EDITORIAL

Una visión de largo plazo

Con algo de razón, John Maynard Keynes criticaba el abuso de los estudios económicos de largo plazo como una guía para tomar decisiones y daba como ejemplo la perogrullada de que "en el largo plazo todos estaremos muertos". Una proyección muy acertada pero que poco aporta para resolver problemas actuales.

Sin embargo, los estudios para entrever, aunque sea en forma general, el camino que se abre frente a nosotros a futuro son indispensables para establecer objetivos estratégicos claros y definir los medios más racionales que deberán ser aplicados durante períodos prolongados para conseguirlos.

Algunos gobiernos tienen la política de completar periódicamente, y de mantener actualizados, estudios sobre aspectos de su desarrollo económico y político en el largo plazo. Por ejemplo, la legislación de los Estados Unidos obliga a la Administración a elaborar una Estrategia Nacional de Seguridad que sirve para establecer una visión política de largo plazo del país y las políticas correspondientes. En otro terreno, la OCDE publica periódicamente sus perspectivas sobre medio ambiente, de las cuales la más reciente se interna en el futuro hasta el año 2050.

En un nivel aun más especializado se encuentran los estudios de FAO sobre seguridad alimentaria y las proyecciones sobre la oferta y demanda de productos agrícolas que realiza periódicamente el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos.

La elaboración (y permanente revisión crítica) de esas proyecciones también es un requisito fundamental para cumplir con principios básicos de la conducta de los países cristalizados en las últimas décadas: el principio del desarrollo sustentable y el de la responsabilidad intergeneracional.

Las proyecciones más recientes sobre las grandes tendencias de desarrollo global muestran algunos cambios importantes, respecto de lo que se pensaba hace más de una década.

El cambio más importante se encuentra en la tendencia de evolución de la población mundial.

Aunque esta continuará aumentando, lo hará a una tasa bastante inferior que hasta ahora. La población global actual de 7,2 mil millones pasará a 9,5 mil millones en el 2050. La mayor parte de ese aumento tendrá lugar en los países en vías de desarrollo.

En cambio la población de los países europeos permanecerá estática y, cada vez más envejecida. Una parte importante de aquel aumento tendrá lugar en países asiáticos como Indonesia, Pakistán y Filipinas.

Para la mitad de este siglo la India (1.620 millones de habitantes) reemplazará a China (1.385 miles de millones) como el país con mayor población.

En el año 2050, la población de Egipto será de 121,8 millones y la de Pakistán, 271 millones. Cuando se consideran esas proyecciones, se comprende la vital importancia de la lucha actual en el seno de las sociedades islámicas cuyo verdadero objetivo no es religioso, sino político: conseguir el dominio sobre los corazones y las conciencias de una proporción creciente de la población de nuestro planeta, desde el océano Atlántico hasta el Índico.

La menor tasa de incremento de la población mundial está asociada con dos desarrollos cualitativos: mejores niveles de vida y la urbanización. El producto interno bruto por habitante se triplicará entre el 2010 y 2050.

Aproximadamente el 70% de la población mundial vivirá en ciudades en aquel año.

La evolución de la población de nuestra región (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay) tendrá tres características importantes. Primero, su población, que actualmente es de cerca de 273 millones de habitantes, será de 334 millones en el 2050.

Segundo, ello puede parecer un aumento importante, pero, en realidad, la población regional disminuirá en términos relativos, pasando de representar el 3,9% de total mundial, hoy, al 3,5% en el 2050.

Tercero, el número de habitantes de nuestro país cambiará poco; pasará de 3,3 millones a 3,6 millones. Una gota de agua muy pequeña en un océano muy grande.

En el años 2050, nuestro país, con sus algo más de tres millones y medio de habitantes se encontrará entre la Argentina (51 millones) y el Brasil (231 millones). Es un dato fundamental que debería hacernos pensar en profundidad sobre cuáles deberían ser nuestras estrategias consensuadas de largo plazo para compensar menor cantidad con mayor calidad.

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