EDITORIAL
diario El País

Venezuela es una dictadura

Algo tan sencillo y evidente como el título de este editorial es, a la vez, algo impronunciable para unas cuantas personas.

Algunas por una curiosa interpretación de su responsabilidad institucional, otras por un sesgo ideológico (si es de izquierda no es corrupto como expresó, insólitamente, Raúl Sendic) y otras por conveniencias de distinta índole.

En este sentido, es uno de los muchísimos cambios saludables que se han visto en el Uruguay desde el 1º de marzo, que tengamos un gobierno que condena a las dictaduras de todos los signos, en una saludable muestra de verdadero vigor democrático. Quienes condenan a algunas dictaduras mientras consideran que otras son compañeras, no son de confianza a la hora de enarbolar sus credenciales democráticas.

En las entrevistas que brindó en los últimos días el presidente Lacalle Pou a medios argentinos, uno de los aspectos que más les llamó la atención fue precisamente que llamara a las cosas por su nombre. Si tiene cuatro patas, ladra y mueve la cola, afirmó el Presidente, es un perro; de la misma forma, las faltas de libertades en Venezuela la configuran indudablemente como una dictadura.

No fue condescendiente a la hora de vislumbrar, al mismo tiempo, que la salida será extraordinariamente difícil porque la forma en que se enquistó en el poder el chavismo hace que no vayan a salir por las buenas, ni a convocar elecciones democráticas ni nada por el estilo.

También ha sido saludable que el novel canciller Francisco Bustillo afirmara sin vueltas, que Venezuela es una dictadura. Una de las razones por las que Uruguay, pese al tamaño relativo de su economía, supo destacarse en varias oportunidades en el contexto internacional, fue por sus credenciales democráticas, en lo interno y en la defensa de los derechos humanos, la libertad y la democracia en el mundo.

Tenía razón el expresidente Sanguinetti cuando expresó que la elección de 2019 fue entre los que creían que Venezuela era una dictadura y quienes pensaban que no lo era.

Lamentablemente, en los 15 años de administraciones frentistas, progresivamente este perfil internacional se fue deteriorando, a fuerza de defender distintas dictaduras, siendo el caso más sonado, naturalmente, el venezolano. Notoriamente, en algunos casos la ceguera ideológica es el factor determinante a la hora de explicar esta negación de la realidad. Para cualquier persona que analice fríamente la teoría política, su relación con la economía y la experiencia del último siglo a nivel internacional, no le quedará más remedio que concluir que el socialismo en todas sus formas termina en terribles dictaduras.

Por si eso fuera poco, por si el cercenamiento de las libertades humanas más elementales, al punto de negar la propia dignidad de la persona, también sabemos que siempre termina con una crisis económica fenomenal, con hambrunas imposibles en países democráticos, con crímenes de lesa humanidad a mansalva y con la misma imposibilidad de que la prensa libre cuente lo que verdaderamente ocurre. Negar esto es olvidar la realidad, pero las anteojeras ideológicas hacen que muchas veces algunas personas no vean lo que no quieren ver.

Otro capítulo lo constituyen quienes no condenan o directamente apoyan dictaduras sangrientas y criminales, por interés o conveniencia. Desde los que reciben apoyo económico a los que reciben favores políticos que muchas veces vienen mezclados, son quienes suelen aparecer en los medios sonrientes, cantando loas a sus patrones asesinos. No faltan ejemplos de esta especie en nuestro país al verse el reguero de recursos de Chávez y la continuación de su régimen, o cuando saltan denuncias de hechos inconfesables.

Sea por la razón que sea, tenía razón el expresidente Sanguinetti cuando expresó que la elección de 2019 fue entre los que creían que Venezuela era una dictadura y quienes pensaban que no lo era. Toda una definición sobre la opinión de temas de fondo respecto a los principales valores que hacen a una sociedad. Afortunadamente, el pueblo uruguayo decidió votar a quienes distinguen gato de liebre y cuando ven una dictadura la condenan.

Debería dejar de llamar la atención que el Presidente o el Canciller de la República llamen a las cosas por su nombre. En buena hora se cumple la fundamental función cívica de no confundir y pretender engañar más a la gente. Un régimen que condena a la muerte a su pueblo por hambre o por fusil y niega los más elementales derechos humanos será siempre abyecto y despreciable. La historia, que sabiamente ubica las cosas en su lugar, colocará donde corresponda a los cómplices de los tiranos que enlutan a sus pueblos.

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