Francisco Faig
Francisco Faig

La imbecilidad del país

Este diciembre se cumplen diez años ya de la edición por Aldo Mazzucchelli para el sello Taurus del “Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Herbert Spencer” de Julio Herrera y Reissig, escrito originalmente entre 1900 y 1902. Es un libro ineludible, ideal para ser leído en verano.

Este diciembre se cumplen diez años ya de la edición por Aldo Mazzucchelli para el sello Taurus del “Tratado de la imbecilidad del país, por el sistema de Herbert Spencer” de Julio Herrera y Reissig, escrito originalmente entre 1900 y 1902. Es un libro ineludible, ideal para ser leído en verano.

El “Tratado de la imbecilidad” desmentirá a todos aquellos que crean que los males del nuevo uruguayo provienen esencialmente de los vicios propios de esta era refundacional frenteamplista. También, hará pensar mejor a aquellos que crean que, en realidad, son males enquistados en el ser nacional por causa de un difuso batllismo, o en todo caso, de una triste derivación de nuestra podrida alma luisbatllista- clientelista.

En nuestra imbecilidad actual seguramente haya de lo uno y de lo otro; pero leer el Tratado sirve para dar perspectiva histórica a esa mezquindad tan propia del “primitivo” que puebla nuestra penillanura suavemente ondulada desde (casi) siempre.

Herrerita complica a todos. Primero, porque es una pluma libre cuyo tono y contenido desagradarán, sin duda, al orden de lo políticamente correcto en el que sucumbimos desde que impera en nuestra tontovideo la neolengua del “ellos y ellas”. Segundo, porque algunas de las crueles descripciones de aquellos uruguayos que vivieron hace más de un siglo calzan perfectas en nuestro cotidiano actual. Para algunos casos de páginas más políticas, alcanzará con cambiar “colorado” por “frenteamplista” para que todo lo demás mantenga sentido.

Van algunas citas, para motivar la lectura de esta joya. “En Montevideo, el hombre en sí no es nada, todo se asfixia, todo sucumbe, nada se oye, todo desaparece en un vértigo de apática imbecilidad, de trivialismo rústico; las originalidades se aplastan, los caracteres se malogran; lo multiforme, lo diverso, lo idiosincrásico, se entierra silenciosamente en el tembladeral común; una sola línea, un solo tono, un solo sabor, una sola voz llena el circuito de cuatro leguas poblado de 25.000 catalépticos. Toda la población es un monótono Mar Muerto, cuyas olas blancas y coloradas piden famélicas un mendrugo en la política para devorarlo hasta la muerte”.

“Por eso nadie hace carrera en nuestro país sino a condición de chapotear en el partidarismo y adorar las momias atávicas. Quien se distinga de los caucásicos salvajes y aspire a la gloria de una posición intelectual, tiene que disponer de medios para trasladarse a Europa”.

“Los uruguayos son unas ostras psicológicas, pegadas a la trivialidad hereditaria. Aun los que pretenden pasar por intelectuales se muestran conservadores. Muchos claman por el pasado diciendo: antiguamente todo iba mejor; el progreso desorganiza, echa a perder, corrompe las costumbres, nuestros abuelos eran más felices”.

“Estrechas, pueriles, exclusivistas, personales, siempre aluden a sus experiencias, a las pequeñeces que ellos apuntan, a los detalles atómicos, a los sucesos del terruño, a la localidad, a los ejemplos de familia; la tradición aislada, el documento particular. Los fenómenos comparados, la filosofía de la historia; los cálculos de la abstracción, las influencias del medio ambiente, el método de la lógica, nada de eso conciben nuestros primitivos”.

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