Francisco Faig
Francisco Faig

Olímpica y ñoquis

Al final mañana se podrá ir a la Olímpica. Pero la sensación de inseguridad y la amenaza de una inminente y grave tragedia quedaron flotando en el ambiente.

Al final mañana se podrá ir a la Olímpica. Pero la sensación de inseguridad y la amenaza de una inminente y grave tragedia quedaron flotando en el ambiente.

Hace meses ya, si no años, que en el deporte más popular los responsables políticos no logran tomar medidas, ni establecer mecanismos, ni hacer reformas, ni actuar con diligencia de manera tal que la familia de clase media uruguaya, esa que va a la Olímpica, tenga las certezas y garantías de que podrá disfrutar del espectáculo con tranquilidad, como ocurre en cualquier país civilizado y como aquí ocurrió hasta hace no tantos años.

Se acumulan las noticias cada vez más inverosímiles, pero todas reales, que dan cuenta del peligro que significa ir a un estadio. Pero no pasa nada. Incluso más: no falta el comedido que relativiza los problemas o que intenta dar razones que explican los cómo y porqué terminamos en esta situación que nadie está dispuesto a cambiar. Entre tanto, con resignación ovina, el uruguayo medio desiste de su viejo hábito y contrata los partidos por televisión.

El fútbol se transforma así en una especie de ensayo general del drama existencial que nos impide enfrentar con éxito nuestros graves problemas. El diagnóstico de incapacidad política, la progresiva, visible e inexorable decadencia y el conformismo colectivo resignado que intenta hacerse de algún parche para irla llevando, es el retrato feroz pero certero de nuestra actual, impávida y mezquina quintaesencia nacional.

Alcanza con dos ejemplos de esta semana y mucho más graves que el fútbol para ilustrar este drama. El primero es que un estudio contratado a la OCDE nos dijo que nuestra tasa de abandono liceal es alta; que tenemos problemas enormes en el diseño institucional de nuestra enseñanza; que debiéramos de invertir mucho más y evaluarlo mucho mejor; que estamos presos del corporativismo, y que no hay un rumbo definido para cambiar radicalmente esta grave situación. Como en el fútbol, ya sabemos todo eso desde hace al menos una década. Y como en el fútbol, el resultado es el mismo: que cada uno se arregle como pueda.

El segundo ejemplo es que a raíz de una movilización de sus funcionarios, el director nacional de Cultura aceptó que su dependencia tiene problemas. Por cierto, no son muy distintos a los que hay por doquier en el Estado y que se conocen periódicamente a través de denuncias. En Cultura, su director reconoció que el horario es de seis horas pero que en realidad hay un promedio de trabajo de solo tres. Pero no pasa nada. Y lo más increíble fue que cuando los funcionarios se quejaron de que allí había ñoquis, el director respondió que ese problema no es de ahora porque siempre hubo ñoquis en el Estado.

Sincerémonos un momento: ¿qué chances de caminar hacia un futuro venturoso tiene un país de este talante? Es cierto que el Frente Amplio en el poder no inventó nuestro conservadurismo quietista. Pero también es verdad que lo llevó al paroxismo y lo legitimó de tal modo, que el pan nuestro gobernante (y aceptado) de cada día es esta parálisis hija del desgano y la ineptitud. Lo más grave no es que estemos rodeados de ñoquis y camino a quedar sin Olímpica. Lo terrible es que así jamás habrá país venturoso alguno.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados