Isabelle Chaquiriand
Isabelle Chaquiriand

Asumamos todos

Mi principal recuerdo del 1º de marzo de hace 15 años, es de mi compañera de estudio de facultad.

Ese día ella fue una de las miles de personas que salieron a las calles a festejar el primer gobierno del Frente Amplio. Su emoción era tan grande que lloraba abrazada a la bandera del Frente Amplio, diciendo “ahora sí vamos a ser felices”.

En ese entonces el país estaba polarizado entre medio Uruguay que le temía a la llegada de la izquierda al gobierno, con los fantasmas de una Cuba del Río de la Plata; y la otra mitad que veía materializada su esperanza de una vida diferente, con más oportunidades y menos diferencias para todos.

Un buen ejercicio para cualquiera que le interesa entender la idiosincrasia uruguaya, es leer el libro con la selección de columnas, clases y discursos de Claudio Paolillo. En especial el segundo capítulo “uruguayeces”. Allí se exponen una selección de trabajos del periodista que van desde el 2000 hasta el 2014, y cualquiera de ellos, cualquiera, podría ser publicado al día de hoy y sería absolutamente aplicable a la realidad actual.

Desde el descontrol de incendios forestales en el verano, la pérdida de la cultura de trabajo, la costumbre de meter empleados públicos al filo de un período de gobierno, hasta los destrozos de las barras bravas después de partidos de fútbol. Todo, absolutamente todo, sigue igual. Seguimos con esos delirios de grandeza a los que hace alusión Paolillo, de creer que somos la Suiza de América ocultando la falta de autocrítica frente a nuestra mediocridad. Esa soberbia de ser “menos malos” que otros, pero nunca lo suficientemente buenos como para ser primer mundo.

Los índices macroeconómicos pueden estar más arriba o más abajo, pero la mentalidad de los uruguayos sigue siendo la misma. Independientemente del color del gobierno de turno, los uruguayos no avanzamos. Al menos no lo hacemos al ritmo que deberíamos hacerlo.

En la cuenta regresiva hacia un nuevo gobierno, estamos con el mismo espíritu que se respiraba hace 15 años. Un país polarizado entre el miedo de lo que se pueda venir y la esperanza de uno nuevo. Pero el peor error es que una vez más, estamos poniendo en manos de los gobernantes el destino de nuestro futuro y de nuestra felicidad. Y es altamente probable que la esperanza de renovación quede en el recuerdo dentro de unos años y eventualmente se transformará en frustración. Porque independientemente de quién gane o quién asuma, para que nuestra nación salga adelante los que tenemos que cambiar somos los uruguayos, nuestra mentalidad y nuestro relato como sociedad.

Porque no tenemos que esperar del gobierno y de los políticos la respuesta a todas nuestras preguntas y las soluciones a todos nuestros problemas. Tenemos que asumir ser protagonistas de nuestro destino. Y eso empieza por asumir nuestra responsabilidad y rol protagónico de nuestro destino y no esperar que el gobierno de turno nos solucione todos nuestros problemas.

Para poder exigirles a los gobernantes estar a la altura y no conformarnos con la mediocridad. Y en el mejor de los casos, como decía John F. Kennedy. “No preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por él”. Que el 1º de marzo no sea solo la asunción de un nuevo presidente. El 1º de marzo, asumamos todos.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)