Ignacio De Posadas
Ignacio De Posadas

Desequilibrio fiscal

No,no es el que menciona Danilo Astori a cada rato. Es otro, más grave aún (y más próximo y más doloroso).

No,no es el que menciona Danilo Astori a cada rato. Es otro, más grave aún (y más próximo y más doloroso).

Desde hace algunos años venimos presenciando una verdadera cruzada internacional llevada adelante por ese club de países ricos, denominado OCDE, para apretar cada vez más la recaudación de impuestos. Europa ha ido aumentando constantemente la carga tributaria, a niveles tan altos que impulsa a muchos contribuyentes a proteger parte de su patrimonio, de diversas maneras.

En esa realidad, el esfuerzo de OCDE ha estado en presionar a todos los gobiernos posibles (léase, más débiles), para que no cooperen con esos contribuyentes ni los cobijen.
¿Resultado? Se van acabando los escondites, hay que pagar más impuestos. ¿Nada más? Precisamente, absolutamente nada más.

Uno podría pensar que la mayor recaudación (o menor fuga) llevaría a los gobiernos corsarios a reducir sus cargas tributarias, o a dar mayores servicios. ¡Cualquier día!

Entonces, ¿éxito para los gobiernos? Tal parece.

Pero la realidad es más compleja. El gasto estatal crece, su peso es cada vez mayor; los gobiernos se hacen más eficientes para recaudar, pero sus estados van entrando a distintas velocidades, en pendientes de rendimientos decrecientes. Más exacción y peores retornos. Este fenómeno mundial es todavía más grave en países como el nuestro, que vienen empujando las cargas tributarias para arriba, a velocidad creciente, sin haber jamás llegado a los niveles de servicios públicos europeos, por peor que anden éstos. Impuestos suecos para bienes y servicios haitianos. Flagrante injusticia.

El discurso populista rutinario descuenta este problema con el mantra aquél de “que pague más el que tiene más”, sin importarle qué se hace después con el mayor pago o aun creyendo que el solo hecho de sacarle plata a alguien produce mayor redistribución y hasta justicia. Como tantos recitados a lo loro, éste no ve la realidad: sin entrar siquiera a la consideración ética de que se precisan mejores argumentos para despojar a alguien de lo que es suyo, la realidad económica, más allá de las anteojeras ideológicas, da un mentís a la fórmula mágica. Por la sencilla razón de que quien paga un impuesto y quien la ley dice que es su sujeto pasivo, no son la misma cosa (y, frecuentemente, tampoco la misma persona). Por la sencilla razón de que, en definitiva, los impuestos los paga quien no puede trasladarlos, sea hacia adelante (mayores precios), sea hacia atrás, pagando menos en insumos y mano de obra. Las mayores cargas tributarias, huérfanas de toda otra nota, no son fuentes, ni de felicidad, ni de justicia.

Cuando se podía poner algo a cubierto, el garrote tributario se soportaba un poco mejor, pero cuando eso desaparece y, además, el ejercicio de autoridad y de poder del Fisco escapa a los parámetros jurídicos básicos que protegen a los contribuyentes, (como ocurre en nuestro país), la ecuación pasa a agravar la pérdida de paciencia para con los gobiernos de turno. Claramente nuestra realidad es de un severo desequilibrio fiscal. No es justo que el Estado chapucee de mal en peor a la hora de cumplir con sus fines y servicios, al tiempo que mandonea y exprime con creciente prepotencia a a aquellos a quienes se supone debe servir.

La historia ha conocido desenlaces violentos a este tipo de realidades. No estamos ahí, ni cerca, gracias a Dios, pero ya está pasado el tiempo en que los gobernantes deberían sentir un poco de vergüenza y nivelar la soberbia con que manejan los deberes de los contribuyentes con más preocupación por el cumplimiento de los suyos propios . Como dijo Cicerón, refiriéndose a otro flagelo: “Quo usque tandem abutere patientia nostra?”

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