelos fallidos del socialismo real de la URSS, de Mao o de Fidel y de tantas otras promesas de esplendor permanente. El capitalismo, junto al Estado de Derecho y a los avances hacia la democracia, al menos fue triunfante y capaz de intentar un camino hacia la hegemonía. Una gendarmería planetaria. Pero en cualquier caso fue un plan B bastante infausto para la inmensa mayoría de los habitantes del planeta.

El triunfo se basó en la derrota más o menos incruenta del socialismo en la URSS y en el pacto entre Mao y Nixon para forzar el capitalismo en China sin renunciar a la dictadura. En algún momento las tendencias de la ciencia, la tecnología, la innovación y la cultura estarían maduras para derribar los obstáculos que le cerraban el camino a un mundo sin fronteras. Durante los años 90 se iban culminando algunos de los pasos decisivos hacia la globalización. Especialmente los acuerdos sobre la apertura comercial, con la creación y el fortalecimiento de las instituciones que lo hicieran posible y lo garantizaran. Se podría hablar de medio siglo de ardua construcción de la globalización -especialmente económica- que culminaría con la explosión económica de China con el impacto tremendo en el crecimiento de la producción y del comercio que se registró desde los primeros años del milenio.

Como siempre ocurre en las cosas de las sociedades, las oportunidades son aprovechadas asimétricamente. Se trate de las naciones o de las minorías. Nuestro continente, nuestro Mercosur, nuestros pobres, aquellos que no crearon las capacidades para aprovechar un mundo con mayores oportunidades, pero también con mayores exigencias. Todos ellos quedaron en la periferia del festín. Los pobres de China, India o Vietnam tuvieron más suerte que las proles de Chávez, de Fidel o de Ortega, aunque no se regocijaron con arengas tan motivadoras. El difícil encuentro con el sentido común.

Pero a pesar del brillante porvenir de la globalización, repasando los años pasados, los balances nos muestran mayor aceleración de los problemas que de las soluciones. No existen reguladores automáticos para las decisiones colectivas.

La euforia de la prosperidad llevó a los países más prósperos del planeta a salirse de madre y a caer en equivocaciones de principiantes. Llegaron a la crisis del 2008 de la cual no han podido salir. Y no solamente. Sus consecuencias repicaron por todo el planeta.

Jorge Fontevecchia (Perfil, Buenos Aires) escribía hace unos días: “El precio que Estados Unidos tuvo que pagar para que 500 millones de chinos salieran de la pobreza y multiplicaran sus ingresos por cien fue empeorar el nivel de vida de 50 millones de sus habitantes, que se concentran en los estados industriales del centro del país y que votaron ahora mayoritariamente por Trump”. Fallaron los reguladores. Ahora parecería que no solamente se daña la globalización sino también las reglas del establishment político de EE.UU. y probablemente cruce el Atlántico y amenace al Reino Unido, a Francia, a Alemania y a otros socios europeos más recién llegados a la democracia. Sin dudas que la victoria de Trump es más significativa de lo que aparenta.

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