EDITORIAL

El Uruguay feliz

Cuando va quedando claro que el desgaste del gobierno es muy grande y que la disconformidad ciudadana se traduce en bajos niveles de aprobación e intención de voto hacia la izquierda, aparecen los compañeros de ruta intelectuales del Frente Amplio para intentar salvar la situación de su partido.

El argumento es bien conocido. Se trata de intentar licuar las responsabilidades de la izquierda gobernante, por ejemplo, en la actual situación de inseguridad. De esta forma, siempre aparece alguno de estos sociólogos, politólogos o similares que declaran que, según las comparaciones internacionales, el Uruguay no es un país inseguro. Apelando a estadísticas en las que se incluyen a países que son un verdadero desastre, nos dicen que estamos mejor que el promedio mundial y que poco menos que no debiéramos de quejarnos.

Por otro lado, esos líderes de opinión que apenas disimulan su alineamiento izquierdista sacan de viejos archivos de prensa declaraciones con más de 20 años de antigüedad de políticos que hoy están en la oposición y que señalaban en aquel entonces que la situación de seguridad venía empeorando. ¿Con qué objetivo? Con el mismo que el de relativizar la situación al compararnos con los peores del mundo: decir que, en realidad, vivimos un proceso que lleva muchos años, que no se inició con el Frente Amplio en el poder y que se precisa de la colaboración de todos para poder revertirlo.

Hay mucha mentira tras estos ademanes que intentan defender la gestión del gobierno. Pero la más importante de todas es la que pretende relativizar o esconder que, efectivamente, el Uruguay vivió en el pasado momentos de esplendor a nivel internacional en distintos ámbitos. Y que es, justamente, en comparación con ese pasado de esplendor que los uruguayos exigimos hoy que muchas de las políticas del gobierno cambien porque, evidentemente, no nos están conduciendo por buen rumbo.

En este sentido hay una idea generalizada que sitúa en la época de Maracaná, a mediados del siglo XX, el tiempo de las vacas gordas. Sin embargo, apenas se ve más en detalle el proceso político y social del país, sin desmerecer ese tiempo de esplendor democrático, importa mucho más tomar consciencia del papel preponderante que a nivel internacional cumplíamos en los años 20 del siglo pasado.

En efecto, es por aquel tiempo, por ejemplo, que recibimos a decenas de miles de inmigrantes por año que llegaban a forjarse un futuro esperanzador en nuestra patria; que entre 1922 y 1925 integramos el consejo que dirigía la Sociedad de Naciones; que con el Palacio Salvo en 1928 tuvimos la edificación más alta de toda Sudamérica durante un par de años; que la OIT consideraba que teníamos la legislación más adelantada de toda Latinoamérica en materia social; que presentábamos el más bajo porcentaje de analfabetismo de todo el continente; o que éramos capaces en pocos meses de construir un monumental y vanguardista estadio de fútbol para recibir al primer mundial de ese deporte.

Esos reconocimientos son conocidos. Pero también en el plano artístico e intelectual, la poetisa Juana de Ibarbourou era consagrada como "Juana de América"; Vaz Ferreira recibía a Einstein en Montevideo; y en 1929, el mundialmente famoso arquitecto Le Corbusier nos decía que "la gloria de este país, el orgullo nacional de Uds., es el avancismo en todas sus formas y en todo su alcance".

¿Cuándo dejamos de aspirar a esta excelencia universal y pasamos a conformarnos con las ridículas comparaciones del tipo de las que ahora promueven los intelectuales compañeros de ruta de la izquierda para hacernos creer que, a pesar de todo, no estamos tan mal? Hubo un momento en que tuvo su gran responsabilidad: fue a partir de la segunda mitad de los años 50 e inicios de los 60, cuando se cruzó por el camino de la crisis económica la seducción del discurso de la patria grande revolucionaria y el latinoamericanismo socialista. Allí cobró fundamental protagonismo el auge de la izquierda sindical y política que hasta el día de hoy tiene una cosmovisión del mundo que deja al Uruguay en un lugar relegado, dependiente y menor en el mundo.

Hubo una época en la que el país miró con optimismo el futuro y que fue capaz de grandes logros internacionales. El peor legado de esta izquierda gobernante y de sus compañeros de ruta intelectuales es haber promovido, y seguir promoviendo, un modelo de país petiso, menor, incapaz de verdaderas grandes realizaciones y que debe conformarse con lo poco y mal que está, creyéndose además que va por buen camino.

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