Francisco Faig
Francisco Faig

Réquiems en la izquierda

Fernández Huidobro, Fidel Castro, Jorge Batlle. Por un momento en esta semana, pareció que también Gregorio Álvarez. Como alguna vez afirmara Mujica, ¿será la muerte de los protagonistas del pasado la única forma de abrir un tiempo nuevo en el país? Porque la verdad es que nos conducen figuras y maneras de ver la realidad cuyas concepciones del mundo, preocupaciones, prioridades y soluciones son vetustas.

Fernández Huidobro, Fidel Castro, Jorge Batlle. Por un momento en esta semana, pareció que también Gregorio Álvarez. Como alguna vez afirmara Mujica, ¿será la muerte de los protagonistas del pasado la única forma de abrir un tiempo nuevo en el país? Porque la verdad es que nos conducen figuras y maneras de ver la realidad cuyas concepciones del mundo, preocupaciones, prioridades y soluciones son vetustas.

Empero, ninguna de ellas muere. Al contrario, se mantienen bien vigentes, como lo ilustran distintos ejemplos cotidianos. Aquí van cuatro, recientes: el Pit-Cnt cree que para sustentar sus planteos es útil entregar a Vázquez un libro de Marx de 1865; la adhesión a la vieja mitología estatista nos lleva a aceptar millonarias pérdidas del Pórtland de Ancap, incluso luego del multimillonario salvataje de fin de 2015; la convicción sobre las bondades del modelo uruguayo de conducción de la educación pública nos impide patear su tenebroso tablero, a pesar de que las pruebas PISA muestran que nos seguimos hundiendo; el sueño metholista nos condena a ser ora provincia argentina, ora cisplatina del Brasil, pero no queremos despertarnos para reivindicar nuestra soberanía.

Hay quienes intentan modificar esta partitura mortuoria. Cada tanto, distintos analistas plantean que hay que enfrentar sin más demoras los verdaderos temas prioritarios, como por ejemplo, la radical mejora de la educación de los jóvenes de las clases populares; los cambios en la gobernanza de las empresas públicas; los desafíos en el mundo del trabajo, que ya llegaron, por causa de las nuevas tecnologías; o la exigencia de mayor calidad del gasto público, que implicaría una especie de revolución productiva en el Estado. También hay una amplia generación de políticos cuarentones, sobre todo en el Partido Nacional, que intenta moldear otra forma de ver la realidad y fijar rumbos de futuro, distintos al hegemónico ecuménico frenteamplista.

Pero la portentosa fuerza de la inercia nacional les gana. Es que las posiciones de izquierda de las nuevas generaciones frenteamplistas más militantes dejan claro que no serán las muertes de los viejos protagonistas las que cerrarán la etapa de las soluciones vetustas e ineficientes para los temas del país. Porque los numerosos hijos intelectuales de Constanza, los Civila y las Gelman, respiran por y para el réquiem. Sus convicciones vibran al ritmo de sus oraciones de difuntos: en el discurso de Javier Miranda del último congreso, por ejemplo, la más lograda de sus sonrisas de yerno meritorio llegó con la evocación al tirano de Cuba.

La savia nueva frenteamplista y sus compañeros de ruta de militancia social se guarecen del mundo tras el muro de yerba que les permite convertirse en funcionarios públicos o en beneficiarios de contratos estatales. Obtienen garantías de no quedar jamás a la intemperie del sudor de la frente, siempre que se avengan al oficialista consenso hegemónico ecuménico que los protege y les alimenta su clientelismo voraz. Llenos, lamen la coyunda.

Como bien enseñara La Boétie, la servidumbre voluntaria se forja con el clientelismo y la costumbre. Infelizmente, Mujica se equivocó otra vez: las próximas ilustres muertes solo inspirarán réquiems en la izquierda.

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