Gerardo Sotelo
Gerardo Sotelo

Otra épica

Los debates que adornaron la partida de Fidel Castro hacia el “más allá” fueron decepcionantes. El problema no es solo que hayamos terminado en discusiones, una vez más, sobre la naturaleza criminal de su régimen. El problema es que los debates tradicionales en el eje liberal- socialdemócrata, basados en el respeto a la libertad y la promoción social de los seres humanos, no tengan fuerza como para generar lo que la izquierda revolucionaria llamaría, con su cursilería habitual, una “épica contra hegemónica”.

Los debates que adornaron la partida de Fidel Castro hacia el “más allá” fueron decepcionantes. El problema no es solo que hayamos terminado en discusiones, una vez más, sobre la naturaleza criminal de su régimen. El problema es que los debates tradicionales en el eje liberal- socialdemócrata, basados en el respeto a la libertad y la promoción social de los seres humanos, no tengan fuerza como para generar lo que la izquierda revolucionaria llamaría, con su cursilería habitual, una “épica contra hegemónica”.

La demagogia, el oportunismo, cuando no la pura mentira (como la tiranía de los Castro), ocupan el lugar que antes tenían los antagonismos que edificaron las sociedades democráticas y abiertas, reeditando los dilemas que ambientaron los totalitarismos del siglo XX. Mientras que el populismo nacionalista hace estragos en buena parte de Occidente, América Latina ya tiene bastante con el Foro de San Pablo. Pero los vaivenes de la historia incluyen su propia némesis, una venganza que a veces parece limitada a cambiar ciegamente de manos.

El problema de Uruguay no es la deserción moral del Frente Amplio, el Pit-Cnt, la Universidad de la República y de buena parte de la intelectualidad en la defensa de la democracia y los derechos humanos en Cuba y Venezuela, o de la transparencia en el manejo de los dineros públicos. El problema es que la oposición a la revolución en curso (incluyendo a los frentistas moderados) no parece entender lo que pasa. La crisis de valores del Frente amenaza con llevarse puesto a todo el sistema político si la gente pasa de la esperanza del 2004 al escepticismo actual sin alternativas a la vista.

La manera más torpe de encarar este desafío es pensarlo en términos electorales. La ciudadanía no se mueve detrás de un candidato o un partido por cuestiones principalmente ideológicas o programáticas; lo hace por convicciones y emociones. Convicciones sobre la oferta electoral (partidos, candidatos, trayectorias, antecedentes, experiencia de gobierno, valores en pugna, ideas-fuerza, etc.) y emociones vinculadas a expectativas personales, al cuadro de coyuntura, al espíritu del momento.

El relato frentista sigue siendo sostenible no sólo porque tiende a la simplificación y la mistificación, sino porque no tiene nada enfrente de similar o parecida enjundia emotiva.

La “épica contra hegemónica” necesita el sustento de conceptos trascendentes y convocantes, como la restitución del respeto a la Ley y la promoción de los Derechos Humanos, la transparencia en el manejo del Estado, la reforma educativa para la Sociedad del Conocimiento, la reapropiación de la lucha contra la discriminación en clave liberadora y no dogmática, la incorporación de la sociedad civil en la aplicación de políticas de inclusión social y el empoderamiento real de la ciudadanía, con sistemas participativos y evaluativos de la gestión del gobierno.

Si la oferta electoral es diversa pero consistente en la aplicación de un menú progresista, sin amenaza de sobresaltos constitucionales, algo puede cambiar de verdad. Por ahora, la oposición no parece entenderlo, por lo que apenas podrá aspirar a ganar la próxima batalla electoral al precio de seguir perdiendo la guerra.

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