EDITORIAL

Vasos comunicantes

Los candidatos de la oposición no pelean por los mismos votantes: el descrédito del partido de gobierno es tal, que muchos están cruzando la línea, hartos de una coalición que se muestra resignada y autocomplaciente ante sus fracasos.

Los resultados de la encuesta de Opción Consultores divulgada ayer son sorprendentes y, de confiar plenamente en ellos, están cerca de ser un parteaguas de la campaña electoral.

Con el FA en 27%, el Partido Nacional en 23, el Colorado en 19 y Cabildo Abierto en 10, se dibuja un mapa político muy diferente al que antecedía a las internas de junio.

El “efecto Talvi” está generando un cambio de paradigmas. El candidato desafiante del bloque opositor ha demostrado una fuerte pertinacia en arrimar al coloradismo a un posicionamiento de centroizquierda del que carecía en los últimos años. Quienes vimos con sorpresa su primera negativa a beneficiarse del aparato de Sanguinetti; luego la segunda, de fecha reciente, al apoyo de Pedro Bordaberry, y su reconocimiento explícito a algunos integrantes del equipo económico del gobierno actual, confirmamos que está resuelto a pescar en la pecera de los frenteamplistas desencantados. Hasta ahora la estrategia parece darle resultado, pero también es evidente que la renuncia a los beneficios de regenerar un partido "catch-all" le puede costar la pérdida de la base electoral conservadora, que era muy fiel a su colectividad. Un electorado volcado a la derecha que se está polarizando en torno a Manini Ríos, otro político ascendente.

Para seguir abriendo el abanico, recién están moviendo sus piezas otros dos jugadores que seguramente tendrán incidencia dentro del espectro opositor, el Partido de la Gente y el Independiente. El primero, ejecutando una intensa campaña en medios masivos y el segundo, con una presencia no menos contundente en las redes sociales y la novedosa incorporación de figuras como Gerardo Sotelo y Mónica Bottero.

En elecciones anteriores, lo normal era que la oposición compitiera por un mismo caudal de votos, que algunas veces favorecía a blancos sobre colorados, y otras a la inversa. Era como una extensión de la vieja ley de lemas, con otro ropaje: antes, el ciudadano podía elegir entre distintos candidatos de un mismo partido, y aceptaba que su voto fuera a favorecer al de mejor performance electoral. Hoy vale lo mismo para ese supra-partido opositor, que si bien no se verifica formalmente, se da en la práctica.

La novedad es que ahora los candidatos de la oposición no pelean solo por los mismos votantes: el descrédito del partido de gobierno es tal, que muchos exfrenteamplistas están cruzando la línea, hartos de una coalición que se muestra resignada y autocomplaciente ante sus fracasos de gestión.

Es muy fuerte escuchar decir al ministro Astori que la desocupación es "el principal problema económico que tiene Uruguay", como si fuera un analista que mira la realidad desde Marte. Muy fuerte leer a Wilson Netto criticando el informe del Instituto Nacional de Evaluación Educativa. Muy fuerte encontrarse con un comunicado de la Cancillería que recomienda no viajar a EE.UU., una pieza literaria que más parece surgida de la pluma de un mal humorista, que de un gobierno serio. Muy fuerte, fortísimo, ver las manos de los legisladores del FA bien bajas a la hora de condenar la dictadura de Venezuela, que su propio candidato ya reconoce como tal.

Cómo estará la cosa que hasta el siempre triunfalista expresidente Mujica reconoció a Búsqueda que ve la situación "muy comprometida": "pero voy a pelear por el Frente y todavía no doy la batalla por perdida". Martínez, agradecido por semejante sincericidio.

Por lo visto, el panorama electoral ha cambiado y mucho.

Hoy los partidos están unidos por vasos comunicantes: uno sube a expensas de la bajada del otro y la decisión de un tercero frente a un cuarto, incide por carambola en la suerte del quinto o del sexto. Seguramente no den los tiempos para que se cumpla una previsión aparentemente imposible que publicó en Twitter el politólogo Luis Costa Bonino: que el balotaje de noviembre sea entre Lacalle y Talvi. Pero la marea republicana debe seguir creciendo, para que los partidos comprometidos con el cambio aseguren al futuro presidente un sólido respaldo parlamentario.

El arco opositor necesita de liderazgos fuertes que representen fielmente la diversidad de matices ideológicos de sus electores. Pero más allá de la comprensible competencia entre Lacalle y Talvi, debe crecer en un contexto de sinergias entre los partidos, porque si algo no resiste más el país, es el riesgo de que una lucha encarnizada entre adversarios republicanos facilite la recuperación del populismo, propiciando un cuarto gobierno cuya influencia sería ya devastadora para la economía, la educación y el empleo.

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