Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Una de romanos

Hace unos cuarenta años, el desaparecido diario El Día publicaba una tira llamada “Los Romanos”, que retrataba situaciones de la vida cotidiana encarnadas por personas de la época de los césares.

El cómic no tenía grandes pretensiones, pero el trabajo del guionista solía rescatarlo con algún hallazgo. Siempre recuerdo una de esas tiras: un romano mirando a otro que estaba parado encima de un alto pedestal, con rictus de prócer, obligándolo a adoptar una postura muy incómoda. El diálogo entre el transeúnte y la estatua viviente era el siguiente:

-No es incómodo estar así?

-Sí, claro.

-¿Y por qué sigues?

-Hace maravillas por mi ego.

El trabajo en los medios de comunicación y la política colocan a algunas personas en posiciones de relevancia social. Algunas veces porque no hay más remedio, otras porque se busca la fama y el reconocimiento, los afectados suelen enfrentar situaciones que preferirían evitar, pero no al costo de perder su trabajo o su popularidad. Como dice mi hermano Daniel Cancela, lo que tenemos que conocer no es solo lo que esa persona hace con el poder; lo más importante es saber qué hace el poder con esa persona.

Las redes sociales han hecho estallar por los aires los muros del castillo que protegía la privacidad de las figuras públicas, al menos de aquellas que buscaban discreción. Expuestos todo el tiempo a los comentarios de un ejército de idiotas, las figuras públicas navegan el maremoto de la notoriedad, cosechando halagos y bofetadas, burlas difamantes, risueños sarcasmos de gente siempre más inteligente que uno y ditirambos dignos de un santo o una estrella pop.

La notoriedad, suele hacer que los infectados se monten en su torre de marfil, y rodeados de la vocinglería de los fans, terminen perdiendo contacto con la realidad, especialmente con la de su propia conciencia.

Y si es desagradable saber que el ego se está devoran- do a gente valiosa, más desagradable es encontrarse con que uno mismo se ha visto navegando por semejantes abismos.

El antídoto, o si se quiere, la vacuna, es relativamente sencilla: preguntarse qué está haciendo con uno la notoriedad y la vocinglería de los adulones.

La reflexión viene a cuenta de muchas cosas, pero fundamentalmente, de la necesidad personal de administrar las exigencias (nuevas y antiguas) de las circunstancias a las que nos exponemos. En rigor, no es la vida la que nos revuelca o nos rescata sino nuestra determinación de superar todos sus avatares.

En pocos días asumirán sus cargos decenas (acaso cientos) de gobernantes, co-mo hace un par de semanas pasó con otros tantos legisladores. La población espera que el nuevo gobierno haga que el país retome su camino de prosperidad, de convivencia en paz, de respeto por las ideas de todos, de políticas públicas basadas en prioridades y criterios de eficiencia, sin dogmatismos ni corporativismos de ninguna especie.

Es bueno saber qué van a hacer las personas que ocupen cargos de gobierno con el poder que les confió la ciudadanía, pero mejor aún es saber qué va a hacer el poder con ellas. No sea cosa que, además de frustrar tanta esperanza, terminen como el romano de la tira.

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