Francisco Faig
Francisco Faig

Nexo de nada

En vida, Alberto Me-thol tuvo una convincente prédica sobre importantes actores regionales, como por ejemplo, el actual papa Francisco. En este 2017 en el que se cumplen 50 años de su “Uruguay como problema”, su influencia intelectual sigue siendo muy grande.

En vida, Alberto Me-thol tuvo una convincente prédica sobre importantes actores regionales, como por ejemplo, el actual papa Francisco. En este 2017 en el que se cumplen 50 años de su “Uruguay como problema”, su influencia intelectual sigue siendo muy grande.

Methol escribió allí que se abría un tiempo nuevo para el país en la región. Ya no era más la época de los pequeños “Estados Parroquiales latinoamericanos”, esos a partir de los cuales razonó Herrera en su “Uruguay internacional” de 1912. Con un desarrollo económico inevitablemente atado a Argentina y Brasil, Uruguay debía ser nexo en la cuenca del Plata: “pensar y prever la cuenca significa en algún grado emanciparse de los espacios estatales”. Pensar el futuro implicaba ser consciente del anacronismo histórico que significaba el Uruguay-Estado. La “mejor hipótesis de la dirección de nuestra historia” era el lugar de nexo de la integración regional, como una suerte de “Benelux criollo”.

Su modelo de cuenca del Plata implicaba la unidad de acción de Brasil y Argentina, que hace medio siglo todavía equilibraban sus poderes. En 1970, por un lado Brasil tenía 96 millones de habitantes contra unos 24 millones de argentinos, y ocupaba en términos de PBI total el décimo lugar en el mundo contra el quinceavo para Argentina. Pero por otro lado, el PBI per cápita argentino era más del doble que el brasileño, y sobre todo, los analfabetos en la Argentina representaban solo el 7% de su población, mientras que al menos un tercio del total del Brasil no sabía ni leer ni escribir.

Hoy en día ese equilibrio no existe más. En 2015, el PBI de cada país medido en dólares, fue de 1.775 mil millones para un Brasil de más de 207 millones de habitantes y de 583 mil millones para una Argentina de 43 millones. Además, Buenos Aires pena por conservar su liderazgo en la Sudamérica hispanoparlante: en 2014, el PBI argentino medido en paridad de poder de compra estaba en el lugar 25 y el colombiano en el 31 en el mundo.

¿Tiene sentido entonces concebir nuestras relaciones internacionales desde un lugar de nexo entre potencias equiparables que van de consuno? Cuando tomamos consciencia de la política porteña de esta década larga, que a pesar del espíritu del Mercosur ha puesto mil trabas a nuestro desarrollo, ¿es pertinente relativizar el peso de los intereses nacionales de los Estados de la región, perennes, diferentes y hasta rivales, sobre los que reflexionó Herrera?

El metholismo político tuvo su mejor exponente en la presidencia de Mujica. En pos de la patria grande continental, por ejemplo, doblegó a Paraguay para que entrara Venezuela al Mercosur y negó los servicios portuarios a barcos provenientes de Malvinas. En general, con la izquierda en el poder, el Uruguay entendido como nexo ha prevalecido sobre el Uruguay soberano: no hubo libre comercio con Estados Unidos y no lo habrá con China, porque Brasilia no lo quiere. Así, el metholismo nos condena a ser, ora provincia argentina, ora cisplatina del Brasil.

La concepción de Herrera es otra y mejor: libre del voluntarismo ideológico propio de los sesenta, asume desde nuestra soberanía estatal las fieras consecuencias de “la vieja trenza” urdida, desde siempre, por Argentina y Brasil.

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