Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

La era de la post-verdad

El prestigioso diccionario Oxford seleccionó como la palabra internacional del año a “post-verdad”. Su definición es “relativo o que denota circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales”.

El prestigioso diccionario Oxford seleccionó como la palabra internacional del año a “post-verdad”. Su definición es “relativo o que denota circunstancias en que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales”.

No es necesario aclarar que el uso del término se popularizó con los episodios electorales que se vivieron en el mundo en el correr de 2016 cuando, sin el menor miramiento, políticos de izquierda y derecha mintieron a cara de perro a los electores de sus países. El arquetipo de esta actitud es, naturalmente, Donald Trump, que llegó a afirmar que no tenía tiempo de chequear la información que manejaba o que aunque los hechos que afirmaba no fueran ciertos, el sentía de todas formas que sí lo eran.

El amable lector uruguayo estará seguramente recordando episodios vernáculos de similar tenor, en los que algún político se aferró a un relato ajeno a la realidad sin sufrir el menor escozor. Aunque estos casos sean patéticos, incluso muchas veces hasta divertidos, terminan convirtiéndose en verdaderos problemas, cuando ya no solo la post-verdad es una estrategia de un candidato, sino que pasa a ser defendida corporativamente por un partido y creída como válida por buena parte de la población.

La era de la política de la post-verdad representa un retroceso formidable para la civilización que conocimos, en la cual precisamente era la evidencia empírica, vale decir, la contundencia de los propios hechos, suficiente para zanjar una discusión cuando las pruebas estaban a la vista. Ahora todo es relativo, nada es concluyente y las mayores estupideces pueden sostenerse con la misma convicción que la verdad objetiva si quien lo afirma lo siente así.

Algunos corolarios resultan aún más preocupantes. Los inescrupulosos y manipuladores tienen más chance de tener éxito que las personas sensatas y razonables. Es más difícil alcanzar acuerdos entre quienes piensan distinto si no podemos admitir que la evidencia sirva como criterio para encontrar terreno común. Y finalmente, la política y la propia sociedad se tornan más violentas, azuzadas por radicalismos sustentados en este nuevo y envalentonado relativismo moral.

Es razonable que en este contexto los partidos políticos (y los propios políticos) de comportamiento más tradicional se encuentren en problemas para hacerse entender y reaccionen dando golpes a ciegas. Siempre, en definitiva, el voto tuvo un componente emocional nada despreciable, pero nunca desde que se generalizó el sufragio universal la racionalidad ocupó un lugar tan intrascendente.

El terreno queda despejado para la irrupción de fenómenos peligrosos que explotando temores y enojos, muchas veces justificados, triunfan contra las posiciones que sostienen los intelectuales y la prensa desde una -a esta altura absurda- soberbia iluminista.

No podemos saber qué nos deparará el futuro, siempre fruto de la acción más que del designio de los hombres. Quizá suene a contrapelo de las tendencias reseñadas, pero es indispensable reafirmar enfáticamente la defensa de la libertad de cada ser humano y la de cada sociedad para forjar su propio destino. Confiemos en que al final, aunque sea zigzagueando, la civilización se abra camino.

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