Editorial

Se viene el cambio

La oposición viene haciendo un trabajo sólido y responsable. Pese a enfrentar a un gobierno con mayoría parlamentaria (lo que representa el peor escenario para cualquier opositor) se las ha arreglado para ejercer controles y para frenar muchos desaguisados.

Para que en una democracia cambie el partido de gobierno tienen que ocurrir dos cosas. La primera es que una mayoría de ciudadanos crea que hay motivos para desalojar al partido que está gobernando. La otra es que haya una alternativa, es decir, que exista otro partido en condiciones de gobernar y de generar confianza en los ciudadanos.

Cuando la mayoría prefiere renovarle el crédito al partido gobernante, lo que se produce es un cambio de gobierno sin cambio de partido. Cuando la mayoría le retira el crédito al partido gobernante pero no encuentra una alternativa en la que confiar, se producen fenómenos del tipo "que se vayan todos" (y eso es muy peligroso para la democracia). Cuando las dos condiciones se cumplen al mismo tiempo, se produce ese fenómeno normal y saludable que es la rotación de partidos en el ejercicio del gobierno.

Todo indica que en Uruguay estamos llegando a este punto. Tras casi quince años de ejercicio del gobierno, el Frente Amplio está generando una ola de desilusión masiva que ya es imparable.

No es raro que eso ocurra. El segundo gobierno de Tabaré Vázquez se ha mostrado desde el primer día como un grupo de gerontes desgastados y carentes de todo entusiasmo, incapaces de asumir riesgos y sin ninguna voluntad de liderazgo. Su mayor preocupación es evitar los conflictos y patear los problemas para adelante. La tozudez, la soberbia y la displicencia (encarnadas ejemplarmente en el ministro Bonomi) se han vuelto su marca de fábrica.

Desde luego, el problema no es solo este gobierno. También están los errores acumulados en los anteriores: Ancap, Pluna, la regasificadora, la Ley de Educación. A eso se suma el juego de extorsiones recíprocas dentro del oficialismo, que disparó el gasto público y el endeudamiento justo en los años en los que el Estado uruguayo recaudaba más que nunca en su historia.

No todos los uruguayos cuentan con la información necesaria para captar el tamaño del descalabro. Pero lo que casi todos sienten es que les mintieron. Los actuales gobernantes prometieron que no iban a hacer cosas que después hicieron, como aumentar impuestos. Y prometieron que iban a hacer cosas que nunca hicieron, como bajar las rapiñas, concretar un "shock de infraestructura" o aumentar espectacularmente los egresos de la educación media. A eso hay que agregar los aumentos de tarifas para pagar ineficiencias, la destrucción de empleos y el deterioro de la convivencia.

Abraham Lincoln dijo alguna vez que "se puede engañar a todos durante algún tiempo y a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo". A casi 15 años de la llegada del Frente Amplio al gobierno, ese límite se ha alcanzado.

Mientras tanto, la oposición viene haciendo un trabajo sólido y responsable. Pese a enfrentar a un gobierno con mayoría parlamentaria propia (lo que representa el peor escenario para cualquier opositor) se las ha arreglado para ejercer controles y para frenar muchos desaguisados.

El fin de la fiesta en Ancap y la renuncia del vicepresidente Sendic no hubieran ocurrido si la oposición no hubiera actuado como actuó. Tampoco habría un exministro de economía procesado por el escándalo de Pluna ni un directorio de ASSE que debió renunciar. Sin la oposición, la regasificadora seguiría acumulando pérdidas millonarias y unas oscuras sociedades anónimas seguirían vendiendo perfumes y repelentes a beneficio de no se sabe quién.

Eso ya es mucho, aunque no siempre se vea. Pero, además, los partidos de la oposición recorren, analizan, presentan propuestas, cooperan en el Parlamento, establecen bases para posibles acuerdos programáticos.

Las encuestas de opinión empiezan a reflejar las consecuencias de todo esto. El Frente Amplio cae en intención de voto y los partidos de oposición crecen. Más aún, los datos reflejan que hay un partido al que los ciudadanos miran como futuro partido de gobierno y un candidato dentro de ese partido al que ven co-mo la figura capaz de desalojar al Frente Amplio.

El Partido Nacional es claramente la alternativa (sin perjuicio de que deba gobernar en acuerdo con otros) y el senador Luis Lacalle Pou es el mejor posicionado en la interna y por lo tanto el que más nítidamente se perfila como la figura que se encargará de liderar el nuevo gobierno. Él lo asume y por eso recorre el país, acompañado de los técnicos que preparan las estrategias y medidas a aplicar en el próximo quinquenio. Para cualquier observador atento está claro que el Uruguay se encamina hacia un cambio de partido de gobierno. Era hora.

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