Hebert Gatto
Hebert Gatto

Donald Trump

El semanario New Yorker, rememorando la novela de Theodor Dreiser, comentó el triunfo de Donald Trump, como “Una Tragedia Americana”. El encabezado, no refleja cabalmente este resultado, que siendo efectivamente una real tragedia, excede largamente toda frontera nacional.

El semanario New Yorker, rememorando la novela de Theodor Dreiser, comentó el triunfo de Donald Trump, como “Una Tragedia Americana”. El encabezado, no refleja cabalmente este resultado, que siendo efectivamente una real tragedia, excede largamente toda frontera nacional.

Es notorio que el presidente norteamericano cuenta desde hace décadas con un poder militar sin precedentes que lo habilita para borrar todo atisbo de vida sobre el planeta, con la posible excepción de algunos insectos. Sin que alcance para disipar ese temor con el consuelo que la complejidad del sistema lo impediría. Basta con reparar en las precauciones que frente a su inminente destitución y temiendo una locura por su parte, se adoptaron con Richard Nixon.

Pero aún si la desechamos, la elección de un hombre como Trump, machista consumado, xenófobo, carente de autorreflexión y que, como lo atestigua la prensa de su país, incluyendo la republicana, miente con total facilidad, lo ocurrido no puede sernos indiferente. El 8 de noviembre pasado el pueblo norteamericano, en un acto soberano pero irresponsable, que no habla bien de sí mismo, eligió como su primer mandatario a este racista megalómano, carente de los mínimos requisitos personales para la función. Con un único programa, retornar a los felices tiempos posteriores a la segunda guerra mundial. Un período que legó un potente imaginario a un país internacionalmente hegemónico, con una capacidad económica interna sin parangón y con un único enemigo externo: el devaluado estalinismo, militarmente fuerte pero insostenible a mediano plazo. Tanto que para el pueblo norteamericano, ufano de su democracia, su superioridad nacional no admitía reservas ni competencia.

Pasados los años, ese imaginario nacionalista-conservador, surgido entre los “wasp” (blancos, anglosajones, protestantes) penetró tan profundamente en el resto de los Estados Unidos, que latente, se perpetuó hasta el presente. Bastó con que, en la percepción popular, la situación económica se deteriorara y la distancia entre ricos y pobres (incluyendo en los últimos a trabajadores y clases medias bajas) se ensanchara, especialmente, pero no únicamente en los estados del cinturón industrial, para que esa nostalgia se intensificara. Y como sostiene Trump, se identificara al causante de tal frustración con el “establishment” de Washington. Con el resultado que el voto a su favor, resultó tan extendido que venció incluso identidades a priori contrarias, como mujeres o negros. En la ilusión que la inmigración, derrotas militares como Viet Nam o desastres como el lejano Oriente pudieran borrarse y mágicamente volverse al perdido esplendor. Pese a que, se sabe, la historia no admite ni reversa ni contrafácticos.

Aún así, no debe confundirse lo ocurrido con una mero giro conservador de derecha, de los muchos que en su “corso e ricorsi” nos brinda el devenir. Trump viaja en distinta nave, constituye otra muestra del rampante populismo que hoy campea en Occidente. Un proyecto político que simplifica las sociedades y pretende que su complejidad se reduce al enfrentamiento entre dos fuerzas: el pueblo desvalido enfrentado a un enemigo feroz que en defensa de sus privilegios, se opone a su emergencia. Sea éste la oligarquía capitalista del dinero, como en América Latina, ( populismo de izquierda), sea el “establishment” político para su símil de derecha. Pero en ambos casos la relegada es la democracia liberal. Por eso lo sucedido en Estados Unidos constituye una profunda tragedia para un siglo todavía titubeante.

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