EDITORIAL

La violencia y la humanidad

Las declaraciones de José Mujica diciendo que la ola de homicidios es un fenómeno global y casi inevitable chocan de frente con la realidad y solo buscan defender la fracasada gestión del ministro Bonomi.

Hay un grado de violencia difícil de contener y que no creo que tenga respuesta policial". Con estas palabras, el expresidente José Mujica buscó responder al clamor popular tras el homicidio de un joven trabajador, y a las cifras de crímenes violentos en el país que amenazan romper todos los récords. Como suele suceder, Mujica está equivocado o miente para disimular el fracaso del ministro Bonomi y su propia estrategia de seguridad, aquella que lanzó con bombos y platillos tras otro crimen impactante, el del "panchero" de La Pasiva.

Según Mujica, todo se debe a la irrupción del narcotráfico, que ha impuesto cosas nunca vividas en Uruguay como el sicariato, y una desvalorización de la vida humana como no se había visto nunca en el país. "No se puede aislar al país de lo que está pasando en el mundo, en países desarrollados". "Si no hay un cambio cultural desde la base de la sociedad, las medidas represivas por sí solas me parece que no alcanzan", finalizó.

Empecemos por el principio. Es una gran mentira que en el mundo haya una especie de ola de violencia homicida ni nada que se le parezca. De hecho, la gran noticia de estos tiempos es la reducción generalizada de la violencia en casi todo el mundo. Se puede recomendar al respecto el libro del psicólogo y lingüista americano Steven Pinker llamado "Los mejores ángeles de nuestra naturaleza", donde se hace un repaso enciclopédico de la historia de la humanidad, y los números no dejan lugar a dudas: vivimos en la época más tranquila, con menos guerras, y con menos violencia entre los humanos, de toda la historia.

Pinker es profesor de Harvard, y ya sabemos que el expresidente Mujica no tiene gran consideración por esa institución académica, pero entre libro y libro sobre los kung sang, tal vez encuentre tiempo para pegarle una vichada.

A los hallazgos de Pinker se pueden sumar experiencias tan variadas como innegables. Desde la violencia de pandillas que azotó a Los Angeles en los 90, a la epidemia de crack en ciudades como Nueva York en los 80, o incluso el caso de ciudades europeas como Bilbao, que supieron ser capitales de drogas letales como la heroína en los 70, la historia reciente rebosa de casos donde la conjunción letal de droga y violencia fue combatida con éxito con medidas policiales e intervenciones de corte más "social". Y en sociedades muchísimo más complejas que la uruguaya.

¿Mujica no sabe esto? Claro que lo sabe. Su intervención tiene un objetivo muy claro: cubrir las espaldas del fracaso de la gestión del ministro Bonomi, y de su propia administración. Se trata de un discurso muy propagado por el oficialismo y algún periodista puntual, que quieren vender la idea de que la violencia es algo establecido, cultural, y que nadie puede hacer nada al respecto, más que resignarse.

La realidad es muy diferente. El problema es que la efectividad de la policía, pese a todas los recursos y apoyos políticos que ha tenido el ministro Bonomi, es muy pobre. La tasa de resolución de homicidios en el país es digna de una nación africana. Y la ausencia del estado en varios barrios de la zona que rodea a la capital resulta ya inaceptable.

Hablamos de un país como Uruguay, sin barreras geográficas, sin montañas, sin selvas, sin divisiones raciales. ¿Cómo puede ser que se diga que tres millones de personas tienen que resignarse a ser víctimas de un par de cientos de delincuentes desbocados? ¿Cómo se puede claudicar ante el poder un par de micro-organizaciones delictivas que lucran con la droga?

Seamos claros. Acá no hay pandillas como en El Salvador, ni grupos organizados como en Brasil. Lo que hay son grupúsculos incipientes, y que si han llegado a tener el poder que tienen hoy, es porque en los últimos 15 años de gobierno, pese a la abundancia de recursos materiales, no se los ha combatido con las armas adecuadas. Todo lo demás son explicaciones de boliche, y justificaciones injustificables.

Lo primero que hace falta para resolver este tema es decisión, y cambiar a los responsables que han manejado estos temas en estos años. Tanto en el ministerio del Interior, como en el de Desarrollo Social. Hace falta gente con ideas frescas, con apoyo de personas formadas y experientes, dispuestos a probar y evaluar distintos caminos, hasta llegar a la solución. La sociedad uruguaya no puede vivir rehén de 200, 500, 1.000, delincuentes que no tienen respeto por los valores básicos del ser humano. La respuesta debe ser cultural y policial. El problema es que quienes vienen fallando hace más de una década, difícilmente sean los más aptos para aplicarla.

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