Hebert Gatto
Hebert Gatto

El populismo de derecha

En un artículo reciente, en este medio, comentábamos que la victoria de Donald Trump no debe confundirse con un simple giro conservador en la política de los Estados Unidos, uno de los tantos que ha tenido esta nación, que ha sabido moverse sin transiciones, desde Eisenhower a Kennedy, de Johnson a Nixon o de Carter a Reagan.

En un artículo reciente, en este medio, comentábamos que la victoria de Donald Trump no debe confundirse con un simple giro conservador en la política de los Estados Unidos, uno de los tantos que ha tenido esta nación, que ha sabido moverse sin transiciones, desde Eisenhower a Kennedy, de Johnson a Nixon o de Carter a Reagan.

Ahora se trata de la primera vez que un líder populista llega al gobierno de la principal potencia mundial. Un fenómeno inédito que ni siquiera se asimila al constante pendular entre demócratas y republicanos que caracteriza a la política norteamericana. Pero esta aserción respecto a la identificación política de Donald Trump, a pesar de encontrarse generalizada entre los especialistas, que encuentran fuertes identidades entre éste y la emergencia en Europa de líderes populistas, merece ser considerada en detalle.

Particularmente además, porque el populismo, una categoría de gran elasticidad conceptual, también admite la presencia de ejemplos a la izquierda del espectro político, como es el caso típico de los populismos latinoamericanos del siglo XXI. Ello, como es natural, no sólo molesta a esta corriente, que se ve comparada con su enemigo ancestral: la derecha, sino que plantea retos teóricos complejos. ¿Es posible admitir que existen categorías o procedimientos que sean comunes a izquierda y derecha, o a lo menos compartan un mismo “aire de familia”? Y en ese caso, ¿cuáles son y qué explica su éxito? ¿Alcanza con un terrorismo, cierto y grave como es, para justificar el populismo?

Para comenzar parece necesario recordar que el problema no es tan nuevo como parece. Ya sobre los fines de los años veinte del siglo pasado el fascismo naciente había sido comparado con el comunismo estalinista en la medida, se decía, que ambos adoptaban como forma Estados totales. Es decir, movimientos movilizadores dirigidos por dictaduras partidocráticas personalizadas, radicalmente opuestas a la democracia liberal.

Esta tesis, fuertemente rechazada por los comunistas, se vio reforzada por el pacto nazi-soviético de 1939 y consolidó el concepto de totalitarismo, impulsado en ese momento por teóricos como Hannah Arendt o Franz Neumann. Por más que el enfoque se debilitara durante la guerra, se retomará con la “guerra fría” y ahora vuelve pero sobre otras bases. Sin que esto implique que toda la izquierda haya sido estalinista ni que actualmente se identifique en su totalidad con el populismo.

Como se sabe, para el discurso de esta procedencia la sociedad tanto del subdesarrollo como la desarrollada, se conciben como el teatro de lucha entre dos núcleos principales fuertemente enfrentados: los sectores populares y los reducidos pero poderosos estratos que mediante su hegemonía los dominan. Ya sea que ellos estén conformados por las oligarquías capitalistas nacionales y extranjeras (como en los populismos de izquierda), sea “el establishment tradicional”, los malos mexicanos o los inmigrantes asiáticos o africanos corruptores de la cultura nacional, para su símil de derecha. Con las obvias diferencias locales según la naturaleza, localización e historia, de cada sociedad nacional. Lo original de esta concepción y con ella de su programa político, es que en su discurso simplifica drásticamente la sociedad al concebirla sometida a un única contradicción, buscando que “el pueblo” se autorreconozca en el llamado populista y se enrole como militante de esa causa. Tal, sostiene, es la sustancia de la política.

Lucha contra “los otros”, los ajenos, los extranjeros, los de afuera, los poderosos, todos ellos destructores, en aras de su capital o de su dominio, de las sanas tradiciones nacionales. Por más que bajo esa dualidad social, que lo define, el enfrentamiento admita diferentes justificaciones ideológicas. Desde la defensa de la nación y la raza, hasta la reivindicación de los explotados por las oligarquías, según la versión populista de que se trate. Pero en ambos casos, vale insistir, postergando y debilitando la democracia liberal.

Como decíamos, Europa en este momento, en medio de las crisis migratorias que la azotan y de la ola terrorista que la aflige, asiste también al surgimiento de una derecha populista xenófoba. Lo mismo sucede con Trump, que reivindica al mundo del trabajo en los EE.UU. o a los maltratados agricultores del Medio Oeste americano, apoyado por los nostálgicos de un mundo proteccionista ya pasado. Al tiempo, del lado opuesto, un notorio populismo de izquierda despunta en Grecia, atacada por los feroces banqueros trasnacionales que despiadadamente reclaman el pago de sus deudas. O, con un discurso similar, surge el populismo de Podemos en España, con aspiraciones de llegar al poder.

Nada de ello, pese a su aparente incongruencia -un mismo movimiento o corriente capaz de presentarse en distintos lugares ya como cobertura de la derecha ya amparando a la izquierda más radical- debe sorprendernos demasiado. En ambos casos, formalmente es el mismo discurso simplificador, una sociedad nacional que reivindica su pureza, atacada por el capitalismo extranjero desnacionalizado o por una turba fronteriza decidida a destruir sus sagradas tradiciones.

Izquierda tradicional y derecha del mismo origen, pese a su ancestral oposición, siguen difiriendo menos entre sí de lo que se suele apreciar. Sus coincidencias en el antiliberalismo, su común proteccionismo económico, su compartido nacionalismo, así como sus débiles tradiciones democráticas, resultan patentes en ambas orientaciones, en su ya larga historia. Alcanza con comparar las semejanzas en sus concretas realizaciones como fue el caso del Estado nazi, el fascista, el estalinista o el Estado chino, para reparar en sus coincidencias.

Es sin duda cierto que difieren en sus objetivos y en la sociedad que prometen, pero históricamente sus realizaciones se distinguieron más por su forma estatal que en sus metas finales, que nunca alcanzaron. Ello explica suficientemente que ambas orientaciones político ideológicas acepten el populismo como común referencia de sus políticas.

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