Hernán Sorhuet Gelós
Hernán Sorhuet Gelós

Espiral de violencia

¿Nada hemos aprendido luego de padecer un siglo tan violento como el pasado? De poco nos ha servido invocar, una y otra vez, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

¿Nada hemos aprendido luego de padecer un siglo tan violento como el pasado? De poco nos ha servido invocar, una y otra vez, la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Violencia entre naciones, violencia entre grupos diferentes, violencia social, violencia en las calles, violencia en los escenarios deportivos, violencia escolar, violencia familiar, son manifestaciones cotidianas que producen un peligroso acostumbramiento en la gente.

¿Por qué ocurre? ¿Es un problema de educación? ¿Es cultural? ¿Es consecuencia de la pérdida de valores en las personas? A nuestro juicio la principal explicación está en la naturaleza humana; aunque no es la única.

Como ocurre en toda especie animal, el Homo sapiens responde a su información genética, que le impone fuertes instintos direccionados a lograr su supervivencia, a buscar el placer y alejarse del dolor. Esta base biológica le asegura ciertas conductas frente a estímulos u objetos que no requieren de un aprendizaje previo.

Por naturaleza somos individuos egoístas. Primero importan mis necesidades primarias, luego las de mis seres queridos, y luego las del resto. Por esa razón, aunque en la retórica se diga lo contrario, no valoramos a todas las vidas por igual. Mientras la muerte de un ser amado duele mucho y se vive intensamente, el deceso de otras personas en un accidente ferroviario ocurrido en otro continente casi no nos conmueve.

Por otra parte, ¿cuántas veces hemos reaccionado violentamente ante una situación determinada y, casi de inmediato nos arrepentimos de lo hecho como si se tratara de dos personas diferentes?

Por fortuna nuestro proceso evolutivo nos ha dotado de una racionalidad que nos permite tener conductas voluntarias capaces de reprimir, anular o modificar impulsos instintivos. En ello juega un papel clave la cultura y la educación del individuo, y del grupo social al que pertenece.

Como resultado de nuestra cultura alcanzamos un logro mayúsculo: el concepto abstracto de imponernos la ley, que no es otra cosa que un acuerdo social para proteger a los más débiles, inspirada en los principios éticos y morales de justicia de cada pueblo; aunque en la realidad cotidiana las cosas suelen ser un poco diferentes.

Las expresiones de violencia se manifiestan, una y otra vez, en muchos ámbitos y circunstancias, porque el ser humano es instintivamente violento (así lo acredita la historia de la humanidad); solo necesita el estímulo indicado para que salgan a la superficie y se expresen.

Para contener los instintos que nos inducen a conductas violentas debemos tener incorporada una vigorosa racionalidad, lo que se consigue mediante la promoción de una cultura de paz, de entendimiento y comprensión “del otro”, recurriendo a todos los medios disponibles. Cooperación y no dominación.

Este camino conduce a experimentar sentimientos de pertenencia más amplios. ¿Llegaremos algún día a considerarnos ciudadanos planetarios, sin nacionalismos, credos, idiomas o linajes que nos separen?

La educación en el hogar y en el aula es la principal herramienta que tenemos para avanzar hacia esa cultura de paz; pero no olvidemos en el proceso que hay un mandato instintivo ancestral que debemos domesticar todos los días.

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