Hernán Bonilla
Hernán Bonilla

La amenaza proteccionista

No pegamos una. Una vez que un presidente cumple las promesas de campaña en los primeros días de su administración con implacable eficiencia, justo es Donald Trump. Se ha despejado la incógnita respecto a si era un mero bravucón de campaña para ganar las elecciones o realmente un gobernante peligroso, decantándose por la última opción.

No pegamos una. Una vez que un presidente cumple las promesas de campaña en los primeros días de su administración con implacable eficiencia, justo es Donald Trump. Se ha despejado la incógnita respecto a si era un mero bravucón de campaña para ganar las elecciones o realmente un gobernante peligroso, decantándose por la última opción.

El amable lector estará pensando que el juicio puede ser un poco precipitado, pero lo cierto es que los primeros días de Trump nos han enfrentado a la paradoja de tener que lamentar que el nuevo presidente norteamericano comience a cumplir sus promesas electorales.

El muro con México ha sido el caso más sonado de las últimas horas, logrando el milagro de convertir al alicaído presidente mexicano Enrique Peña Nieto en un adalid de la causa latinoamericana frente al imperio. La circunstancia no deja margen a la duda y, más allá del juicio sobre el presidente de México, la causa que le tocó en suerte es la que corresponde respaldar, no por ningún resabio patriagrandista, sino sencillamente por enfrentar la prepotencia de un presidente norteamericano que pretende humillar y vapulear a su vecino del sur.

Pero, lamentablemente, como era de esperarse, el trumpismo tiene sus repercusiones a lo largo y a lo ancho del globo. En Europa los partidos de extrema derecha se juntan y planifican acciones envalentonados por la nueva era que sufrimos. En nuestro país los sectores radicales de izquierda, ni lerdos ni perezosos, han aprovechado la hora para plantear que es necesario reencauzar la política exterior hacia el Mercosur, cerrándose frente al mundo para enfrentar al siempre vil intercambio voluntario entre las personas que llamamos libre comercio.

No es casual que la extrema derecha y la extrema izquierda coincidan en sus objetivos y en los instrumentos, los une el desprecio a la libertad del ser humano que siempre quieren sustituir por camarillas iluminadas destinadas inequívocamente al fracaso.

En particular, el rebrote del discurso proteccionista con pretensiones de carácter científico y política sensata es una verdadera tragedia para la humanidad. David Hume echó por tierra al mercantilismo con su inconfundible brillo, y luego Adam Smith y David Ricardo terminaron de asentar al libre comercio como la fuerza formidable para el progreso de los pueblos que efectiva e incontrastablemente es.

La evidencia empírica, por supuesto, demostró el acierto de los liberales de ayer y de hoy en este sentido. Los pueblos se desarrollan comerciando, abriendo sus fronteras, cambiando ideas con culturas distintas, incorporando tecnología, recibiendo capitales y de esa forma mejorando su calidad de vida.

El progreso extraordinario que permitió en el último medio siglo el libre comercio queda demostrado en la disminución de la pobreza en el mundo, gracias a la especialización, las economías de escala, la diversificación del riesgo y a la ampliación de la competencia en beneficio de las grandes mayorías.

No siempre es bueno seguir las modas. Uruguay de-be procurar expandir su comercio y no cerrarse en el Mercosur.

Es cierto que abrirse conlleva riesgos, pero cerrarse tiene un resultado seguro: asfixia económica, mediocridad cultural y deterioro social.

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