antoni estevadeordal / gerente de integración y comercio del bid

Socio coreano

Si hoy preguntáramos a un ciudadano medio latinoamericano con qué asocia la palabra ¨Corea¨, probablemente respondería que con smartphones, automóviles, productos electrónicos o superestrellas del pop.

Si hoy preguntáramos a un ciudadano medio latinoamericano con qué asocia la palabra ¨Corea¨, probablemente respondería que con smartphones, automóviles, productos electrónicos o superestrellas del pop.

Pero para personas de mi generación, el concepto de Corea evoca algo diferente. Corea es ante todo la historia de un milagro económico. La historia de un país que pasó de sufrir una guerra civil a convertirse en un referente mundial de desarrollo. Un país que en 1959 tenía una renta per cápita de apenas US$150 y que hoy en día supera los US$26.000 y es la 14ª economía mundial.

Lo que mucha gente probablemente no sabe es que, además de ser un ejemplo de desarrollo económico y de transformación productiva, Corea es un socio comercial cada vez más estratégico para América Latina y el Caribe.

En la actualidad, el 21,3% de las exportaciones latinoamericanas a Corea son manufacturas, frente al 16,6% de las exportaciones a Japón o el 15,6% de China. Seis de las diez empresas latinoamericanas que más exportan a Corea son fabricantes de productos tecnológicos de gama media o alta, tales como equipamiento de telecomunicaciones, vehículos o productos químicos.

Estas son buenas noticias para América Latina, una región que cada vez más mira al Pacífico para hacer negocios, pero que tradicionalmente ha basado sus exportaciones en materias primas, un modelo que implica estar sujeto a precios más volátiles y que representa un menor valor añadido para nuestras economías.

Sin embargo, la importancia de la relación económica de nuestra región con Corea no se limita al capítulo de las exportaciones. Corea es de hecho un inversor con un peso cada vez mayor en nuestro tejido productivo. Las inversiones del país asiático en América Latina se han multiplicado por diez desde 2003 y alcanzan un valor acumulado de más de US$10 mil millones.

Según un estudio que acaba de publicar el Banco Interamericano de Desarrollo, el 80% de estas inversiones se destinan a la fabricación de productos manufacturados. Grandes multinacionales coreanas emplean hoy a miles de ingenieros, diseñadores y técnicos latinoamericanos.

Hay numerosos ejemplos, como el de la empresa de automóviles Hyundai, que en 2012 invirtió US$700 millones en la construcción de una planta en Piracicaba, Sao Paulo, donde produce un modelo especialmente diseñado para Brasil, el HB20. Kia cuenta con una planta de ensamblaje de vehículos en México y que aprovecha las ventajas del país como plataforma logística y de exportación hacia Estados Unidos. Y una filial de LG maneja en la actualidad el sistema de recaudo del transporte masivo de Bogotá.

La presencia de estas empresas coreanas no sólo se traduce en empleos bien remunerados y de alto valor agregado. También nos permite expandir y mejorar nuestra capacidad industrial, incorporar tecnologías de vanguardia, y facilitar la incorporación de PYMES latinoamericanas en cadenas globales de valor.

Corea ha mostrado su compromiso con la región a través de los años, implementando Tratados de Libre Comercio con Chile en 2004 y con Perú en 2011; ha concluido la negociación de un TLC con Colombia. También es país observador para la Alianza del Pacifico, una iniciativa de integración regional formado por Chile, Colombia, México y Perú que busca forjar lazos económicos más profundos con la región Asia-Pacifico.

Esta semana el BID celebra su asamblea anual en Busán, Corea. Confío que centenares de empresarios latinoamericanos, junto con ministros y presidentes de la región, aprovecharán su participación en la cita para profundizar una relación que ya es un modelo de inversión y comercio que genera beneficios de manera equilibrada para todas nuestras sociedades.

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