Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

¿Quo vadis Democracia (II)?

Toca adentrarse en las posibles causas del relativo desprestigio que está sufriendo la Democracia.

Toca adentrarse en las posibles causas del relativo desprestigio que está sufriendo la Democracia.

Raymond Aron señalaba que la Democracia no reposa sobre la selección de actores por calidad. Los actores de las democracias no son seleccionados con los mecanismos de las actividades privadas. Son elegidos popularmente en función de una gama de criterios muy dispares. Consecuentemente, no se deben esperar niveles de eficiencia propia de ejecutivos de corporaciones privadas.

La democracia se basa en la transacción y el compromiso, métodos poco afines a la celeridad y la eficiencia. Los resultados rara vez son heroicos y concitan la aprobación de todos.

La democracia lleva implícita la crítica. No es solo que se basa sobre la libertad de expresión, sino que su dinámica es contestataria y eso, inevitablemente, implica desgaste y erosión.

Por último, siempre dentro del campo de lo que llamamos causas estructurales de la pérdida de convicción , la Democracia fue creada para la protección de ciertos derechos fundamentales: vida, libertad y propiedad. Ese es el cerno de su razón de ser. No es un sistema pensado para la producción de resultados materiales, concretos.

Lo que nos lleva a analizar otro tipo de explicaciones sobre el síndrome o la recesión de la democracia. Andados los años, esa institución creada para pocos temas y en la que actuaban relativamente pocas personas (muy homogéneas), fue evolucionando a más: más actores y más temas.

Nuevos protagonistas fueron incorporando nuevas exigencias. Ya no era un juego de hombres, relativamente pudientes, cuyos intereses rondaban los tres derechos básicos. Con los nuevos actores vinieron sus expectativas e intereses: salud, jubilación, educación, vivienda…

Frente al crecimiento de las demandas, la Democracia fue desarrollando una de sus herramientas fundamentales: el Estado. Estado y Democracia son dos fenómenos distintos, que nacieron en momentos diferentes, pero con el tiempo convivieron, siendo a los ojos de mucha gente la misma cosa.

Con altibajos, el Estado fue una herramienta eficaz de la Democracia para encarar las expectativas crecientes, pero últimamente esa realidad comenzó a cambiar: en numerosas sociedades el Estado entró en un proceso de rendimiento decreciente. Con la característica adicional que, habiéndose mimetizado con la Democracia, la gente tiende a no distinguir y achaca a esta lo que son defectos de aquel. Estamos viviendo realidades, en términos de expectativas, que la democracia ya no consigue atender, en buena medida porque el Estado no tiene capacidad para hacerlo, como antes. Problema de demanda.

A lo anterior se suma otro fenómeno: la democracia está vinculada a la economía de mercado. En definitiva, el mercado es una manifestación del derecho a la libertad que, como vimos, está en la cuna de la democracia.

Pero la democracia no se basa exclusivamente en la libertad, ni se explica solo en función de ella.

La democracia vive un equilibrio, dinámico y hasta tensionado, entre dos polos: libertad e igualdad. Esa tensión era menor cuando la igualdad buscada (y entendida) era casi exclusivamente formal, la igualdad ante la ley. Cuando se incorporan otras expectativas, las pretensiones de igualdad tienden hacia su contenido material. La libertad pasa de ser libertad “de”, a ser libertad “para”. El fiel de la balanza pasa a inclinarse del lado de la igualdad. La historia de la democracia es un camino que va de la libertad a la igualdad. A veces rápido, a veces lento, pero la resultante con el tiempo es un constante crecimiento de la igualdad. El camino inverso no se conoce.

Ahora bien, el mercado tiene a la libertad como engranaje central. En algunos países y actividades más, en otros menos, pero no hay mercado sin libertad. El punto es que el mercado tiende a la desigualdad. Si bien no es cierto que cuando un agente económico gana, siempre habrá otro que pierde, sí es cierto que difícilmente los que ganan, como los que pierden, lo hacen por igual.

La desigualdad económica se ha transformado, en fuente de profundo malestar con la democracia, que lejos de solucionar mis problemas, es culpable de que mi vecino gane mucho más que yo.

La democracia requiere de legitimidad formal, pero para funcionar debe tener un cierto grado de eficacia.

Ese pues es el panorama de las cosas más relevantes que subyacen a la recesión, síndrome o crisis de la Democracia. Pero hay otro factor, sin el cual no se explica cabalmente la magnitud del tema: los medios. Es por lo menos opinable que los medios, en su desarrollo contemporáneo, ejercen una influencia negativa sobre el funcionamiento de la Democracia.

Nadie discute que la libertad de expresión está entre los engranajes centrales de la democracia. Pero juegan también otros factores: medios como la televisión están enfocados a entretener a sus consumidores por encima de la función teórica de informar y el factor entretenimiento tiende a preferir el impacto a la explicación. Así, los temas de gobierno se hacen lejanos y negativos, contribuyendo a generar malestar en la gente.

Nos quedaría todavía, en el capítulo de explorar las causas, analizar qué ha pasado con el Parlamento y su proyección sobre el funcionamiento de la Democracia contemporánea.

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