EN PRIMERA PERSONA

Una muerte desesperante en un mar de imprudencias

El jueves se ahogó en la playa de La Floresta Ayelén, una niña de 13 años. ¿De verdad no había nada por hacer?

Las olas que genera el huracán golpean un barco. Foto: Reuters

Una vez un entrevistado me pidió ayuda y le contesté que mi herramienta más potente era contar historias, a lo que él me dijo “Paula, tu herramienta más potente es tu corazón”. El jueves me tocó ser parte de una tragedia y lo único que pude hacer fue escribir. Como él me enseñó, esto va con ambas herramientas.

Salí a correr por la rambla de Floresta. Hice el recorrido de siempre, en el tiempo de siempre, y me acosté en el pasto frente al hotel como siempre a hacer mis rutinas. De repente un hombre subió desde la playa diciendo “se está ahogando una niña”. Hacía frío, había poca gente, nadie parecía escucharlo. Le faltaba el aire. Serían las ocho de la noche, los guardavidas a esa hora ya no estaban, así que fui corriendo hacia la prefectura. Cuando llegué ya se estaban aprontando, alguien les había avisado, así que simplemente les indiqué el lugar.

Bajé con ellos a la playa, no podía volver a casa sin más. Cuando llegamos había tres personas en la orilla de cara al mar embravecido. Un hombre, una mujer y una adolescente. Él gritaba: “Les dije que salieran, no me hicieron caso”. Ella estaba callada. La adolescente lloraba a gritos. Los prefectos bajaron corriendo pero se quedaron petrificados ante esas olas furiosas. Bajó a la arena la policía, y al rato también llegaron los bomberos. Todos hacían lo mismo: se quedaban inmóviles buscando algún rastro humano entre las olas, en la orilla, contra el espigón. Pero nadie se metía. Pensé en mi abuelo Babo, que tantas veces rescató gente del agua de Floresta. Pero claro, él nadaba como los dioses, yo no. ¿Es que nadie sabía nadar como él entre todo ese ejército de uniformados? Y si efectivamente nadie sabía, ¿no se podía entrar con un gomón? Cada vez era más desesperante. ¿De verdad no había nada por hacer?

Fiorella, la adolescente, gritaba enojada: “¡Hagan algo! ¡Ya debe estar muerta!”. Sus padres iban y venían, se echaban culpas, se querían morir. Se estaba yendo el resto de luz solar, cada vez sería más difícil encontrarla. En eso llegó un guardavidas que, después de observar un rato la corriente, se metió. Agradecí que alguien intentara frenar esa tragedia. Llegó más gente uniformada, con salvavidas naranjas y caras serias, y por fin alguno trajo focos potentes para iluminar el mar. Pero nada.

En un momento Fiorella se tira a llorar en la arena y me le acerco. Todavía está mojada y a pesar del frío de afuera, su piel permanece caliente. Tiene su celular y el de su mejor amiga entre los dedos. Ayelén, me dice que se llama. Tiene 13 años, es de San Antonio, de campaña. Me cuenta que llegaron de tarde, merendaron, y a pesar de que estaba ventoso quisieron ir a la playa. Se bañaron como por una hora sin problemas, pero de repente sintieron que estaban sobre un pozo. Ella le dijo que mejor salieran. Ayelén le contestó que no pasaba nada. Fiorella empezó a moverse hacia la orilla, pero a Ayelén la tapó una ola grande. Fiorella ya no la alcanzaba. No la pudo alcanzar. Vio cómo se la llevaba el mar hacia adentro. Ella tampoco pudo hacer nada.

A lo lejos, en la orilla, su padre afónico sigue gritando desconsolado. Se pregunta “¿y ahora qué?”. A Fiorella no le entra el dolor en el cuerpo y yo, que me fui quedando ahí porque en ningún momento pude irme, le acaricio el pelo húmedo, le digo que no es su culpa. Ella me pregunta si todavía hay chances de que esté viva y yo, cobarde, le digo que no lo sé.

Los padres de Ayelén viven en el interior de Canelones. Nadie les avisó que su hija se ahogó hace una hora. Fiorella no tiene el teléfono de la mamá agendado y el celular de Ayelén está bloqueado. Al final, la madre de Fiorella logra hablar a través de una vecina. Llego a escuchar que le dice “todavía la están buscando”, y segundos después “vos sabés cómo cuido yo a Ayelén”.

La tristeza que tengo por esta nena me obliga a contarlo porque soy una ilusa que piensa que las palabras pueden torcer destinos. No puedo sacarme de la cabeza la idea de que mientras ella se ahogaba, yo corría a metros de esa misma playa. No puedo dejar de pensar que si esa ola la hubiera tapado media hora antes, un guardavidas la habría sacado.

Por favor cuidemos a nuestros niños en el mar. Por favor no subestimemos a las olas y enseñémosles a no subestimarlas. Por favor, que no haya más Ayelenes.

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