Francisco Faig
Francisco Faig

Sostiene Legaspi

La reciente entrevista de Ecos Uruguay a José Legaspi, militante frenteamplista de toda una vida, puede leerse como un análisis político. Aunque no sostiene nada que no sepamos ya, importa su sinceridad y su sinceramiento.

La reciente entrevista de Ecos Uruguay a José Legaspi, militante frenteamplista de toda una vida, puede leerse como un análisis político. Aunque no sostiene nada que no sepamos ya, importa su sinceridad y su sinceramiento.

Como Pereira cuando decide terminar con Lisboa en Sostiene Pereira, la novela de Tabucchi ambientada en el Portugal de fines de los años 30, Legaspi sostuvo hace poco en su columna titulada “Hasta acá llegó mi amor” que había que terminar con este Frente Amplio. En la entrevista señaló las miserias que miles de izquierdistas silencian o relativizan: el clientelismo, la mentira y la protección mafiosa en la que se transformó la disciplina partidaria. Ellas lo llevaron al hartazgo y a la decepción.

Además, sostiene Legaspi que se puede comprender que tantos miles sigan defendiendo a este Frente Amplio porque para “el que se acostumbró a la comodidad y a un determinado ingreso es difícil” renegarlo. Tiene toda la razón. La parafernalia identitaria y el discurso antipartidos tradicionales de nuestra izquierda cincuentona, tan numerosa y tan aferrada a contratos o cargos públicos muy bien pagos, responden antes que nada al interés de mantenerse prendidos de las prebendas, al menos por unos años más, hasta alcanzar el edén de la buena jubilación.

El problema, como sostiene Legaspi, es que este hartazgo puede terminar en que mucha gente ya no participe más en política, ni siquiera votando. Hay allí una interrogante cuya respuesta no termina de vislumbrarse hoy con claridad: ¿cómo cambiará la adhesión ciudadana al sistema democrático en sí y a sus partidos en particular, a raíz de esta desazón colectiva generada por este régimen frenteamplista?

Por un lado, está la apuesta de algo distinto con Novick y su partido: retomar algunos viejos valores sociales e intentar conectar con las clases populares. Por otro lado, está la renovación que pueda implementar la propia izquierda asumiendo su crisis. Finalmente, están las nuevas lecturas que puedan hacer los partidos tradicionales de todo este proceso, con sus corrimientos internos y sus traducciones electorales.

La clave es cómo seducir a esas mayorías urbanas, de clase media, de sensibilidad socialdemócrata (o socialcristiana), conservadoras, envejecidas y, como sostiene Legaspi, decepcionadas. En este sentido, y a pesar de lo que sostiene Legaspi, no hay que menospreciar la resiliencia del Frente Amplio. Porque si bien las encuestas lo muestran con una simpatía política llamativamente baja en relación a la votación de octubre de 2014 (33% en la última), conserva intacta su vocación clientelista-social que se ocupa de las clases medias y populares.

Tres ejemplos en estos días ilustran este talante: el pago de $ 1.650 a fin de año para los 150.000 jubilados que cobran menos de $ 10.020 al mes; la baja anunciada de patentes para unos 110.000 automóviles con modelos de 2008 a 2011; y la entrega de más de 100.000 tablets a los jubilados este año, sobre todo en el interior del país, a la que se sumará otra de 70.000 más el año próximo.

Pereira, en la novela, hace la denuncia y huye a Francia, porque con ella no cambiaría el oprobio del régimen salazarista. Lo que sostiene Legaspi hoy correrá sin duda la misma suerte.

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